Viernes, 03 Abril 2020 00:00

Un mundo distinto requiere replanteos estratégicos - Por Sergio Berensztein

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No sabemos con certeza cómo será el mundo que vendrá luego de esta pandemia , pero podemos dar por seguras al menos dos cosas: por un lado, será bastante diferente del que conocíamos (más complejo, seguramente más cerrado, con aparatos estatales que tendrán mucha más injerencia y, por eso, con amenazas inquietantes a la democracia y a la libertad); por el otro, la Argentina será mucho más pobre y, si no actuamos a tiempo y de forma coordinada, consensuada y pragmática, incluso más desigual.

 

Las decisiones que tomemos como nación en las próximas semanas, días e incluso horas determinarán los dilemas y las prioridades que enfrentaremos por varias generaciones. No podemos darnos el lujo de perder otra chance de sentar ya mismo las bases de un nuevo modelo no solo para recuperarnos lo más rápido posible de este desastre, sino también para volver a crecer generando oportunidades para todos nuestros ciudadanos. Más de cuatro largas décadas de estancamiento y siete de reversión del desarrollo es suficiente tiempo desperdiciado.

La disrupción que experimentamos en todos los planos de nuestra existencia casi no tiene precedente. Todo los planes, proyectos, supuestos y previsiones que habíamos pergeñado hasta hace muy poco deben ser replanteados, tanto en el plano individual como en el familiar y, aún más importante, en el colectivo. Nuestras relaciones interpersonales y sociales mutarán de manera significativa, aunque aún no podemos determinar con precisión cómo ni cuánto. Los contornos de lo que viene son tan imprecisos que nos cuesta imaginar incluso escenarios inmediatos. Para casi todos, el desasosiego en términos materiales tiende a ser creciente y generalizado. Antes podíamos confiar en que algún amigo o familiar podría darnos una mano. Pero ahora casi nadie queda exento de las consecuencias terribles que tiene esta crisis: el común denominador consiste en separar lo que a uno le queda para los gastos más elementales independientemente de los ahorros y los ingresos que hayamos tenido hasta hace apenas unos días.

La incertidumbre es casi absoluta y abarca múltiples dimensiones. ¿Cuándo recobraremos aquella rutinaria cotidianidad que, de repente, tanto añoramos? Como decía el gran Charly García: ¿cuánto tiempo más llevará, por ejemplo, para que podamos volver a trabajar, juntarnos con familiares y amigos, ir a comer algo afuera o a la cancha? En rigor, tampoco sabemos qué extensión ni qué gravedad tendrá la crisis sanitaria. Mucho menos las consecuencias económicas de esta pandemia, que, según un sondeo reciente que realicé junto con D'Alessio-IROL, constituye la primera preocupación de los argentinos. Aparecen inevitablemente dudas respecto de la gobernabilidad. ¿Estará el conjunto de la clase política a la altura de las circunstancias? ¿Será capaz de enfrentar la cuestión estrictamente sanitaria y, al mismo tiempo, dar una respuesta integral y consistente tanto en materia económica como en términos de seguridad ciudadana, incluyendo el mantenimiento de la paz social? Hoy, el Presidente goza de gran apoyo (superior al 60%), pero lo mismo ocurre en muchos otros países: circunstancias como las actuales tienden a favorecer a los gobernantes de turno. ¿Alguien puede acaso rebatir la hipótesis de que solo se trata de un fenómeno transitorio?

Esta descomunal discontinuidad respecto de los valores, las ideas, formas de vida y sociabilidad que teníamos hasta ahora requiere un reajuste casi total de nuestras estrategias y marcos conceptuales, tanto individuales como sociales. No podemos suponer que los atributos y aparentes fortalezas que utilizamos con relativo éxito hasta ahora sigan teniendo validez. La diferencia entre el país y el mundo que conocíamos hasta el 10 de diciembre, cuando asumió Alberto Fernández, y el de ahora se mide en términos de abismos.

Los gradualismos, las medidas parciales o sectoriales que funcionan como manta corta porque ponen de manifiesto las urgencias del resto, ni hablar del clientelismo, las típicas tácticas de dejar debates complejos para más adelante (¿podemos seguir postergando la cuestión de la coparticipación que, según la Constitución de 1994, debía haber sido resuelta apenas luego de su promulgación?), las prácticas consuetudinarias de la vida política argentina no tienen lugar en el mundo que se está configurando. No se puede pensar en favorecer a amigos y entenados, mucho menos en dividir entre empresarios grandes, pequeños y medianos. Los encadenamientos son múltiples y complejos, y las compañías de mayor porte tienen en sus cadenas de valor cientos de pymes. En un sistema tan integrado deben estar contempladas las voces y las demandas del conjunto de la producción, incluyendo obviamente a los trabajadores. Si se focaliza en uno en particular, es muy probable que se perjudique a otro y que, por estas mismas vinculaciones, terminen sufriendo todos. Discépolo lo previó antes que nadie: todos yacemos revolcados en el mismo lodo.

No podemos repetir los errores y horrores que nos metieron en este gigantesco círculo vicioso del que desde hace décadas no logramos salir. Hemos pagado un precio demasiado alto por tanto epíteto desbordado, tanta hipocresía, tanta pelea interna por absurdos espacios de poder, tanto desatino en las prioridades del gasto público. Es hora de pensar distinto, de pensar en grande, de volver al Martín Fierro para entender que "los de afuera" son unos virus que todo el mundo reconoce: Covid-19. Se trata de una situación de emergencia global sin precedente, pero para la Argentina será peor: el país ya venía maltrecho y corre el riesgo de quedar, luego de esto, prácticamente deshecho.

Es imprescindible más que nunca un acuerdo solidario entre las principales fuerzas políticas, económicas y sociales para sentar las bases de una nueva forma de convivencia. Con valentía, coraje, temple y decisión, resulta fundamental constituir un gobierno de emergencia que, sin descuidar la salud como prioridad de la agenda, pueda también abarcar los otros aspectos más delicados de esta crisis sin igual: economía, estabilidad política, seguridad y la contención de los segmentos más vulnerables. Para la Argentina es un momento fundacional, un tren que no se puede dejar pasar, un período para consolidar las bases y sentar política e institucionalmente ideas y criterios para consensuar una hoja de ruta que no sirva únicamente para navegar estas aguas turbulentas, sino principalmente para encarar la vital tarea de la reconstrucción.

Una ironía: mientras escribía las líneas precedentes escuchaba, luego del tercer cacerolazo consecutivo, un inusual intercambio entre vecinos: unos insultaban a "los políticos" de forma agresiva y reclamaban que se bajen sus salarios; otros entonaban, a modo de defensa y contraofensiva, la marcha peronista. La infausta grieta, más profunda que nunca. Exactamente lo que debemos evitar: la inercia suicida nos llevó a la degradante realidad en la que estábamos antes del coronavirus y, si no logramos detenernos a tiempo, nos condenará incluso a un destino aún peor. Necesitamos moderar nuestros reclamos, bajar uno o mejor dos cambios, entender que no es momento para seguir tentándonos con las ganas de enfatizar lo que nos separa. La única manera de evitar una destrucción aún mayor es focalizar en lo que nos une.

Sergio Berensztein

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Fundado el 4 de agosto de 2003

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