Lunes, 22 Junio 2020 00:00

El caso Vicentin, el futuro de la oposición y los llamados de Macri - Por Ignacio Zuleta

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Cómo impactan las cacerolas contra la expropiación de la cerealera en el oficialismo y la oposición. El regreso de Vidal y reconciliaciones con Monzó.

 

Cómo Vicentin les sirve a todos para hacer músculo

Acaso haya que hablar algo de política ante una agenda dominada por las cátedras de Infectología y Derecho Comercial II (Concursos y Quiebras), o sea la peste y Vicentin. Las dos materias se las lleva el Gobierno a la previa, porque cuarentena es sinónimo de miedo e inseguridad, y lo último que debería haber hecho es hablar de expropiación. Para el público moderado, el que decide las elecciones, no se trata de las acciones de esa cerealera sino el derecho de propiedad, más bien el sentido de propiedad de todos. Ni imaginar en el campo, en donde “expropiación” es mala palabra, acá y en todo el mundo. El error del oficialismo, según una reflexión de alta semiología de Graciela Camaño, fue que "Alberto verbalizó a Vallejos" en el peor momento – canje de ayuda por acciones de empresas.

El Gobierno puede creer que no ha sido un error sino un acierto porque esto le permite retomar la iniciativa. Reordena fuerzas internas y recauchuta los costados débiles de la coalición de los Fernández, los gobernadores y el massismo. Hacia afuera hay razones de coyuntura para hacerlo, porque la oposición consolida su unidad y se blinda a los intentos de carancheo. No le pueden sacar ningún legislador que rompa los números en el Congreso, y aquí le hacen difícil la vida a proyectos de 2/3 en el Senado; tampoco le es fácil lograr el quórum en Diputados. Esta semana el oficialismo tiene que renovar el protocolo para que siga funcionando Diputados en sesiones semivirtuales. El apoyo de la oposición depende de cómo mueva el peronismo en el asunto Vicentin.

Tampoco se mueve nadie en la Legislatura bonaerense - en donde Cambiemos domina el Senado -, una señal amarilla para Axel Kicillof, que está encerrado por la peste. Se le agrava la curva. Es carne de diván por los gestos públicos y privados - no es político sino un profesor puesto a mandar en un cargo ejecutivo – y en las reuniones del miércoles y el viernes con Diego Santilli (en Olivos) y Horacio Rodríguez Larreta (en La Plata), enterró el hacha de guerra. Como si buscase protegerse de la intemperie de la peste en la mejor fortuna de la CABA, en donde las curvas son mejores. Por esta confrontación los dos bandos festejan, y agradecen la oportunidad de la guerra de Vicentin, porque les permite hacer músculo a cada cual con su público.

Los Fernández jibarizan el poder de los gobernadores fuertes

Hacia adentro del peronismo también hay una necesidad de gobernabilidad. Los gobernadores de Santa Fe y Córdoba son los dueños de la suerte legislativa del proyecto de expropiación, si es que avanza en el Congreso. Olivos ha comprometido a Juan Schiaretti y a Omar Perotti en esta trama. Son dos mandatarios con fecha de vencimiento, no tienen reelección, y el vicentazo los complica frente a sus electorados, que ven replicarse la guerra de la 125. Estos gobernadores quedan más débiles para pelear el futuro, cuando ya perdieron las elecciones en la categoría presidencial, algo que los Fernández nunca olvidarán y por lo cual ahora toman represalias.

Además, para asegurarse gobernabilidad, cedieron posiciones a sus adversarios en las legislaturas locales y en la representación en el Congreso. Les quitan el poder que tuvieron en 2019 para desplazarla a Cristina de la fórmula presidencial, y los hacen jugar a destiempo, en un caso enredado que su público rechaza, como es el destino de la cerealera. Esto vale oro en Olivos y en el Instituto Patria. Además, el caso mete a los dos gobernadores en una historia que no asumieron antes. Perotti pudo entrar antes, pero ahora ha quedado como actor de reparto del libreto de Olivos. Puede remontar con alguna receta ligada a la justicia santafesina, como un “per saltum” de la Corte local para destrabar todo de manera medianamente saludable para su electorado. Pero ya con esto gana el peronismo metropolitano de los Fernández y justifica, desde la política, haber pateado ese avispero, parte quizás de proyectos más ambiciosos.

