Domingo, 02 Febrero 2020 00:00

Ley Guzmán, el acuerdo más grande jamás soñado - Por Ignacio Zuleta

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El reino de la política. La ley de renegociación de la deuda en dólares era necesaria desde lo político, no desde lo técnico. Ofensiva de Alberto, que obtuvo un triunfo histórico en el Congreso. Cambiemos se llevó lo suyo.

 

La política produjo esta semana uno de los hechos más importantes en los últimos años que, si prospera, puede producir efectos progresivos para salir de la crisis. El Gobierno pactó con la oposición una ley de contenido simbólico, de respaldo a la negociación de la deuda externa, que no tiene precedentes. La ley de sustentabilidad de la deuda no era necesaria en lo técnico, pero sí imprescindible en lo político.

Tampoco era necesario en 2016 que el Congreso aprobase la ley de acuerdo con los holdouts, que el gobierno de Macri hubiera podido emprender por las suyas. Logró el apoyo de un sector del peronismo, el que lideraba Miguel Pichetto en el Senado, pero no del peronismo cristinista. Esta vez el gobierno de Alberto Fernández superó esa marca. El proyecto tuvo el apoyo casi unánime de los diputados de la oposición: 224 a 2 —de la izquierda— y una abstención. En este resultado importa más el rumbo político que la efectividad de la norma.

El formato le da más fuerza al acontecimiento, porque si la oposición le hubiera quitado el respaldo a la norma, el simbolismo negativo hubiera demolido el programa de renegociación. La novedad es fruto de dos hechos de unidad: la del peronismo, que le permitió ganar las elecciones y la unidad de la oposición de Cambiemos, la otra novedad de la transición. Jugaron juntos cuando pudo haber estallado por los aires en estos 50 días del nuevo gobierno.

Larreta, uno de los ganadores de la pulseada

El mérito es compartido en las dos partes. El Gobierno entendió que el resultado de las urnas del 27 de octubre no se traslada al Congreso. Ganó por 8 puntos la presidencial, pero el debate de la ley de emergencia no pudo arrancar, en diciembre pasado, sin el apoyo de un sector de la oposición. El Frente de Todos sumaba apenas 124 votos y necesitaba 129 para comenzar. Y eso que en la previa al debate ya había bajado la mitad del contenido de la norma, que buscaba concederle al Ejecutivo atribuciones para hacer una reforma del Estado que la oposición consideró era más ambiciosa que la de Menem-Dromi.

Esta vez, el proyecto de sustentabilidad de la deuda conseguía sólo 111 votos del Frente de Todos, más lejos de los 129. Logró el concurso de la oposición, hasta llegar a los 224 con el acuerdo con los gobernadores y los jefes parlamentarios de Cambiemos, para crear un sistema de seguimiento de las deudas provinciales.

La oposición —obligada también por la necesidad— negoció un pacto para proteger las rentas de los gobernadores de Cambiemos, especialmente las de Horacio Rodríguez Larreta, amenazado por la guillotina de Martín Guzmán, que quiere sacarle una porción de su presupuesto por decreto. En todas las reuniones, la oposición reclamó que las diferencias con la CABA fueran “dialogadas y consensuadas”. Esto convierte a Larreta en uno de los ganadores de la pulseada. Ahora falta que le paguen la changa.

La peregrinación al Congreso del jefe de Gabinete, clave del acuerdo

Hubo gestos que acuñan la importancia de este acuerdo. El más estridente, la peregrinación al Congreso del jefe de gabinete Santiago Cafiero y del ministro del Interior Wado de Pedro, para parlamentar en la tarde-noche del martes pasado, con los gobernadores y los jefes legislativos de Juntos por el Cambio. En esa reunión, De Pedro les trasmitió el pedido de Guzmán de que no se incluyese la situación de las provincias con deudas en pesos intra-estado, en un proyecto que tenía por objeto darle una herramienta eficaz y clara para reperfilar deudas en dólares.

La mesa opositora logró, a cambio, la resolución para crear el sistema de seguimiento de las deudas de las administraciones de Cambiemos. Fue un extraño retablo en las oficinas de Sergio Massa en el Congreso en donde se mezclaron la reticencia discursiva del jefe de Gabinete —lo que diga es un compromiso, por eso habla poco— el hablar pausado de Wado, la casi mudez del cauteloso Máximo Kirchner —si profiere algo, compromete a la familia—, la locuacidad imparable de Sergio Massa —más temible cuando sonríe—, la vehemencia de Mario Negri y de Gerardo Morales y el silencio de Larreta, que quiere una solución de su pelea con la Nación que evite la refriegas de superficie.

