Domingo, 10 Mayo 2020 00:00

Cristina, la apretadora - Por Eduardo van der Kooy

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La vicepresidenta aprovecha la pandemia para interferir en la Justicia por sus causas de corrupción. Además, parece colocar su mira sobre Horacio Rodríguez Larreta.

 

La pandemia empieza a revelar algunas mutaciones en la fotografía del poder. Alberto Fernández no poseería ya los márgenes de comodidad política que exhibió en el inicio de la cuarentena. Porque la fatiga social y la devastadora crisis económica lo obligan a apartarse del consejo excluyente del equipo de infectólogos para adoptar sus decisiones.

La emergencia le permitió al Presidente amasar un consenso y una autoridad impensadas. Ambas cosas se ponen en juego con el regreso cauto a una “nueva normalidad” colectiva. Nadie asegura que tal avance, si existiera un pico de contagio del virus, no pueda sufrir un retroceso.

En aquella fotografía del poder se hace notar otra figura. Cristina Fernández ha sido –quizás por sus miedos- una espectadora de la política sanitaria. Pero ha sabido aprovechar el paréntesis de la política para consolidar su presencia en el sistema del Estado que desde el comienzo fue potente. Basta para entenderlo con reparar en el manejo de las principales cajas del país que posibilitan un amplio despliegue territorial y puente directo con la gente: Luana Volnovich en el PAMI, Fernanda Raverta en la ANSES, Andrés Larroque en el ministerio de Desarrollo Social de Buenos Aires. Dependiente de la jefatura de Axel Kicillof. Todos soldados incondicionales de la vicepresidenta.

Alberto encontró en Kicillof y Horacio Rodríguez Larreta las mayores resistencias para elastizar la cuarentena. El gobernador bonaerense recibió llamados de varios intendentes (Fernando Espinoza de La Matanza, entre ellos) que le advirtieron sobre el peligro. Ambos se enfrentan a una misma realidad que los aterra: el grueso del coronavirus –con la excepción extraña de Chaco—sacude el ámbito metropolitano. Tiene el 86% de los casos. Las principales villas porteñas pasaron de un solo caso a mediados de abril a 410 en pocas semanas. El conurbano transita también por un pico. Aquellos dirigentes saben que lo peor está por llegar. Incluso hay situaciones que no están del todo claras. Fuentes hospitalarias bonaerenses afirman que se están produciendo muertes por neumonía habituales para la época. Pero no se testearía si alguna de ellas tiene que ver con el coronavirus.

Kicillof y Rodríguez Larreta trabajan en tándem. Con sintonía inimaginada antes de la pandemia. Alberto alterna con ellos. Aunque habría empezado a detectar interferencias. Cristina ha colocado al jefe de la Ciudad en el foco de sus obsesiones. E incomoda al Presidente. No están claros los móviles de ese afán, salvo que se incursione en alguna conjetura. ¿Molestará a la vicepresidenta que Alberto y Rodríguez Larreta sean en la emergencia los dirigentes con mayor popularidad? ¿Le desagradará, en ese terreno, su relegamiento? ¿Cree que en torno al jefe porteño podría articularse un polo opositor?

La vicepresidenta, en tiempos de campaña, fue la primera que objetó los cupos de coparticipación para la Ciudad. El Frente de Todos, con el liderazgo kirchnerista y de los gremios , trabó la Ley de Emergencia que Rodríguez Larreta logró aprobar en la Legislatura con esfuerzo. Cambiemos, en cambio, le concedió casi poderes absolutos al Presidente. Al punto que la gestión continúa con los Decretos de Necesidad y Urgencia. El Congreso permanece empantanado.

El último golpe de la vicepresidenta tendría el efecto de una carambola múltiple. Cuestionó al Fiscal General de la Ciudad, Juan Bautista Mahiques por una supuesta extorsión a la jueza Ana María Figueroa, de la Cámara de Casación, en el marco de la causa del Memorándum con Irán. La magistrada lo negó. Pero la ofensiva no se detuvo.

Diputados cristinistas pidieron una investigación a la Justicia. Terció Oscar Parrilli denunciando que Figueroa había votado la reapertura de aquella causa bajo presión. Carlos Beraldi, el abogado defensor de Cristina solicitó un peritaje del celular de Mahiques. Apareció el ex juez Carlos Rozanski contra el fiscal. Ese magistrado, que supo pedir juicio político contra Mauricio Macri, dejó de serlo acusado por acoso laboral. El diputado porteño Eduardo Valdez llegó al colmo. Reclamó a Mahiques que demuestre su inocencia.

La jugada de Cristina tuvo un recorrido más largo. Interpeló a Rodríguez Larreta sobre su condición moral por tener en la Ciudad a un fiscal que, según ella, habría recurrido a malas artes para perjudicarla. No le importó que Mahiques tenga buenos vínculos con funcionarios cercanos a Alberto que le dieron su bendición. En su asunción estuvieron Eduardo De Pedro, el ministro de Interior, y Marcela Losardo, la ministro de Justicia. Además, Verónica Magario, la vicegobernadora de Kicillof.

