Jueves, 11 Junio 2020 00:00

¿Por qué el apuro de Alberto en desdecirse y quedarse con Vicentin? - Por Marcos Novaro

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Urgido por la falta de dinero y por la necesidad de actuar antes de que su popularidad se evapore, el Presiente recurre apresuradamente al menú primigenio del kirchnerismo.

 

El Presidente prometió, al asumir su cargo, que reconciliaría al peronismo con la democracia republicana y con el capitalismo. No está haciendo ninguna de las dos cosas.

Pero se entiende su apuro en desdecirse: urgido por la falta de dinero y por la necesidad de actuar antes de que su popularidad se evapore (consecuencia esperable del combo formado por el deterioro de la economía y el aumento de los contagios por coronavirus), recurre apresuradamente al menú primigenio del kirchnerismo, actúa por sorpresa, pone a todos los demás a la defensiva, se embandera en una causa de ribetes distributivos y nacionalistas y trata de quedarse con las fuentes de recursos a la mano.

Tal vez piense que puede hacer un poco de eso ahora porque otra no le queda, o porque intentar otro camino más reformista y respetuoso de la Constitución le dificultaría mantener unida a su coalición y después rebobinar, despejar los temores y desconfianzas que “circunstancialmente” haya generado.

Cabe inferir al menos que una idea por el estilo da vuelta por su cabecita de los mensajes que tanto él como su jefe de gabinete han estado enviando a las empresas desde el lunes pasado: no se asusten, el de Vicentin “es un caso excepcional”, les dicen.

El problema es que la desconfianza tiende a espiralizarse de un modo que es difícil revertir: las reacciones negativas de los capitalistas por el manotazo a Vicentin a ojos del gobierno justificarán más medidas punitivas y de control, más cepo, más amenazas a quienes tengan dólares afuera o demoren exportaciones, más impuestos y barreras al comercio, que incrementarán aún más la desconfianza y así sucesivamente.

Fue lo que le sucedió en el primer ciclo kirchnerista, a partir de la intervención del INDEC y la crisis del campo, y más todavía desde la estatización de las AFJPs, de YPF y la imposición del cepo. Lo curioso de la actual situación es que, cuando esa escalada comenzó, Alberto entendió bastante bien el problema que se podía generar, como lo demuestra su testimonio en una edición de Desde el llano de 2012. Planteó entonces:

- “¿Por qué no pudimos encontrar una solución distinta a la irrupción del Estado?”

- “Los argentinos tenemos que entender que hace muchos años generamos desconfianza”.

- “Hay que entender que para el mundo nosotros tuvimos una dictadura que hizo desaparecer 10.000 personas (atención, ¡tenemos un presidente negacionista que emula a Darío Lopérfido! ¿habrá que avisarle a los organismos fiscalizadores de la memoria nacional?), que después entró en guerra con la OTAN, que después vino un gobierno democrático que dejó 5000 puntos de inflación, que después vino un plan de estabilidad que cuando concluyó determinó la ruptura de todos los contratos y el default…”.

No lo decía Macri, ni Espert, ni tampoco Lopérfido. Aunque sea difícil de creer, era Alberto Fernández. Si quitamos la fecha, pareciera que está hablando de Vicentin. Pero no, hablaba de la estatización a las patadas de YPF por parte de Cristina y Kicillof.

Es ya un clásico contraponer frases de Alberto de distintos momentos de su extensa y camaleónica carrera política. Este video en particular tiene un valor especial, sin embargo. Porque cae como anillo al dedo en el momento en que su gestión empieza a definir un rumbo, y lo hace en dirección a una manifiesta repetición de viejos errores. Y también porque nos recuerda una virtud del actual mandatario que de otro modo podría olvidarse: cuando toma distancia de los hechos y adopta la pose de un analista no lo hace nada mal. Una pena que no logre congeniar ese rol con el de actor político, aunque sea mínimamente.

Su comentario sobre la falta de confianza es especialmente pertinente para la actual circunstancia, además de muy agudo y preciso: no sólo no generamos confianza, no advertimos los daños que eso nos provoca, ni el hecho de que, desde afuera, pareciera que nos interese poco y nada corregir ese déficit.

Esa falta de percepción explica muchas cosas. Cuando evalúan cursos de acción, nuestros gobernantes y también la opinión pública suelen valorar otras cosas. Ante todo, cuánto le podamos sacar hoy, ya, a quien tengamos enfrente: a los tenedores de bonos de la deuda, a los empresarios en problemas, a quien sea. Nos planteamos esos conflictos como juegos de suma cero y de una sola vez: todo lo que ellos pierdan lo vamos a embolsar nosotros, así que no importa lo que dejemos de ganar o perdamos en el futuro, importa solo la cuenta de almacenero que se hace hoy.

