Jueves, 06 Junio 2019 00:00

Axel Kicillof, el otro candidato – Por Marcos Novaro

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Cristina Kirchner volvió a sorprender cuando nominó a su exministro de Economía como candidato a gobernador bonaerense. La designación encierra varios mensajes. Algunos un poco preocupantes.

 

La expresidenta debió pensar que tenía que poner su mejor ficha para contraponer a la mejor ficha del oficialismo, María Eugenia Vidal. Y no dudó. Hasta ahora las encuestas la avalan, Kicillof retiene la mayor parte de los votos nacionales de la fórmula de los Fernández, así que parece no haberse equivocado.

Joven, radicalizado y leal al “modelo”, pero no contaminado por el tufillo a orga que limita la popularidad de los camporistas, tampoco vinculado personalmente con el choreo (aunque nunca se mostró incomodo ante su existencia, hasta ahí llega su lealtad al modelo y a su jefa), y con una gestión económica en su haber que en su momento fue considerada deslucida y frustrante (entre 2012 y 2015 solo crecieron el déficit, los cargos públicos improductivos, la fuga de divisas y las intervenciones punitivas, nada de empleo genuino ni de inversión), pero que Cristina desea reivindicar hoy como todo un éxito frente a la que le siguió, reunía todo lo necesario para volverse, a ojos de la señora, el candidato ideal para esa batalla, la decisiva en la actual campaña.

También era el candidato ideal para que Cristina pudiera equilibrar las cosas entre los moderados y los duros de su base de apoyo: con la nominación días antes de Alberto Fernández, y el permiso que le otorgó para diferenciarse de su liderazgo y preferencias precisamente en el terreno económico, permitiendo que él y sus más pragmáticos asesores económicos enviaran señales amigables a los mercados, había corrido el riesgo de alarmar a quienes esperan que cuando ella regrese al poder vuelvan el consumo y los cargos públicos para todos (todos ellos y sus amigos, se entiende), con sus complementos necesarios, los controles de precios, las intervenciones en el mercado cambiario, y el déficit presupuestario, en síntesis, todo lo que representa Kicillof.

El equilibrio buscado tal vez sirva para calmar las aguas, por ahora, en el frente interno, pero alimente las dudas y temores sobre lo que se pretende hacer realmente en caso de lograr la victoria.

Y al respecto, para peor, los mismos rasgos que hacen de Kicillof un buen candidato son los que pueden volverlo, en el ejercicio del gobierno, un acelerador de la bomba de inconsistencias en que tiene muchas chances de convertirse una administración de los Fernández, un experimento por completo inviable: un populismo radicalizado sin plata, como poner al volante a un borracho con síndrome de asbstinencia.


Y eso no es todo. Ya de por sí son pocos los que creen que el Alberto tomaría realmente las decisiones en un eventual nuevo gobierno kitchnerista (varias encuestas indican que pierde 10 a 1 en ese terreno). Con Kicillof en la provincia, ¿no se alimenta aún más esa desconfianza? Los antecedentes que hacen de éste un cruzado del antiliberalismo económico, un fanático convencido de los “alicientes a la demanda”, y le permiten alimentar la ilusión de que “vuelve la fiesta”, lucen particularmente problemáticos frente a un eventual Ejecutivo nacional con opiniones divididas en este terreno.

Kicillof se ha cansado de repetirlo: él cree que siempre, siempre, el estímulo a la demanda “poniéndole plata a la gente en el bolsillo” sirve para que aumente el consumo, eso hace que las empresas aumenten su producción, y se llegue así, de un modo virtuoso, socialmente justo, al aumento de las rentabilidades y las inversiones. Si la cosa fuera tan sencilla, siglos de debates económicos se habrían demostrado inútiles, y miles de años de éxitos y fracasos, aprendizajes arduos y costosos con infinita variedad de políticas económicas, se podrían sintetizar en dos renglones.

Como para sostener esa fe alucinada hay que ignorar que la alta inflación, una vez que se vuelve crónica, debilita la eficacia de ese tipo de medidas, y que la desconfianza generalizada de los actores económicos complica aún más las cosas, porque no hay forma de convencerlos de que los resultados van a mejorar en el futuro, quien gobierne con esa idea en mente va a estar muy inclinado a cavarse la fosa. Y más todavía va a estarlo si gobierna del lado de quienes gastan el dinero público, no del de quienes tienen que recaudarlo.

Así que, habiendo sido un bastante mal ministro de Economía, es de temer que el ya no tan joven Kicillof se vuelva un pésimo gobernador bonaerense. Cargo en el que la tentación de gastar más de lo que hay es omnipresente, agobiante. Bien lo puede contar Eduardo Duhalde, que al menos tenía del otro lado del Riachuelo a Menem para, a medias, controlarlo.

Algunos festejan que Cristina se haya inclinado por Kicillof y no por uno de los intendentes peronistas de siempre, ven en eso incluso una apuesta por la transparencia, otra más de sus “autocríticas silenciosas”, porque él podría poner el ojo en algunos de los “negocios non sanctos” de esa cofradía. No es fácil decidirse entre un fanático o un corrupto, hay que considerar cuál de los dos es capaz de hacer más daño. Pero lo seguro es que el daño se incrementa exponencialmente si, más allá de cómo decidamos, entre ellos ya se pusieron de acuerdo.


Marcos Novaro

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