Domingo, 12 Abril 2020 00:00

La fragilidad del Estado condiciona la gobernabilidad - Por Sergio Berensztein

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El mismo problema también desdibuja la capacidad de respuesta frente a la pandemia. En la Argentina, nunca hubo un esfuerzo consistente por construir un aparato moderno.

 

Nuevamente, en estos últimos días, apreciamos con absoluta claridad que uno de los grandes problemas que arrastra desde hace décadas la Argentina es la ausencia de un Estado capaz de brindar con eficacia y criterios igualitarios los bienes públicos esenciales: seguridad, educación, salud, justicia, infraestructura física (incluyendo acceso a una vivienda digna) y cuidado del medio ambiente.

Por el contrario, tenemos un aparato estatal enorme con notables falencias para administrar la cosa pública, incluso cuando se trata de organizar actividades elementales como el pago de un subsidio o la compra de alimentos. Se trata de una cuestión estructural: faltan procedimientos estandarizados estables, sistemas informáticos apropiados, capital humano capacitado y mecanismos de control efectivos.

¿Cuál fue la última vez que el país encaró seriamente un esfuerzo consistente y consensuado por construir un Estado moderno, inteligente, ágil, trasparente y austero? La cruda respuesta es tan preocupante como sintomática de una política errática y disfuncional: nunca. Encarar ese desafío constituye una de las principales asignaturas pendientes que tenemos como sociedad. Si hubiéramos logrado de algún modo construir ese Estado, que en medio de esta terrible pandemia necesitamos más que nunca, hubiese sido de pura carambola. Pero en el desarrollo político, económico y social de las naciones predominan las causalidades, no las casualidades.

Paradójicamente, vivimos en un país con una larga tradición y cultura estatista. Sin embargo, fuimos incapaces de darnos el andamiaje institucional básico para vivir civilizadamente. Se trata de una sábana corta: donde falla o se ausenta el Estado automáticamente aparecen las mafias, que tienden a capturar espacios al interior de su aparato para establecer estrategias clientelares, corruptas y especialmente inequitativas, ya que tienden a favorecer a las pequeñas minorías que controlan algunos resortes de poder.

Casi todos los gobiernos prometen ocuparse de la “calidad institucional”, de mejorar las distintas áreas operativas del Estado con un sinnúmero de iniciativas que, en la mayoría de los casos, quedan en la nada. Surgen apuestas por enfatizar aspectos más administrativos, burocráticos o de tecnología de la información, por citar algunos ejemplos comunes, con el supuesto de que así se incrementa la eficiencia de la política pública. Se trata de quienes pregonan “la gestión”, como ocurrió durante la administración anterior. Intentos que frecuentemente mueren antes de nacer: el sesgo antipolítico y la renuencia a alcanzar consensos que aseguren su sostenibilidad a lo largo del tiempo terminan abortando incluso iniciativas ambiciosas, como ocurrió con las impulsadas por “el mejor equipo de los últimos cincuenta años”.

No conviene idealizar esas propuestas reformistas. ¿Tuvo acaso Mauricio Macri un plan estratégico integral de modernización, profesionalización y transparencia del Estado, con prioridades y metas claramente establecidas y un cronograma de implementación, aunque sea tentativo? Un gobierno comprometido con una buena gestión no debería carecer de esa hoja de ruta si no quiere caer en improvisaciones, caprichos, reacciones espasmódicas, sesgos y tentaciones de favorecer a grupos de interés. ¿Explica acaso este hiato la insólita insistencia del anterior mandatario en organizar el campeonato mundial de futbol del 2030? ¿Cuántas horas de su tiempo y recursos públicos le dedicó a semejante trivialidad?

La experiencia histórica sugiere que tampoco es más fecundo el impacto de las concepciones más sensibles a la política, pero que desdeñan la importancia de la gestión. Los doce años de kirchnerismo constituyen una muestra contundente de que el aumento del tamaño del Estado suele ser directamente proporcional a su ineficiencia, opacidad y capacidad de daño en términos de estabilidad económica y política, competitividad e incluso igualdad.

Más aún, en apenas cuatro meses, y en particular durante la última semana, el actual gobierno mostró una preocupante tendencia a repetir esos atributos nocivos. Entre el bochorno del viernes 3 (con el terrible impacto que potencialmente podría tener en poco tiempo en término de vidas humanas) y el escándalo en las compras de alimentos (que puede derivar en nuevos capítulos igualmente borrascosos si se indagan otros gastos extraordinarios realizados en el contexto de esta emergencia, encauzados mediante procedimientos más discrecionales que de costumbre y con controles más porosos), el presidente Fernández terminó siendo víctima de sus propias palabras: al parecer, los miserables estaban más cerca de su entorno inmediato de lo que imaginaba.

El presidente se sentía fortalecido por el apoyo de la opinión pública y confiado en el aporte de sus idealizados “científicos” y sanitaristas, que aportan sensatas recomendaciones en base a información extraordinariamente limitada: la Argentina sigue siendo una de las naciones que menos tests realiza en el mundo.

Un periodista europeo que comparaba la situación de los países de nuestra región deslizó la hipótesis de que es probable que las autoridades prefieran preservar los reactivos para cuando llegue el pico de contagio y que busquen, al mismo tiempo, evitar que el sistema hospitalario colapse con eventuales contagiados que no presentan síntomas de gravedad. En aparente control de la situación, Alberto Fernández pudo haberse tentado con el característico hubris que afecta a tantos líderes y sobre exageró su apoyo a Hugo Moyano para estrellarse luego en un doble paredón: el de la ineficiencia del Estado cuyo papel tanto pondera, en especial en el actual contexto global y nacional, y el de un equipo de gobierno heterogéneo y fragmentado que no demostró aún ninguna evidencia mínima de efectividad y que, para peor, está contaminado por brutales internas políticas (por ejemplo, entre intendentes del GBA y líderes de movimientos sociales).

Un agudo conocedor de los pasillos (y callejuelas) del poder peronista mostraba preocupación por la tendencia de Alberto Fernández a repetir de manera recargada algunos atributos del liderazgo de Néstor Kirchner. “Fue el principal testigo de cómo disolvió las tempranas dudas respecto de su autonomía y fortaleza relativas, transformándose en poco tiempo en un líder dominante; confrontar con algunos encumbrados integrantes del establishment empresarial y aliarse estrechamente con Moyano fue parte de esa estrategia”. Pero, agregaba, Néstor tenía un seguimiento exhaustivo en la implementación “de las políticas que consideraba prioritarias. Tenía informantes clave en todos los rincones vitales del Estado, en parte con la colaboración de la vieja SIDE. Jamás se le hubiera escapado el estricto control de un contrato”, como le ocurrió a Daniel Arroyo.

Cuando las instituciones formales fracasan, las informales, incluyendo la corrupción centralizada, otorgan un perverso sentido de orden y previsibilidad. En esta hora crítica, cuando es esencial que podamos contar con un Estado preparado para responder a las demandas más elementales de la ciudadanía, nos enfrentaremos a menudo con esa patética realidad.

Sergio Berensztein

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Fundado el 4 de agosto de 2003

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