Domingo, 28 Junio 2020 00:00

Cuarentena en unidad ficticia - Por Eduardo van der Kooy

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Ha vuelto a atizarse la grieta con la oposición. Cristina cumple, en ese aspecto, un papel principal.

 

La pandemia está sometiendo a la sociedad, a la política y a la economía a una tensión extrema. Esa sociedad votó por un cambio de gobierno el año pasado para recuperar la economía. Pero se sigue derrumbando en un barril desfondado. El FMI pronostica una caída del PBI para este año del 10%.

Alberto Fernández llegó al poder con el eslogan de “poner a la Argentina de pie”. Superó la mitad de los días de su mandato absorbido por la batalla contra el coronavirus. La cuarentena vuelve a recrudecer. Ni él, ni Axel Kicillof ni Horacio Rodríguez Larreta denotan tener alguna idea al margen de esa realidad encorsetada. Incluso el Presidente desata con su locuacidad cierta pavura. Aseguró que le molesta el confinamiento obligatorio por el valor que siempre le concede a la libertad. En una teleconferencia con Lula da Silva, sin embargo, aventuró que “el mundo ha mejorado desde que la gente se encerró”.

El Presidente, amén de esos divagues, enfrenta dilemas. Cómo conservar el capital político que, aún en descenso, acumuló en esta emergencia. De qué modo utilizarlo para sostener el equilibrio general y de una coalición, el Frente de Todos, que con frecuencia se descompensa por los arrebatos de Cristina Fernández y el kirchnerismo.

En este punto, existe algo que no cerraría en la propuesta de Alberto. Asegura que el nuevo esfuerzo social por la cuarentena tendría la garantía de la unidad política. Tal vez, la que parece circunscripta a él mismo, a Kicillof y Rodríguez Larreta. Porque el teatro externo indica otra cosa. Ha vuelto a atizarse la grieta con la oposición. Cristina cumple, en ese aspecto, un papel principal.

En aquellos arrebatos inciden múltiples factores. Uno sería la de su personalidad. Otro, su peso político natural. El tercero, la forma anómala en que emergió la candidatura de Alberto. Existe la presunción de un cuarto, quizá determinante: la interpretación que Cristina hizo de aquel triunfo electoral de noviembre. La segunda vuelta.

La vicepresidenta debe haber asociado el nuevo éxito a su epopeya del 2011, cuando a raíz del impacto emocional por la súbita muerte de Néstor Kirchner, arrastró al 54% de los votantes. Con 37 puntos de ventaja sobre el segundo. Preludio del fatídico “vamos por todo”.

La realidad parece otra. Alberto y Cristina terminaron ganando sólo por siete puntos. Ante un oponente, Mauricio Macri, cuyo epílogo estuvo signado por la debacle económica. ¿Acaso el 41% apostó por seguir sumergido en la penuria? Nada de eso. La reacción tuvo por estímulo el rechazo a la oscuridad de la década kirchnerista. La diferencia que condujo a la victoria se explicó por el perfil moderado que el Presidente enarboló en la campaña.

Cristina viene soslayando hasta ahora ese matiz fundamental. Para no incurrir en una contradicción entre ellos, el Presidente suele recurrir a una simplificación: “Es el antiperonismo”, dice. Fue la interpretación que hizo después de las protestas masivas por el intento ─aún frustrado─ de intervención y expropiación del gigante agro-industrial Vicentin. La embarró más cuando refirió a “gente confundida”.

El caso Vicentin, la penetración kirchnerista en el Poder Judicial y una sucesión de gestos de sorprendente impunidad, parecen colocar a prueba el capital político del Presidente amasado durante la pandemia. Desmienten, por otro lado, sus invocaciones a la unidad.

En el caso de la empresa agro-industrial los caminos se bifurcan. Alberto venía trabajando en la necesidad de un rescate. Pero la vicepresidente irrumpió con el proyecto de la expropiación. En ese momento emergieron las dos identidades que, con visibles dificultades, cohabitan en el Frente de Todos: la del kirchnerismo y la peronista. Existe una tercera pata, menor, que encarna el titular de la Cámara de Diputados, Sergio Massa, con su Frente Renovador.

En la misma circunstancia fue posible advertir otro detalle. Cristina se colocó a la cabeza de su sector. Alberto estuvo forzado a navegar entre la imposición de la vicepresidenta y la oferta mediadora que le abrió el peronismo por Vicentin a través de Omar Perotti, el gobernador de Santa Fe. Pareció quedar en evidencia, por el mutismo de muchos mandatarios del PJ, otra situación: ese sector está a la espera de un liderazgo, que para ellos Cristina no representa.

Quizá se trate de una tarea pendiente del Presidente. Siempre prometió que gobernaría en comunión con los gobernadores. Los peronistas cumplirían un papel crucial. No ha invertido nada del capital político cosechado por la pandemia para intentar articular tal sistema.

Cuando Perotti le acercó una llave para buscarle salida al laberinto de Vicentin se advirtieron diferencias. La propuesta del gobernador excluyó cualquier expropiación. Cristina no se animó a objetarla, aunque hizo conocer su intimación a través de la secretaria administrativa del Senado y discípula, Graciana Peñafort: “Si ese plan falla vamos por la expropiación”, afirmó.

