Domingo, 08 Septiembre 2019 00:00

Giro: Macri empieza a hablar de campaña por otros cuatro años - Por Ignacio Zuleta

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Giros. El Gobierno parece comenzar a digerir el palazo con razonamientos más cercanos a la realidad. Vidal reenfoca su campaña en una línea similar a la de Macri: cercanía. Alberto Fernández sigue tanteando sus límites.

 

Los espacios políticos en disputa arrancaron ayer la campaña formal con ánimos cambiados. El escepticismo aún domina en el oficialismo, que sale de a poco de la trampa de leer los resultados con los ojos de su oposición, algo que encierra la palabra “palazo” que repite Macri como si le hubieran dado un palazo, cuando en realidad su público aumentó el apoyo en las urnas si se compara con 2015.

Algún hermeneuta de Olivos decidirá qué expresa eso, porque es insólito que el “incumbent” (así llaman los politólogos al funcionario que arriesga su cargo en una elección) Macri conserve el tercio de los votos después de 4 años de gobierno argentino. Seguramente expresa la sorpresa por el resultado, aunque cuando fueron a buscarlo a Miguel Pichetto para integrar la fórmula le habían mostrado al Gobierno una mega encuesta nacional, miles de casos en consulta directa, que ubicaba a la fórmula oficial con 15 puntos debajo de los candidatos de un peronismo que ya caminaba unificado. Ahora esa percepción parece modificarse. A pocas horas de comenzar la campaña, el presidente habló ante los empresarios de AEA y mencionó por primera vez que presentará en la campaña un plan, para los próximos cuatro años de un eventual segundo mandato. Fue uno de los primeros productos que salieron de la CAP (Comisión de Acción Política), que sesiona los lunes con los principales dirigentes de la coalición. Allí se recogió la necesidad de dejar atrás esa zoncera que le impuso la oposición a Macri de que debe ser más presidente que candidato. Se dan cuenta de que sin candidatura no hay gobernabilidad posible. Confesó a entornistas de ese día que había hablado varias veces con Alberto, pero que lo que acordaban en privado lo defraudaba el candidato en sus declaraciones.

Una señal para la economía

El jueves estuvo en Córdoba, en donde recibió el desaire de la ausencia de Juan Schiaretti. Lo compensó el apoyo de empresarios pyme, que le dieron muestras de que prefieren un nuevo turno de su gobierno que retroceder el reloj. “Esto es Quebec”, comentó uno de los acompañantes en el helicóptero, para marcar la diferencia con el clima político del resto del país. Otro le sugirió que se tomase un café con Roberto Frenkel, que tuvo una aparición alentadora en el programa “A dos voces”. El economista dijo que, si no repetía la presidencia, el sucesor recibiría un país mejor que el que le dejó Cristina. Para Frenkel, en síntesis, un tipo de cambio competitivo, el superávit comercial y las perspectivas de reducción del déficit fiscal abren una oportunidad interesante de la economía: una palmadita justo cuando el Gobierno empieza a sacarse de encima el prejuicio de que le votaron en contra por la economía. Su público lo votó a pesar de la economía. El peronismo acertó con la estrategia de la unidad y también votó por la política, en contra de Macri, incluyendo a su economía. Frenkel es un economista con experiencia y con un prestigio que le reconocen todos, y no es un hombre que regale optimismos.

Misión: convertir la incertidumbre en riesgo, por lo menos

En los cuarteles de campaña prueban la eficacia de otra consigna: “cercanía”. Los campañólogos de María Eugenia Vidal argumentan que en los meses previos a las PASO ella no estuvo cerca de la gente, como si eso pudiera cambiar la suerte de una estrategia equivocada. Ahora prometen más cercanía de ella y también de Macri, que en Córdoba estrenó el formato de ocultar el cerco de custodios, que temen a exabruptos como el “cartelazo” de la Rural. “Me gustaría estar siempre en la calle y menos en el despacho”, dijo en Córdoba. Otra consigna en estudio es dividir los roles de la fórmula. Macri tiene que aferrar al voto propio haciendo movimientos que lo muestren en control de la situación. En esto sí tiene que parecer más presidente que candidato, papel que a veces lo hace ir por los andariveles del baile y los ¡carajo!, que no es lo que mejor le sale.

En medio de una crisis, que es anterior al resultado de las PASO, estar en control es el activo principal de un presidente. En 1995 Carlos Menem fue a una reelección exitosa pese a los primeros efectos del Tequila, que disparó indicadores intolerables —desempleo 18%, por ejemplo—. Fue a la elección frente a José Bordón y Horacio Massaccesi, que no podían ofrecer el formato de quien está en control de la situación, y ganó un nuevo mandato en la primera vuelta. Algo parecido le ocurrió a Cristina de Kirchner, que tuvo una reelección de 54 puntos en 2011, en medio de otra crisis, pero en la que confrontaba con Hermes Binner...

El adversario, además del peronismo, es la incertidumbre, algo que no es medible, como el riesgo. Acá hay miga para el debate sobre uno y otro. Los sabios recomiendan repasar la discusión entre John Maynard Keynes y el matemático Frank Knight; en lenguaje vulgar, Macri tiene que convertir la incertidumbre —que aportaron los números de las PASO, y que es un veneno social inasible— en riesgo, algo medible, cuantificable y que se puede encapsular, para hacerlo jugar en beneficio de unos y en desventaja de los otros. Pichetto, por su lado, tiene que asumir una campaña propia con una ambulancia que recoja peronistas que perdieron las PASO, en donde el Frente de Todos presentó muchas listas.