Una de las tramas más viejas de este ciclo, que se remonta a los tiempos pre-peste, señalaba la existencia de un "Proyecto Patria", que habría de lanzarse un 25 de mayo soleado. La fecha pasó sin gloria y cuarentenada, porque la eclipsó el contagio. Ese pergeño del oficialismo imaginaría reformas para que el Estado se apoderase de dos sectores: el comercio exterior de granos - y su potencial en el mercado financiero, es decir, no el yuyo sino los dólares del yuyo - y el control estatal de los servicios del sector energético. Acaso Vicentin ha sido un resto arqueológico de aquel sueño.

“Confusión es control”

Estos proyectos sirven ahora, no para arreglar problemas - porque en general la política los desarregla - pero sí para resolver los graves problemas de gobernabilidad. Por eso el vicentazo lo lanzaron los Fernández sin avisarle a ninguno de estos socios - gobernadores, Massa - hoy obligados a actuar detrás de los acontecimientos. "Confusion is control", le dijo alguna vez Mark Felt - el "Garganta profunda" de Watergate - al periodista Bob Woodward cuando éste le confeso que estaba perdido en los detalles de aquella trama. El dictamen de Woody Allen de que "Una buena historia, cierta o falsa, se impone a todo", sólo vale para las ficciones de Manhattan.

En política, en cambio, todo es lo que parece, y no hay que andar explicándole al público que lo engaña la prensa. El público entiende todo más que bien, y nunca se equivoca. Difícil que alguien lo engañe, como creen los curas y los peronistas, que atrasan un siglo en sus percepciones semiológicas. En punto al caso Vicentin, no se engañan los seguidores del Gobierno, que festejan el banderazo del sábado porque les reconoce fuerza para contrariar a sus adversarios del voto no peronista. Y festejan éstos, que tampoco se engañan sobre lo que significa el vicentazo. Cada bandera tiene su público y cada dirigente sirve a su electorado. Que la presidencia de Alberto no muestre un plan, ni a un ministro de Economía, habilita a estas presentaciones que, no son improvisadas e invitan al debate de fondo.

La precariedad de los elencos también plantea la dificultad para ese debate, porque en un gobierno de cuentapropistas, cada palo aguanta su vela, como se dice en la marinería, y nadie cede nada. Más en un gobierno loteado por las tribus que forman la coalición. Y que además es débil y su presidente le dice a cada cual lo que quiere escuchar, con una locuacidad digna de mejor cusa. ¿Para qué habla tanto Alberto?, tiene derecho uno a preguntarse cuando se lo ve patinando por la banquina, en un oficio en el cual, como dice Ginés, es más importante el freno que el acelerador. Lo sabe el ministro saludable que, además de su ciencia de cura pupas, es un alto aficionado a las carreras de autos. Ha corrido a carreras y también practica ante la pantalla con sofisticados juegos de simulación de Fórmula 1.

Ginés, además de productor de exquisitos caldos en San Juan, ha sido actor en un largometraje, y promete desde hace años terminar una novela de amor y guerra inspirada en hechos reales durante la era de la independencia en su ciudad natal de San Nicolás. Pero antes tiene que terminar con el virus, al que le va ganando. El Gobierno también festeja, en especial la tribu cristinista, que cogobierna con el peronismo del interior (Schiaretti/Perotti, etc.) y el massismo. Manejó la bocina en el lanzamiento del proyecto Vicentin, y se puso a la delantera de las iniciativas del resto de los socios en el gobierno. Ganó varias casillas y probó que Olivos claudica en la dialéctica, y que Massa aguanta porque tiene la llave del quórum en su cámara, en la que maneja los bloques de los bordes (el de José Luis Ramón, que es su obra maestra).

Tiene el mismo rol de bisagra que tenía en 2017 cuando intervino proyectos como la baja de ganancias. Para Cristina y sus acólitos es un triunfo, porque saca a la vicepresidente por un rato de las páginas policiales y la acerca a las decisiones, de las que había quedado afuera cuando el peronismo resolvió que no fuese candidata a presidente.

La oposición blinda unidad y mira al futuro

La oposición también hace músculo con estos debates y celebró la salida cacerolera del sábado. Macri, silente, hizo ronda de telefonazos entusiasmado por el tono de la calle, pero pidió discreción y que no se contase. Es el público de ellos, como ocurrió en 2008 con la 125. Sonó fuerte en distritos grandes, como la Capital, en donde Juntos por Cambio - el larretismo- ganó por el 55% de los votos, con extremos insolentes del 73% en Recoleta, en donde las cacerolas suenan solas ya desde las alacenas. La candidatura de Macri, aun perdiendo en primera vuelta, ganó en cinco de los siete distritos con más votos de la Argentina.

