Domingo, 20 Octubre 2019 00:00

Nadie es inocente en la crisis argentina - Por Joaquín Morales Solá

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La nueva política descubrió tarde que los recursos electorales de hace 36 años son los mejores. Raúl Alfonsín los inauguró en 1983. El contacto directo del líder con sus seguidores. La necesaria divulgación de principios morales y republicanos en actos con miles de asistentes.

Esa revelación tuvo ayer su momento apoteótico cuando una inmensa multitud rodeó a Mauricio Macri en el Obelisco. Más de un tercio de la sociedad es antiperonista o antikirchnerista; ese porcentaje significativo está preocupado por (o teme) el regreso de la persecución y de métodos autoritarios. El mérito de Macri es haber cambiado el clima político que lo precedió. Los actos como el de ayer son una advertencia para un eventual futuro gobierno de Alberto Fernández.

¿La mayoría social votará dentro de una semana por esos principios o por la economía? Pregunta sin respuesta. La crisis económica es larga y grave. Su solución es difícil.

Veamos por qué. La economía argentina está estancada desde fines de 2011. En los años pares (2014, 2016 y 2018) el problema se agravó: hubo recesión. La recesión que se inició en 2018 aún continúa. La permanente desaceleración económica condenó a Cristina Kirchner a la derrota electoral en 2013 y en 2015.

La misma economía emboscó a Mauricio Macri el pasado 11 de agosto, cuando triunfaron ampliamente sus opositores Alberto Fernández y Cristina Kirchner. La inflación argentina es alta desde 2007, ya sea de manera explícita, como ahora, o escondida, durante el gobierno de los Kirchner. Nunca fue, de todos modos, tan alta como en los últimos años de Macri por el sinceramiento del precio de los servicios públicos, que en épocas del cristinismo eran casi totalmente subsidiados por el Estado. Desde la gran crisis de 2001 y 2002, un tercio de los argentinos viven por debajo de la línea de pobreza. Hay en esa enorme proporción una tragedia humana y un riesgo político permanente. La desesperación busca (y suele encontrar) artificiales atajos políticos. La economía irresuelta ya terminó con el gobierno de los Kirchner y amenaza seriamente hacer lo mismo con el de Macri.

La deuda del gobierno federal es de US$337.000 millones. No vale la pena meterse en la polémica por el porcentaje de la deuda sobre el PBI. Este se mide en dólares y la deuda está, en su mayor parte, en la misma moneda, porque el mercado financiero local es casi inexistente. El porcentaje depende, entonces, del tipo de cambio. Cuando el dólar está subvaluado, el porcentaje sobre el PBI se achica. Fuertes devaluaciones, como las de los últimos tiempos, lo elevan exponencialmente. En 2015, la deuda era de US$240.000 millones, producto de la reestructuración de la que cayó en default en 2001 y de los préstamos de Venezuela (bonos que Hugo Chávez vendió en el acto a los mercados financieros internacionales) y de China. Macri la incrementó en cerca de 100.000 millones para pagar a los holdouts, los bonistas que continuaban en default (US$15.485 millones), los servicios de la deuda y, sobre todo, para financiar el déficit fiscal que heredó. Macri no pudo hacer lo imposible en materia de ajuste de las cuentas públicas, por la debilidad parlamentaria que lo acosó siempre, pero tampoco hizo lo posible, sobre todo en los primeros tiempos, porque su gobierno accedía fácilmente al crédito. El crédito es fácil hasta que es difícil. O imposible. Esto último sucedió en el segundo trimestre de 2018. El único prestamista que le queda a la Argentina es el FMI, sobre todo luego de que el propio Macri se viera obligado a reestructurar la deuda de corto plazo (el famoso reperfilamiento). Un país que declaró un monumental y alegre default hace menos de 20 años, y que ahora reestructura otra vez su deuda, estará fuera de los mercados financieros internacionales durante un buen tiempo.

