Domingo, 15 Septiembre 2019 00:00

¿Por qué Alberto Fernández choca con los piqueteros? - Por Marcos Novaro

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Los manifestantes cercanos a la izquierda ven al kirchnerismo traicionando la "unidad en las calles", mientras que el resto se disputa el acceso a los recursos. El "método Néstor" que piensa reflotar el candidato presidencial.

 

El Frente de Todos no va a ser tan de todos si llega al gobierno. Y como su ascenso al poder es en cámara lenta y en escalones, sumado a que la administración de Mauricio Macri tendió, muy razonablemente, a correrse del foco de los conflictos, cediendo en todo lo que puede para sobrevivir lo mejor posible, se dejan ver desde el vamos los conflictos con que tendrá que lidiar aquel, apenas alcance su meta.

Esta semana tuvimos ya un pantallazo de lo que le espera, y nos espera, en el frente social. Hay dos problemas superpuestos en este terreno, ya desatados. El primero enfrenta a quienes fueron hasta aquí socios en las protestas contra Macri, y empiezan a recorrer caminos divergentes, el trotskismo y el resto de la izquierda dura por un lado y el kirchnerismo por otro. El segundo lo protagonizan sectores peronistas y kirchneristas que se empiezan a sacar los ojos por controlar cargos y recursos.

En cuanto a la relación entre la izquierda y el peronismo, parece que una vez más se va a repetir una vieja historia: el peronismo en general y en particular el kirchnerismo se hicieron hasta aquí eco tanto de las demandas como de los métodos de la izquierda dura, y lograron corroer a un gobierno ajeno, denunciándolo por salvaje y antipopular; y la izquierda se prendió entusiasta en el juego que se le ofreció, creyendo ver en "la unidad en la acción" la oportunidad de seducir a las bases peronistas.

Pero como los réditos electorales y políticos se acumularon de un solo lado de la bifronte conducción de la protesta, la izquierda empezó a advertir, algo tarde, que tal vez estuvo ayudando a legitimar como campeones de las causas más populares, nobles y progresistas, a los viejos peronistas de siempre. De allí su apuro por presionar en las calles y obligarlos a definirse, si están a favor o en contra del pueblo; pasando por alto el hecho de que las urnas ya neutralizaron su desafío, y ellos han sido un instrumento útil de una estrategia ajena, que ya no los necesita. Y con las manos vacías o casi, en un creciente aislamiento, deberán lidiar desde ahora con las denuncias que los identifican como maximalistas, iluminados, "funcionales a la derecha", etcétera.

La historia se repite, pero eso no quiere decir que se aprenda algo de ella. Vuelve a empezar, pero es como si nunca hubiera sucedido. Ahí fue Alberto Fernández a pedir moderación y despejar las calles, en tanto Carlos Caserio, figura en ascenso de los senadores peronistas, usó un apotegma clásico de Perón, que debe haber irritado aún más a la izquierda: como no podía mandarlos "del trabajo a su casa" les pidió que se quedaran en casa tranquilitos y nada más. Y hasta Hebe de Bonafini practicó el "botonaje" acusando a los trotskistas de todo tipo de maldades.

Otro blanco de los sermones disciplinarios de Bonafini fue Juan Grabois, pero en este caso el conflicto tiene ribetes familiares: refleja más un problema doméstico dentro del arco peronista, entre quienes tienen más llegada a los oídos de Alberto y a su lista de futuros funcionarios, y quienes la ven de lejos.

El candidato del Frente de Todos parece tener ya definidos a sus favoritos, entre los cuales destaca Emilio Pérsico, del Movimiento Evita, que no es sorpresa por lo tanto se haya mantenido entre ausente y distante durante las últimas movilizaciones. Otras organizaciones que tienen "llegada" son "los cayetanos", entre las cuales está, además de Barrios de Pie y la CCC, la CTEP, donde milita Grabois. Pero los interlocutores privilegiados allí son los adversarios de Grabois.

Estos conflictos no son nuevos. Y podría esperarse que el peronismo logre resolverlos, porque en otras ocasiones ya lo hizo. Igual que con los sindicatos, los políticos del PJ están entrenados en el oficio de dividir y disciplinar a los llamados "movimientos sociales". Lo que rara vez logran los no peronistas, o cuando lo hacen les sale mucho más caro y con arreglos muy de corto plazo.

Alberto aprendió con Néstor Kirchner ese oficio. Así que puede que haga honor al optimismo de algunos economistas ortodoxos como Guillermo Calvo, quien no por nada acaba de festejar anticipadamente el regreso del peronismo al poder por su “reconocida capacidad para gestionar el ajuste”, y de algunos grandes empresarios como Miguel Acevedo, presidente de la UIA que integró la foto de familia de la coalición peronista en formación.

Aunque Alberto enfrentará, en este terreno igual que en otros, dos inconvenientes para que su destreza se luzca. Primero, no va a tener muchos recursos que ofrecer, y si no actúa rápido en relación a la deuda y los mercados cambiarios y financieros, y no desmiente en esos asuntos la confusión que ha generado su discurso de campaña, puede que tenga aún menos que Macri. Segundo, la reunificación peronista está apenas esbozada, completarla requerirá un sostenido esfuerzo y sortear grandes riesgos, entre los cuales destaca el de dejar muchos heridos por el camino. Si es por estos problemas y sus posibles combinaciones, podría concluirse que ninguno de sus predecesores en el liderazgo peronista, tal vez con la excepción de Eduardo Duhalde, la tuvo tan difícil.

Marcos Novaro

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