La campaña, un experimento

Las campañas, cuando el voto es obligatorio, es otro experimento argentino. La que empezó este fin de semana permitirá probar una vez más si las campañas sirven para algo. Hasta ahora parecen inocuas para torcer las tendencias profundas del voto, que parecen inamovibles a través de los años. El resultado del test del 11 de agosto mostró que el arco del no peronismo le sigue siendo fiel al frente de Cambiemos-Juntos por el Cambio. Más todavía, sumó 1.330.247 más votos que los que había tenido en las PASO de 2015 (8.121.689 contra 6.791.342). Los 12.205.398 que sacó el Frente de Todos con la fórmula F&F son 1.150.770 votos menos que la suma de Scioli-Massa de aquel año (13.360.168).

La espesura de los resultados es la base para especular sobre cuánto y cómo afectará el curso de la campaña un apoyo tan férreo de los dos arcos. No es una chicana académica agregar que en esas elecciones no hubo competencia de fuerzas partidarias entre sí. Hubo internas simultáneas para cada frente. El peronismo de este 2019 tuvo el ingenio de superar la división que lo había condenado a una cadena de derrotas desde 2009. No es poco recordar que las corrientes internas de aquellos peronismos de 2005 incluían al peronismo cristinista de Scioli-Zannini, al de Massa-De la Sota (o sea Córdoba, segunda provincia en cantidad de votos) y al de Juan Manuel Urtubey, a través de Gustavo Sáenz.

Alberto y los límites de su libertad

En la oposición hay recuento de filas, para ordenar el espacio bajo alguna autoridad que aplaque diferencias, que amortiguan el viento a favor que siente la fórmula F&F. No hay una autoridad orgánica que modere el librepensamiento que le imprime el propio Alberto a la campaña. Se entiende que no es un dirigente político, es un funcionario que ha sido designado candidato por la jefa de su partido, con el mismo mecanismo con el que una corona otorga un título de nobleza. Es una transición de poder, pero que se lo pueden quitar porque el origen de ese poder es ajeno. De ahí la obligación de Alberto de probar los límites de su libertad. Se entregó a la extravagancia de alojarse en Madrid en una embajada de una potencia extranjera (el Uruguay) acompañado de un excandidato presidencial de otra potencia (el chileno Marco Enríquez-Ominami, a quien en su país llaman, cándidamente, MEO) y jaleado por el partido de la oposición local, Podemos, que organizó una charla en el recinto de las Cortes.

Es como si un candidato de los Estados Unidos visitase la Argentina, se alojase en la embajada de Bélgica y se hiciera acompañar por un excandidato del Perú. Raro, inusual. Decí que en España no hay gobierno (como tampoco en Italia ni, casi, en Gran Bretaña). Esta desintegración global hace que esas cosas no se noten. Si se quieren notar hacia adentro, no se sabe por qué Jorge Argüello, ex embajador en Portugal, no lo acompañó a Alberto en su visita a ese país. O por qué el candidato se compró la interna española entre Felipe González y Zapatero sobre Venezuela, con lo cual terminó del lado de Maduro, en un debate que en la Argentina perdió aire en este turno electoral. No le suma nada a los votos que ya tiene, y se cierra a lograr los que podrían venir del sector moderado.

Radicalismo burgués

Tampoco era Madrid el lugar más oportuno para criticar el acuerdo Mercosur-Unión Europea, que negoció España como propio, porque quiere preservar el rol de puerta de Europa para la región. Menos mal que las cancillerías de Uruguay y la Argentina se comunicaron para, de manera informal, acordar lo que dirían sobre esa visita de Alberto: 1) que es un viaje personal y de descanso; 2) que el alojamiento en la residencia del embajador Francisco Bustillo es por una amistad de años.

Ese entendimiento rioplatense suspende por el momento el curso de una causa en la que está mencionado el ex embajador oriental del Uruguay por un tráfico de coquetos Porsche. No renunció a la inmunidad diplomática y el expediente sigue abierto en la Suprema Corte de Justicia. Este retablo de radicalismo burgués que montó el candidato en Madrid — un hombre de leyes y de derecho jugueteando con el borde del antisistema— es uno de los asuntos a remediar a futuro. Hoy no es importante porque el viento a favor hace parecer gracioso lo que puede ser trágico.

Pero tendrá efectos, como ya lo tiene la creciente gravitación de Massa en el frente opositor. Es otro librepensador obligado a probar los límites de su libertad. Además, es un político que juega en todos los tapetes y no admite límites en sus intereses. Por eso albergó en sus oficinas la negociación por la ley de reperfilamiento de la deuda de largo plazo y su legislación argentina, frente a Rogelio Frigerio, Emilio Monzó y Sebastián García de Luca. Habló como dueño de la pelota en la oposición y argumentó por libre sobre la conveniencia de una ley o un DNU. En política lo orgánico se come a lo inorgánico, y hoy Massa es lo orgánico, dentro de una oposición inorgánica, aunque en curso de superar ese veneno.

Ignacio Zuleta

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