La suerte legislativa del oficialismo prueba, hasta ahora, que ese respaldo del público se mantiene. Los entresijos de la peste dejan ver cosas que algunos no querían ver, como el concilio entre María Eugenia Vidal y Emilio Monzó, que ocurrió en uno de los almuerzos de los viernes en la jefatura de gobierno de la calle Uspallata, con la presencia del dueño de casa y el socio radical Martín Lousteau. En ese encuentro de cuatro complotados, alguien se sentó sobre el timbre, porque Mariu venía de traficar saludos con agentes contaminados con el virus, entre ellos Alex Campbell, a quien se la pegó, por interpósita, el intendente lomense Martín Insaurralde.

Fue como sacar la foto a un encuentro que buscaba una reconciliación entre la gobernadora y el ex jefe de los diputados y armador nacional de la campaña de Cambiemos en 2015, con Lousteau como testigo. No se veían desde el cierre de listas de las PASO 2019, hace justo un año. Para mostrarse eligieron los vidriados salones del palacio de Gobierno, un recinto en donde no hay intimidad porque es una caja de cristal. El contacto con Vidal mandó a todos al hisopado y a Larreta a su casa – recién el viernes le dieron el alta. Aprovechó esa recomendación para no estar el miércoles en Olivos con Alberto y Kicillof. Lo mandó al "Colo", que es como lo saluda, cariñoso, el presidente al vicejefe porteño.

Estampas y los límites de “Casa Amarilla”

La imagen cierra el arco que abrió Cambiemos, con la confirmación de Miguel Pichetto como auditor, una ficha personal de Macri que todos compartieron, a condición de que no reclamase la presidencia de la AGN, y que se completó con la charla con Elisa Carrió. Son imágenes de la unidad de la oposición, que ahora corona Larreta con esta exhibición de Vidal junto a Monzó, dos personajes que se identifican con la marca de la coalición, pero no desde algún partido. Larreta es PRO, Lousteau es UCR. Vidal niega pertenecer a esos sellos y repite que ella es Cambiemos (o Juntos por el Cambio), con lo cual presume intenciones de liderazgo por sobre sus pares.

Monzó expresa otra cosa. No es inquilino de la "Casa Amarilla", como llaman en esas reuniones al macrismo de Macri. Como Pichetto, se mueve por andariveles paralelos. El rionegrino mientras, avanza en la construcción del peronismo republicano, en un intento de rearmar lo que fue Alternativa Federal, aquel tinglado, que hizo temblar a Cambiemos y al Instituto Patria antes de las PASO. El punto más alto fue el triunfo de Schiaretti en la elección de Córdoba del 12 de mayo de 2019. Una semana más tarde Alberto era anunciado como precandidato del peronismo reunificado. Arma un partido sobre la base del Nacionalista Constitucional – alma mater de Alberto Fernández, cuando presidió la juventud de esa rama del nacionalismo -, Unidad Popular y el Conservador Popular.

Monzó juega suelto, en tándem con diputados del interior, que vienen de varias tribus, algunos del macrismo anti-Peña. Armó el "sub-bloque Federal " que tiene 12 bancas, 11 propias y a la que suma el monobloque del riojano Felipe Álvarez, de Acción Federal. Aspira a hacerlo crecer con el lanzamiento de un partido propio, la quinta pata de Cambiemos, desde una marca que ya tiene registrada como propia en Buenos Aires, Partido del Diálogo. Busca la representación del posmacrismo y sueña con socios que fueron de Alternativa Peronista, como Juan Manuel Urtubey. Ya armó en la legislatura de Buenos Aires con Gustavo Posse un bloque propio, que juega junto a Lousteau a desplazar a la actual cúpula de la UCR en ese distrito.

Los diputados de Monzó en el Congreso Nacional están bajo el mando de Sebastián García de Luca y se disciplinan en las consignas macro de Cambiemos. Por ejemplo, han dicho que no darán quórum si el Gobierno insiste en el proyecto de estatización de Vicentin, y presentaron una iniciativa propia de salvataje, que recibió el apoyo de la mesa de Enlace del campo. Aunque estos movimientos tienen el morbo del internismo, hay un consenso en el sector de que el principal valor es la unidad y jugar a ganador, que en política significa jugar al centro.

Ignacio Zuleta

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