Jueves, 26 Septiembre 2019 00:00

La historia vista por Durán Barba y Horacio González - Por Ricardo Roa

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Uno después de polarizar quiere acordar. Y el otro quiere polarizar con la guerrilla. Durán Barba y González pueden unirse como pensadores de la grieta. Aunque hay distancia.

 

Aunque se parece y a veces mucho, una cosa es darse cuenta con sinceridad del error y otra muy distinta es explicar o tratar de explicar por qué el error de ahora no lo era antes. Para decirlo más simple: por qué ahora es error y antes acierto.

Tan es esto de la política que a un buen político se lo define por su capacidad de saber anticipar qué pasará y también por convencer después por qué lo que iba a pasar no pasó.

Durán Barba propuso el domingo en Perfil que “el país está en un momento crítico y es necesario superar las pequeñeces personales para lograr acuerdos que incluyan a todos”. Durán no es un librepensador. Tampoco es un opinador independiente. Es uno de los principales asesores de Macri. Esa “inclusión de todos”, que sólo sería posible en un acuerdo sobre lo que no podría haber desacuerdo, es lo opuesto a la teoría de cuanta más polarización mejor, que con Peña y un fanático entusiasmo antes aconsejaban a Cambiemos. Perder ayuda a cambiar.

Otros siguen anclados en cosas que ocurrieron hace 40 años y de la peor manera. Horacio González, que dirigió la Biblioteca Nacional y al grupo de intelectuales kirchneristas de Carta Abierta, acaba de proponer una reivindicación de la guerrilla de los 70, con el lenguaje enrevesado de siempre. Dice que hay que valorizarla positivamente.

¿Qué significa ahora, en el medio de este paréntesis entre las PASO y las elecciones, esa lectura de la lucha armada como una epopeya de jóvenes idealistas que deben ser exaltados contra los militares genocidas? En algún punto, borrar la memoria mientras se sostiene que se la recupera y bloquear toda posibilidad de discutir el presente.

Lo planteó hace mucho y con mucha lucidez el filósofo Oscar del Barco, que fue compañero de ruta de los grupos armados y que durante la dictadura se exilió como González en México. En un desgarrador mea culpa, Del Barco dijo que quienes como él habían apoyado a la guerrilla eran responsables por las muertes que causó.

“Todos los que de alguna manera simpatizamos o participamos directa o indirectamente en Montoneros, el ERP, las FAR o en cualquier otra organización armada, somos responsables de sus acciones... Y mientras no asumamos la responsabilidad de reconocer el crimen, el crimen sigue vigente”.

Del Barco condenó especialmente el fusilamiento de Adolfo Rotblat y Bernardo Groswald, que pertenecían al Ejército Guerrillero del Pueblo (EGP) que se había desplegado en Salta y contaba con el apoyo del Che Guevara, y que fueron condenados a muerte y ejecutados por sus propios compañeros cuando quisieron desertar. La historia es el pasado como fue. Los hechos al fin.

Dice Del Barco: “La dictadura llevó el terrorismo de Estado a un límite insuperable de monstruosidad... Dicho esto, hay que reconocer que en un punto la guerrilla actuó de manera semejante...”. Otro intelectual de izquierda y guerrillero, Héctor Leis, militante comunista y luego montonero y amnistiado en el 73, también se opuso con coraje a que se reescribiera la tragedia de su generación en términos épicos.

Dijo: “No puedo arrepentirme por lo que hice porque lo hice queriendo y empujado por el espíritu de la época. Pero sí pido perdón por el sufrimiento causado por mis acciones”. Pidió perdón con sinceridad y su mensaje, poco correspondido aún, sigue siendo que cada uno diga con verdad lo que vio y vivió.

Ricardo Roa

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