Domingo, 15 Septiembre 2019 00:00

Batallas clave: Alberto, a Mendoza; Lacunza, al Congreso – Por Ignacio Zuleta

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Vidas paralelas. Hernán Lacunza y Alberto Fernández representarán grandes papeles en la semana. Rosca vs. Urna, un debate. Acuerdo sin lugar para los duros. Los caminos del Gobierno. Pichetto busca sumar.

 

Biografías paralelas: Hernán Lacunza irá este lunes a la Cámara de Diputados a formalizar la entrega de un presupuesto-ficción (lo son todos los proyectos de gastos desde hace años). Será en el mismo día que Alberto Fernández dedicará esfuerzos terminales de campaña para romperle el espinazo anímico al Gobierno, en esa elección clave para la climatología política, que es la que ocurrirá el 29 de setiembre en Mendoza. Cada uno, el ministro y el candidato darán pelea en el terreno más ventajoso para sus objetivos. Para uno será mostrar gobernabilidad, para el otro intimidar al oficialismo, al que quiere en retirada. Lo que ocurra ese día en la plaza de Alfredo Cornejo, jefe formal del radicalismo — socio mayor de Juntos por el Cambio— marcará otro round en la pelea simbólica en la que han convertido las elecciones de Mendoza desde el numerazo del 11 de agosto. Si se impone el candidato Rodolfo Suárez, el oficialismo recuperará el ritmo perdido en las PASO, y el peronismo tendrá que reinventar la leyenda de que hay un plano inclinado, que lo lleva a un triunfo en una elección que aún está por ocurrir. Estos gestos de unos y otros están cargados de contenido emblemático, en un país en donde el voto obligatorio hace mucho más compleja la representación política, algo que está en crisis en todo el mundo, y que provoca que sea cada vez más difícil que el sistema político sea el significante claro de los humores colectivos. Como en otras comarcas del universo, en la Argentina los políticos del sistema del voto compulsivo terminan sabiendo qué es lo que representan —ideas, grupos, intereses, organizaciones de superestructura — y no a quiénes representan.

Situación de rosca vs. situación de urna

El sistema criollo de las primarias obligatorias impone un primer turno de exhibición compulsiva de fuerzas —las PASO— en donde no hay competencia entre fuerzas políticas, sino internas simultáneas en cada partido o lema. Es una típica situación de rosca política. Ahí importan las alianzas entre dirigentes de las diversas tribus o familias, que resuelven quién queda validado para competir y quién se queda afuera. Viene después un segundo round —la primera vuelta del 27 de octubre— en la que sí habrá competencia efectiva entre adversarios. Es otra cosa, una situación de urna, en donde se revela la capacidad de representación de los votantes, que deben elegir en una oferta cerrada de candidatos y los partidos. Moverse en ese formato requiere habilidades distintas a las del rosqueo que se facilita en las PASO. Los ensayos de unos y otros en estos días para capturar identificación con colonias de votantes explican los meandros discursivos. Por ejemplo, ¿qué Alberto es el que vale? ¿El que pide que los exaltados desocupen las calles para no irritar a la burguesía porteña, que repudia la imagen de los cortes de calles en cuatro manzanas, o el que dice que Macri es un sinvergüenza? De otro lado, ¿cuál es el Macri que vale? ¿El que dice que le votaron en contra por la economía o el que manda a que sus legisladores hagan un pacto blanco con la oposición, para prorrogar en paz la emergencia alimentaria?

Tanteando los bordes

Los dos candidatos tantean los bordes, en un intento de hacer funcionar los resultados de las PASO —situación de rosca—, en la primera vuelta —situación de urna—. El Gobierno tramita en secreto los términos de su campaña. Ha tenido que superar el conflicto de las interpretaciones. Se pasó 15 días repitiendo los argumentos de la oposición, con tal de probar que está en control de la situación y que la gente no votó en las PASO solo por la economía. El tercio del electorado que respaldó a Macri lo hizo a pesar de la economía. Decir que fue un rechazo de la economía es no leer los números. Tampoco hablar de derrota, cuando no hubo competencia entre partidos, sino internas de cada cual. Empezó a darse cuenta de que sobreactuar la economía a 50 días de una elección, cuando se sabe que las medidas son inocuas en el corto plazo, es como el gitano que te baja el precio en el regateo. Te hace pensar ¿porque me lo rebajás ahora, y no lo hiciste antes, o me estabas afanando? ¿Por qué no tomaste antes esas medidas? Superar la interpretación economicista es lo que explica que el Gobierno entrase en la negociación de la sesión del jueves en Diputados, que aprobó la prórroga de la emergencia duhaldista de 2002 por unanimidad de los votos. Ese gesto reconstruyó el entendimiento objetivo —que le es difícil admitir ante el propio público— con las organizaciones sociales, que tienen terminal vaticana. La aprobación se hizo sin votos en contra, como casi no la tuvieron desde 2016 los otros proyectos con la misma raíz, como la de economía popular de 2016, o la expropiación de tierras de las villas para dárselas a sus ocupantes. El mismo amor, la misma lluvia, el mismo, el mismo loco afán...