El próximo gobierno deberá moverse en el estrecho corredor que existe entre dos alternativas sombrías: un default desordenado y la hiperinflación. Macri deberá cambiar políticas y equipo si le tocara gobernar otro período. Alberto Fernández, el más probable próximo presidente, tiene muchas expectativas puestas en un acuerdo con los sectores sindicales y empresarios (industria y campo) para frenar la escalada de precios. Según él, se trata de un plan para seis meses. "Para parar la pelota y ver qué partido jugamos luego", suele decir. Hace bien en aclararlo. Los gobiernos argentinos suelen enamorarse de soluciones coyunturales y las convierten en definitivas. Hasta que estallan. Pasó con el plan de Gelbard en los 70 y con la convertibilidad de Cavallo en los 90.

Eran soluciones para un tiempo, no para siempre. También deberá cuidarse de no emitir pesos descontroladamente; la hiperinflación estaría a la vuelta de la esquina. Fernández suele decir muchas cosas, pero nunca abunda en promesas. Cuando dramatiza que la economía está "defaulteada" hace una advertencia implícita de que reconoce el tamaño de la crisis. Casi toda su carrera en la administración pública la hizo en el Ministerio de Economía (desde Juan Sourrouille hasta Roque Fernández). En síntesis, no es un neófito en esa materia, aunque tampoco es un economista. Vio de cerca la gloria y la caída de casi todos los presidentes de la democracia. Es improbable que crea que un triunfo electoral es un premio definitivo, que le da derecho a hacer cualquier cosa. De hecho, acostumbra a repetir a sus íntimos una frase realista: "El poder que se obtiene se puede perder fácilmente".

La economía se resolverá también en el frente externo. En el FMI seguirá influyendo más el gobierno de Washington que la nueva directora general, la búlgara Kristalina Georgieva, una mujer que no tiene un gran país detrás de ella, al revés de lo que sucedía con Christine Lagarde, que tenía a Francia y su influencia en Europa. Los políticos locales no pueden confiar en el destino improbable del impeachment iniciado contra Trump. Deben prever que Trump estará en la Casa Blanca hasta, por lo menos, enero de 2021. El gran conflicto latinoamericano de Trump es Venezuela. Macri acaba de tensar esa cuerda al reconocer como embajadora oficial a la representante de Juan Guaidó y expulsar a los diplomáticos de Nicolás Maduro. Alberto Fernández prefiere alinearse con las posiciones de México y Uruguay, que proponen una vía diplomática para resolver el drama político, económico y humanitario de Venezuela.

La Argentina de Macri integra el Grupo de Lima, constituido por una docena de países latinoamericanos, que se formó para resolver la crisis venezolana. La mayoría de esos países tienen posiciones muy duras contra el régimen de Maduro y disienten de las de México y Uruguay. Una versión indicó que Alberto Fernández estaba decidido a abandonar el Grupo de Lima. En una reciente visita a Washington, Sergio Massa habló con funcionarios del Departamento de Estado, que le enviaron al candidato peronista un mensaje preciso que contiene dos pedidos. Uno: no es conveniente que la Argentina abandone el Grupo de Lima. El otro: Alberto Fernández debería llevar a ese ámbito sus posiciones cercanas a México y Uruguay. Fernández no sacará al país del Grupo de Lima, aseguró en las últimas horas. El mensaje que le trajo Massa le llegó y lo aceptó en el acto.

Todas las soluciones son difíciles para la crisis de Venezuela. La invasión armada, de la que Trump se acerca y aleja sucesivamente, tiene dos problemas. Si tropas norteamericanas pisaran territorio venezolano, es fácilmente previsible que un incendio de protestas ardería desde México hasta Tierra del Fuego. El otro es que Maduro cuenta con una poderosa Fuerza Aérea, equipada con modernos misiles provistos por Rusia e Irán. Colombia, el país vecino que concentraría a las tropas que invadirían Venezuela, podría ser afectada seriamente en pocos minutos a pesar de que su Ejército es mucho más numeroso y mejor entrenado. Insistir en la protesta de los venezolanos es continuar con las muertes injustas. El camino es el del diálogo con un gobierno que usó el diálogo para ganar tiempo y eternizarse en el poder. El diálogo y una fuerte presión diplomática de América Latina -sin fisuras-, de Washington y de Europa parece ser el estrecho sendero hacia una solución siempre incierta. Lo único verdadero es que Alberto Fernández no podrá escapar del infierno venezolano.

Joaquín Morales Solá

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