Miércoles, 30 Octubre 2019 00:00

Dos fotos y dos mundos (¿ya?) en pugna en el Frente de Todos - Por Marcos Novaro

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Las imágenes pesan y mucho en la política peronista. Y el peronismo de nuevo triunfante, y supuestamente unido, nos ofreció ya dos imágenes muy distintas y hasta contrapuestas en las horas posteriores al triunfo.

 

Alberto Fernández, entre otros muchos desafíos, va a tener el de consolidar la unidad de un mundo peronista que nunca se hubiera reunido para estas elecciones de no ser por la demoledora crisis económica que se desató el año pasado sobre las espaldas de Mauricio Macri. Pero no tiene acordados muchos otros motivos para estar unido más que el de “volver”, y hacerse del poder del Estado nacional.

Que esa tarea no va a ser fácil quedó a la luz apenas horas después de cerrados los comicios. Cristina Kirchner, según se rumorea, no dejó subir al escenario de la victoria a ningún gobernador de los varios que habían viajado especialmente a Buenos Aires a compartir la fiesta con Alberto Fernández, entendiendo que compartían con él y con la expresidente la propiedad de los votos que la habían hecho posible. Tampoco subieron albertistas que lo acompañaron en la campaña. Solo lo dejaron subir a Sergio Massa, que puso cara de velorio.

Hubo sí muchos camporistas y un rol estelar para Axel Kicillof, que Cristina festejó porque siempre fue su idea convertirlo en heredero. Alberto Fernández tuvo que mimetizarse al ambiente que le habían armado: igual que Axel habló de las “cenizas” que recibiría de Macri como legado, ni siquiera mencionó que éste lo había llamado para felicitarlo, aunque sí agradeció el llamado de Lavagna, e igual que Cristina dijo que su objetivo para ir al día siguiente a la Casa Rosada sería evitar que la gente siga sufriendo, en manos del actual presidente, claro.

Algo por completo distinto se vio día y medio después en Tucumán, con la excusa de la reasunción de Manzur como gobernador. La foto de familia que se armó en la ocasión es todo un mensaje a la expresidenta y sus acólitos: están además del anfitrión y Alberto Fernández, casi todos los gobernadores, incluido un ex bonaerense, Daniel Scioli, varios intendentes del conurbano pertenecientes al peronismo histórico, y buena parte de la cúpula sindical, incluso un otrora kirchnerista entusiasta como Víctor Santa María, que parece casi tan incómodo como había estado el domingo a la noche Massa (que también está, y ahora muy feliz).

Casi todos hombres, muchos entrados en años, ni un solo joven. No solo es otra facción del peronismo muy distinta a la que rodea a Cristina. Es otro mundo. El presidente electo aprovechó para ser mucho más medido y contemplativo en sus palabras de lo que había sido en su discurso del domingo. No habló del legado de Macri sino de lo complicado que va a ser gobernar la Argentina, y repitió su idea de compartir esa responsabilidad con los gobernadores.

Que los dos bloques principales que componen el Frente de Todos se diferencien y se midan de esta manera tan abierta anticipa los problemas que enfrentará Alberto en la presidencia. Difíciles de resolver ante todo por la falta de recursos, pero también por la distancia entre los intereses y preferencias y el relativo equilibrio de poder entre las facciones.

El kirchnerismo controlará las principales bancadas en el Senado y Diputados, y la provincia de Buenos Aires, que como se sabe es además de la fuente del poder electoral de Cristina, la principal boca que alimentar para el presupuesto público. El peronismo a secas domina en la mayor parte de las provincias, los sindicatos del sector privado y muchas intendencias bonaerenses.

¿Desmiente esto la idea de que Cristina lo va a dejar hacer en la toma de decisiones de gobierno? Puede que en algunos asuntos esa promesa se cumpla y hasta en exceso: en los temas económicos no parece que la expresidenta tenga mayor interés en intervenir, pues sabe que no hay nada bueno que anunciar en la materia, y al respecto Alberto incluso va a extrañar su presencia, porque le vendría bien compartir la carga; mientras que en temas donde se juegue más la identidad que el presupuesto, como la política exterior, la Justicia y la política social, el escenario va a ser el opuesto, seguramente Cristina y su gente pretenderán imponerse, y si no pueden, fiscalizar y poner límites al pragmatismo albertista.

El problema de Alberto es que, igual que le sucede con los acreedores externos, ninguna de estas facciones le va a dar tiempo para tomarse las cosas con calma.

Las fotos de estos días y los problemas previsibles de la gestión ¿pueden terminar en un divorcio? La competitividad que demostró Juntos por el Cambio tal vez sea un freno al respecto. El peronismo se anotició de que si las peleas intestinas complican seriamente la gestión, hay una oposición que rápidamente va a recoger los beneficios. También para ellos rige la regla de que romper la unidad es una opción sin ganadores.

Marcos Novaro

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