Alberto tuvo el mal reflejo de repetir lo mismo horas antes de las protestas del sábado anterior. Así le fue. Tampoco se pudo ignorar que aquel mensaje llevó como destino al juez de Reconquista, Fabián Lorenzini, encargado del concurso de acreedores de la empresa. Una simple apretada del clásico manual kirchnerista: falla como queremos, o no sirve.

En ese momento Perotti pareció quedar en soledad. Sin la cohesión que demanda el espacio peronista. El gobernador, en su desesperación, hizo cosas que no debió. También descargó una fuerte presión sobre el magistrado para que aceptara la propuesta de una intervención tripartita, con participación provincial, en Vicentin. No se puede ignorar el contexto. Perotti tuvo sus primeros meses en el poder signados por el desastre de la inseguridad que heredó de la era socialista. De repente, se encontró con la desconfianza de empresarios y productores por la proclama porteña de la expropiación.

El juez Lorenzini ha dejado al gobernador, a Alberto y a Cristina en un punto incómodo. Resolvió mantener a los gerentes de Vicentin dentro del concurso. A los interventores estatales, sólo como veedores. Abrió un incidente paralelo con la solicitud de Perotti. Algunas cosas se empezarían a desgranar. Gabriel Delgado, cercano a Alberto y a Massa, habría comunicado su voluntad de no participar como veedor. Había aceptado casi a regañadientes. Preferiría convertirse en asesor del Presidente sobre el tema.

La vicepresidenta no repara en nada de eso. Habrá que ver si la nueva estricta cuarentena, que la sociedad observa con fatiga y resignación, la induce a postergar objetivos. No hay garantías porque la pandemia es una cuestión inexistente para ella. Ni siquiera opina en las redes. Lo cierto es que un sistema estuvo funcionando la última semana. Vinculó al Banco Nación con el Congreso.

El titular de la entidad, Eduardo Hecker, que en 2009 abandonó la Comisión Nacional de Valores (CNV) peleado con Guillermo Moreno, dispuso el licenciamiento de tres funcionarios de la gerencia, para que sean investigados. En principio, por haber tenido participación en el elevado endeudamiento de Vicentin durante el último año de la gestión de Mauricio Macri. Quien lleva la batuta específica sobre ese endeudamiento es Claudio Lozano, uno de sus directores. Aliado del Frente de Todos por el partido Unidad Popular. El Banco Nación se presentó también como querellante en la causa penal que tramita el juez Julián Ercolini. El mismo que tiene comprometida a la familia Kirchner por lavado de dinero en las causas Los Sauces y Hotesur.

El otro eslabón comenzó a engarzarlo Cristina. Hizo aprobar en el Senado, en una sesión irregular, la creación de una Comisión Bicameral para que investigue la deuda de la empresa agro-industrial. Esas comisiones suelen alumbrar con mayoría especial. Pero el senador K, Oscar Parrilli, la presentó dentro de un proyecto aprobado con mayoría simple. Las sesiones virtuales se prestan para demasiada arbitrariedad. Entre ellas, la de abrirle o cerrarle a gusto el micrófono a cada expositor. Le pasó al jefe del bloque opositor, Luis Naidenoff, cuando quiso plantear su disidencia. Había descripto antes la realidad económico-social que demudó a Cristina.

El objetivo de la vicepresidenta no posee pliegues. Apunta a demostrar que Macri, el Banco Nación y la empresa Vicentin formaron parte de una asociación ilícita. La figura que cae sobre ella como plomo en varias causas por corrupción de la “década ganada”.

Cristina recibió la semana pasada un alivio. Fue sobreseída en uno de los tramos de los “cuadernos de las coimas”. Referido a los pagos de la siderúrgica Techint. Como contraparte, el Tribunal Oral Federal 2, que lleva el juicio por la obra pública en beneficio de Lázaro Báez, resolvió reiniciarlo. La fecha está en veremos por la nueva cuarentena estricta. Será la primera vez que la vicepresidenta deba comparecer estando en funciones.

Cristina no cesa de penetrar la Justicia. El administrador del Consejo de la Magistratura será Claudio Cholakian. Abogado y uno de los fundadores de Justicia Legítima. También el kirchnerismo progresa con reivindicaciones. El Procurador del Tesoro, Carlos Zannini, dispuso que se reponga a Amado Boudou la pensión vitalicia como vicepresidente. Son 420 mil pesos. Había sido suspendida por su condena a prisión, en doble instancia, por la causa Ciccone. La propia vicepresidenta reclamó que se le restituyan dos pensiones cuando se jubile. Macri había decidido que optara por una. Exige que se le restituyan montos retenidos por Impuesto a las Ganancias.

Estarían, tal vez, los derechos. Pero está la oportunidad. Cuando la población sufre por la pandemia y se le reclama otro esfuerzo. Uno más.

Eduardo van der Kooy

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Fundado el 4 de agosto de 2003

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