Con esa mentalidad es que el propio Alberto, desdiciendo a Fernández, encaró la renegociación de la deuda. Obtener una quita lo mayor posible, y postergar también lo más posible los pagos, con una reducción máxima de los intereses. Cuando los bonistas recibieron ese mensaje, desconfiaron no sólo de las actuales intenciones del gobierno, sino de sus intenciones futuras, y por tanto agregaron a la ecuación una tasa de riesgo también máxima: tenían que incorporar, por esa vía, la chance de volver a tener problemas para cobrar en el futuro.

Es decir, jugaron no solo la partida que tenían delante, sino los juegos futuros, fueron previsores. Lo que el gobierno no hizo y tampoco entendió que iban a hacer sus contrapartes. De ahí que no se hayan todavía puesto de acuerdo, discutan aún la tasa de riesgo con que habría que calcular el valor futuro de los nuevos bonos, y la renegociación se demore y corra riesgos de fracasar.

La intervención de Vicentin incrementó esos riesgos, porque elevó aún más la tasa de riesgo. Y sigue una lógica similar: el gobierno calculó qué le convenía hoy, con qué instrumento se hacía del mayor beneficio, en términos de la devolución de la deuda contraída por la empresa con los bancos públicos, el acceso a dólares de las exportaciones y la liquidación lo más rápido posible de las mismas. Y eligió la expropiación.

No tuvo en cuenta los efectos que eso tendría en el futuro: la desconfianza que generaba para adelante en los inversores, en todos ellos, empezando por los bonistas en litigio (con lo cual el acuerdo por la deuda se hizo aún más caro y difícil). Tampoco el desaliento de futuras inversiones, en una de las pocas áreas en que es posible para el país atraerlas, incluso en este momento. Ni consideró los riesgos y la desconfianza que sumarán nuevos litigios sobre la constitucionalidad y legalidad de sus decisiones, que seguramente durarán años. Tantos años como los que vienen durando las controversias sobre YPF.

¿Es que se olvidó Alberto de lo que decía en 2012 sobre el problema de la confianza? Puede que no. Pero la gestión dividida en múltiples facciones, varias de las cuales lo desconocen como jefe, la dificultad en lograr que los empresarios le hagan caso y traigan sus dólares, y las urgencias fiscales le deben haber hecho pensar sólo en el corto plazo. Necesitado de dinero ya, la construcción de confianza se volvió algo secundario, o demasiado caro: lo más económico fue realimentar la desconfianza.

Hay que tener en cuenta que, igual que sucedió con la reestatización de YPF, los potenciales beneficiarios de la expropiación de Vicentin en el frente interno son muchos, y los costos potenciales para esos u otros actores de la coalición por ahora no se verificarán, así que será fácil convencer a la manada de mantenerse unida: Omar Perotti recibirá lo suyo para atender las cuentas provinciales y satisfacer el reclamo de los productores de cobrar por lo que hayan entregado a la empresa en los últimos meses, los kirchneristas sumarán una victoria ideológica más, los gremios podrán decir que garantizaron las fuentes de trabajo (es lo que dice al menos por ahora UATRE), y las demás provincias esperarán recibir algo del alivio fiscal derivado. Todos contentos, al menos por ahora. Después se verá.

Alberto mismo necesitaba dar un golpe de mano por otros dos motivos inmediatos. Primero, se estaba armando una red colusiva para montar un negocio privado a la sombra del gobierno sin su control, y con Manzano a la cabeza. Algo que Menem hubiera tolerado, pero Néstor le enseñó no hacer: los negocios tienen que pasar por el vértice del poder, deben contar con su autorización, y esa regla tenía que revalidarse cuanto antes.

Por otro lado, si bien en público todos sonrieron para la foto, la reunión de los grandes empresarios con el presidente en Olivos días atrás fue particularmente dura: este les exigió que trajeran de vuelta sus dólares y ninguno de quienes lo escuchaban se dignó contestar. De lo que probablemente concluyó que también en ese frente debía dar una muestra de autoridad, de nuevo, a la Néstor, y cuanto antes: los que no hagan caso se expondrán a duros castigos.

La confianza y la desconfianza se combinan en base a una fórmula intertemporal: mientras que la primera consume recursos inmediatos y produce beneficios futuros, la segunda hace lo contrario, ofrece ventajas inmediatas a costa de perjuicios mediatos. Desde que la sociabilidad humana saltó de los grupos ocasionales a solidaridades más duraderas, viene administrando esta tensión, acumulando credenciales y ensayando pautas de confiabilidad a través de líderes, instituciones e identidades colectivas. Pero entonces apareció Argentina y mostró que esas ganancias no suponen una victoria irreversible sobre la vida salvaje: se puede pasar de una sociedad y un estado más o menos confiables a una banda de saqueadores ocasionales sin ley, aunque los resultados no son del todo buenos. Si no nosotros, ojalá algunos otros pueblos aprendan de esa involución.


Marcos Novaro

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Fundado el 4 de agosto de 2003

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