Mordaza para los duros del Congreso

Emprender ese camino no fue algo pacífico hacia adentro del Gobierno. El ala Lacunza habilitó el camino, al cuantificar el costo real de la prórroga en no más de $4.000 millones, si se miran los números finos de cuánto estaba ya presupuestado, cuánto se ha erogado y cuál es el compromiso por la norma que tiene que tratar el Senado, también en paz, la semana que viene. Un ala más dura, que representa la Coalición Cívica, quería que el Gobierno monetizase la medida con un DNU y no con una ley. Es lo que mocionaron Elisa Carrió o Fernando Iglesias, pero no lograron convencer al resto de la mesa política del Gobierno. Los dos látigos del oficialismo estuvieron ausentes de la sesión, con buen tino para aplacar estridencias inoportunas, en una sesión en la que la oposición tampoco mostró los dientes. Agustín Rossi fue a votar la emergencia después de admitir que ya existe una norma, y que bastaba con que el Gobierno derivase más partidas para el gasto social. El bloque peronista también retiró a sus elementos de mayor riesgo en un debate como éste, y promovió ausencias como las de Axel Kicillof (que les atizó una conferencia sobre economía a los intendentes de su partido, de 1 hora 40´en la sede de Matheu, los durmió), Wado de Pedro (que prefirió estar en una sesión del Consejo de la Magistratura) o Sergio Massa (que pasó de Tucumán a Mendoza para la campaña en esa provincia). También le puso el bozal a Felipe Solá y a Máximo Kirchner. Todo, con tal de minimizar el acorralamiento por TV que volvieron a hacer las organizaciones al sistema político. No es nuevo; ocurre desde 1996, fecha inicial de las batallas piqueteras de Cutral Có y plaza Huincul. Desde entonces ya nada fue igual.

El Gobierno con tres alas

Ese debate a puertas adentro del Gobierno sobre cómo avanzar en la campaña divide al oficialismo en tres alas. Una, que encarna Macri, insiste en el argumento de que no se pueden resignar banderas reformistas. Insiste en que encabeza una batalla cultural que, como objetivo máximo, o sea utópico, debería obligar al peronismo opositor a cambiar de agenda. Es lo que se traduce cuando afirma que los mercados reaccionan ante la incertidumbre por el programa que enarbola la fórmula F&F, como si fuera posible que dijeran otra cosa. Eso lo pone en el rol del líder que intenta arrastrar a la masa hacia sus convicciones, como si fuera fácil un cambio, que nunca ocurre. Un segundo sector del Gobierno es el que busca pavimentar el camino electoral de raciocinio, para mostrar que el Gobierno puede contener las variables enloquecidas por la incertidumbre. Entienden que sin ese control de la situación no hay campaña posible. Lo representan, entre otros, Marcos Peña, que puso reparos a la mansedumbre del acuerdo legislativo, que permitió la aprobación de la emergencia. “¿No va a parecer que estamos en el toma y daca, emergencia a cambio de que desocupen las calles?”, deslizó en una de las reuniones de estrategia legislativa. Le recordaron que la política es el arte del toma y daca, tomá el vale y dame la pizza. El tercer sector es el tridente que encarnan Carrió, Miguel Pichetto o Mario Negri, que intentan imponer una agenda de campaña más agresiva.

Dividir para unir

Carrió animó la reunión de la mesa política del lunes, con presencia de la fórmula presidencial, los jefes de todos los partidos y los gobernadores del espacio oficial, con consignas de confrontación. Después partió de gira nacional con agenda propia. Es su aporte ante la tibieza de sus compañeros de mesa. ¿Y Durán Barba? preguntan algunos en esas mesas. La respuesta de uno de los presentes desborda ingenio e ironía: “Durán Barba está encerrado en una valija, y sólo hablan con él los que pueden entrar en esa valija”. Estuvo, por lo menos, reunido con Pichetto y le dijo que según él en octubre se puede dar vuelta el resultado. Pichetto, de paso, se enoja ante los compañeros de ruta, a quienes ve resignados a una mirada derrotista. Parecen deprimidos, ironiza, y llama a mirar con realismo los números del 11 de agosto. Desde ese ángulo busca un rol en la campaña, a la que aporta como personero del peronismo republicano. Es comprensible la inquietud, porque el voto de F&F, fruto de la unificación del peronismo, logra ser la suma de todas las tribus de la oposición: que ni piensan ni quieren lo mismo. Representa de manera genuina al peronismo cristinista, pero contiene por lo menos un tercio de otro peronismo, que desde 2009 votó por formas de la disidencia, y le hizo perder elecciones hasta 2017. Si se suma ese tercio de peronistas que el 11 de agosto votaron F&F, y que antes han sido votantes de Massa y otras expresiones del peronismo no kirchnerista, al tercio que respaldó a Juntos por el Cambio, y al 10% de votos que apoyaron en las PASO a Roberto Lavagna, José Luis Espert y Juan José Gómez Centurión, el segmento no cristinista del electorado, no representado por F&F, puede superar el 50 % de los votos. En los números del 11 de agosto aparecen dispersos, y mantenerlos así es la estrategia de la sigla del Frente de Todos, de manera de desbaratar la posibilidad de que el oficialismo recree el exitoso Partido del Ballotage, que no es otra cosa que una representación del voto no pejotista. El objetivo de la estrategia de los Fernández es dinamitar la posibilidad de que la fórmula del oficialismo pueda representar a ese universo y mantenerlos divididos. Una manera es descalificar los intentos del Gobierno de hacer campaña, y forzarlo a Macri a que sea presidente más que candidato. La otra es acentuar el efecto del compromiso de la fórmula con sectores orgánicos como la Iglesia —que en la Argentina mide la pobreza—, las ligas empresarias como la UIA, y los sindicatos. Este compromiso tuvo un punto alto en los festejos de los 50 años de la UIA en Tucumán, que produjo una foto que a Macri le costaría tener.

Ignacio Zuleta

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Fundado el 4 de agosto de 2003

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