Opinion

Opinion (2515)


 

La crisis global derivada de la expansión de la pandemia del COVID-19 ha puesto a China en el centro de la atención mundial. Una serie de acusaciones contra Beijing sostienen que el régimen comunista chino ocultó -o demoró en comunicar- los hechos que condujeron a una pandemia a escala mundial.

 

 

"El coronavirus tiende a potenciar la imagen del que gobierna y a debilitar la del opositor. Si uno gobierna bien, la gente, a veces por desesperación, por necesidad, se aferra a ese que hace las cosas como ellos esperan. El opositor se queda solo, hablando y explicando. La gente no lo valora porque siente que mientras unos hacen los otros hablan".

 

 

 

Democracia en deuda con la sociedad que la modela.

 

 

Si aún había espacio para desentrañar más profundamente la pasta de la que están hechos algunos de los dirigentes que nos gobiernan, el coronavirus nos ha dado la oportunidad para hacerlo.

 

A esta altura, hay que decir que el principal problema político de Alberto Fernández es Cristina. Ella se comporta como una enemiga en lugar de hacerlo como su socia y compañera de fórmula. Ninguna crisis de la magnitud y la crueldad de la pandemia soporta la ausencia del escenario de la vice presidenta de la Nación. Cristina no está. No aparece.

 

 

En apenas un mes el mundo cambió. Las de formas de vivir, de relacionarnos y de producir no serán las mismas. Ya no servirán las fórmulas aplicadas hasta ahora. Necesitamos readaptarnos ante una pandemia que en dos meses está causando en el planeta más muertes diarias que las que provocaron las guerras mundiales del siglo pasado y sus consecuencias económicas serán parecidas o aún peores.

 

 

Aislados y mareados por el torrente de informaciones – falsas en una gran mayoría-, que circulan por los medios audiovisuales, hemos estado reflexionando sobre una pregunta que nos hizo un lector amigo de los Estados Unidos en estos días respecto de las incógnitas que nos acechan.

 

 

Nos están volviendo locos. Entre el Covid-19, el dengue, la discusión sobre el uso o no de los barbijos, la cuarentena obligatoria por meses (como se sugiere) los casos de corrupción comprobados, las declaraciones absurdas de algunos funcionarios, las propuestas de un ejercicio de vigilancia totalitaria de nuestras llamadas o el uso de Internet, el desconocimiento de nuestro futuro, son factores de angustia. Para qué negarlo.

 

 

Es demasiado grande la dimensión de la actual pandemia como para que cuando la misma finalice, todo vuelva a estar como estaba. Es previsible que el mundo cambie en muchas cosas, aunque no sepamos en cuales y si ellas serán para bien o para mal. Intentemos imaginar algunas, no a modo de profecía sino como proyección del presente.

 

 

La pérfida historia de los dos príncipes hermanos merecería una película en blanco y negro. O una adenda en Momentos estelares de la humanidad, aunque Stefan Zweig la habría dotado de lúcidos apuntes biográficos y de implacables observaciones psicológicas.

 

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Fundado el 4 de agosto de 2003

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