En la virulencia de Cristina existe una explicación clara. Quiere utilizar la cuarentena y la inactividad general del Poder Judicial para ir estrangulando varias de las muchas causas de corrupción que la acechan. Junto a sus hijos Máximo y Florencia. Lo de Mahiques, la jueza y el Memorándum con Irán no es una casualidad. Se aguardan nuevos capítulos. Debe comparecer aún ante la Cámara de Casación donde, amén de Figueroa, figuran dos jueces que no le agradan: Gustavo Hornos y Mariano Borinsky.

Aquel mismo revuelo tiene otro motivo. El Tribunal Oral Federal 2, que tiene a su cargo el juicio oral por la obra pública de la cual fue beneficiario el empresario K, Lázaro Báez, posee la intención de retomar las audiencias. Al menos para avanzar con los testigos. Es a raíz de una solicitud efectuada por el fiscal Diego Luciani. Existen consultas con el Consejo de la Magistratura para conocer si tendrían legitimidad las teleconferencias.

Cristina ha sabido levantar toda esa polvareda casi sin hablar. Apenas disparando algunos tuits. Desplegando además a su fuerza de choque. La vicepresidenta acusó a Mahiques de una presunta práctica indecorosa en apariencia sólo con su palabra. Aunque por lo bajo activó una tormenta.

Además del mandoble al Fiscal General de la Ciudad, denunció haber sido víctima de la “mesa judicial” que asesoró a Macri en su gobierno. Alcanza con refrescar una sola anécdota de su alforja para descubrir su hondo conocimiento sobre el tema. Fue célebre aquella conversación privada con Oscar Parrilli, cuyo audio trascendió en febrero del 2017, donde en uno de sus tramos dijo de modo textual: “Hay que terminar con este psicópata, llámalo a Martín y que se mueva para apretar a jueces y fiscales que citen a Stiuso”.

El psicópata era, por supuesto, Stiuso. Desde el 2003, un gran colaborador del matrimonio Kirchner. Martín es Mena. El ex segundo de la Agencia Federal de Inteligencia (AFI). Actual viceministro de Justicia. Encargado ahora de los Testigos Protegidos en las causas de corrupción contra el propio kirchnerismo. Increíble. Negociador inicial en la rebelión de la cárcel de Villa Devoto. Insurrecta, como otras, por el miedo al coronavirus que derivó en liberaciones sin criterio de delincuentes peligrosos.

El hábito apretador de Cristina tuvo otros hitos recientes. Su violenta amenaza a los jueces del TOF2 cuando formuló el descargo al arrancar el juicio por la obra pública. La maniobra de pinzas contra la Corte Suprema, junto a la abogada Graciana Peñafort, para que los cinco jueces validaran las sesiones virtuales del Senado. La vicepresidenta interpretó lo que quiso del fallo. Impedirá a la oposición la participación simbólica presencial. Diferente a lo que pretende hacer, todavía sin suerte, Sergio Massa en Diputados.

Su pasado en el poder, desde los estrados, también es demostrativo del estilo de Cristina. Sin amenazas, por entonces, de la Justicia encima se ocupó públicamente de intimidar al periodismo. Escrachó por cadena nacional a un abuelo que pretendía regalar un puñado de dólares a dos nietos en medio del cepo y a un empresario inmobiliario que se había quejado por la caída de la actividad en el sector.

Los tiempos cambiaron. Cristina hace ahora lo mismo sin tanta exposición. Parece progresar en la ocupación del Estado con nombramientos discretos –todos bajo el rótulo de excepción--que en buena proporción le pertenecen. La abogada Silvina Martínez divulgó una nómina extraída del Boletín Oficial. Los cargos cubiertos son en casi todas las áreas. Desde la Agencia de Administración de Bienes del Estado hasta cada ministerio. El salario mínimo es de $106 mil.

Nadie sabe si el Presidente, ensimismado con la pandemia, repara en aquellos desarreglos. Tampoco si los habla con Cristina. En los últimos días pudo descubrirse una huella: el clásico ánimo belicoso de la vicepresidente habría calado en Alberto. El profesor venía teniendo una mirada contemplativa con aquellos que demandan una flexibilización mayor de la cuarentena. Incluso con los que hicieron sonar las cacerolas por la indiscriminada liberación de reclusos. Luego de sus tres horas de diálogo en Olivos con Cristina blandió otro libreto. Definió que “son sectores de la oposición, no ciudadanos independientes”. Su fastidio se extendió en la rueda de prensa sobre la cuarentena. Calco del registro que la mujer selló para siempre cuando en noviembre del 2012 padeció la protesta callejera de una marea humana.

El Presidente también extravió las proporciones por una crítica de Alfonso Prat Gay. El ex ministro de Hacienda y Finanzas de Macri, durante el primer año, opinó que la lucha contra el virus había destrozado la economía. Alberto cuestionó su autoridad moral y lo responsabilizó de la debacle económica macrista. Tan exagerado, quizás, como asociar al Presidente con la corrupción K.

Prat Gay respaldó públicamente además la propuesta oficial sobre la deuda. La negociación con los bonistas continúa contra reloj. Como un lastre que se acopla a la pandemia.

Eduardo van der Kooy

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