Negri sacó papel y birome y corrigió el borrador de la resolución paralela al proyecto. Silvina Batakis, amanuense eficaz, abrió la laptop y, a cuatro manos, quedó redactada la resolución, que permitió esta novedad histórica de una votación pactada, con mayoría abrumadora de votos y que abre una nueva etapa en el debate político. No fue fácil. Esa visita respondió a la oferta de la mesa de Cambiemos de ir a la Casa Rosada y negociar directamente con el presidente, y de sumarse a la delegación negociadora de Guzmán en el extranjero. “Se va a ver como un gesto de debilidad”, retrucó Alberto. Mejor vayan ustedes para allá, lo instruyó a Cafiero. Si los recibimos acá y se llevan lo que piden van a aparecer como los únicos ganadores, remató el presidente).

Como Bauzá, 25 años después

Esta novedad tiene un antecedente, que queda registrado porque también tuvo como centro del debate a la Capital, y motivó la otra peregrinación, hace un cuarto de siglo, de un jefe de Gabinete a la casa de las leyes. En 1995 vencía la vigencia del impuesto a las ganancias. Gobernaba Menem con Cavallo de ministro de Economía, y la renovación periódica de ese tributo, que se verificaba desde su origen en 1933, tenía una condición nueva, por la nueva Constitución en 1994. Como era un tributo con asignación específica —un porcentaje iba a alimentar el presupuesto de las jubilaciones— esa renovación hacía necesaria la mitad más uno de los legisladores.

El peronismo no tenía ese número y necesitaba que la oposición le diese apoyo. El presidente de la Comisión de Presupuesto era Jesús Rodríguez, que tramitó un pacto en diálogo con Federico Storani, jefe de la bancada, con Fernando de la Rúa, senador por la Capital, y Rodolfo Terragno, presidente del Comité Nacional. Condicionaron el apoyo a que el gobierno llamase a elecciones para la jefatura del gobierno de la Ciudad. Era para que se cumpliera la cláusula de la nueva constitución, pero que Carlos Menem había dicho que no ocurriría durante su mandato.

El interlocutor fue Eduardo Bauzá, que peregrinó al Congreso a cerrar ese compromiso ante la oposición. Un gesto que 25 años después han repetido Santiago Cafiero y Eduardo de Pedro. Menem llamó a la elección para la Capital, que ganó De la Rúa el 30 de junio de 1996. Fue otro giro histórico, porque esa elección del gobierno porteño por el voto popular transformó el panorama político argentino. Junto a otra creación de la nueva constitución —el ballotage— produjo el triunfo de De la Rúa en 1999 y de Macri en 2015.

En dos oportunidades en 20 años, un jefe de Gobierno no peronista de la CABA, con un candidato a vice del mismo distrito, le ganó la elección a presidente a un candidato del peronismo que: 1) venía gobernando el país por más de una década; 2) en la persona del gobernador de Buenos Aires; 3) que además venía de ser vicepresidente. Fueron De la Rúa vs. Duhalde y Macri vs. Scioli.

El Gobierno busca remediar tres crisis: liderazgo, programa y dominio territorial

La necesidad del acuerdo movió otros hilos de esta trama, exigida por necesidades mutuas. El Gobierno tiene una crisis de liderazgo por más esfuerzos que hagan los protagonistas para esconder el juego. Alberto sobreactúa su independencia del Instituto Patria; Cristina sobreactúa su silencio y su desentendimiento del Gobierno.

El público —los mercados, los mirones, los analistas— no les creen, y sostienen el relato del gobierno bifronte. Tiene también una crisis de programa, porque conviven los gestos acuerdistas de Alberto con los ademanes rupturistas de Axel Kicillof, frente a los acreedores que no saben a quién creerle, cuando los dos tienen cargos que han sido concedidos por la actual vicepresidente. Y más si el diálogo sobre renegociaciones se hace sin que haya, no ya un programa económico con cálculo: no hay ni presupuesto de gastos y recursos para este año.

Las necesidades en el Congreso nacen, además, del tercer pilar en donde el Gobierno tiene un problema: Alberto ganó las elecciones en octubre pasado, pero perdió la presidencia en cinco de las siete provincias más pobladas del país.

Hasta entonces Cambiemos ganaba en seis de ellas, salvo Tucumán. Ahora recuperó Buenos Aires. También Cambiemos tiene crisis de liderazgo, porque se trata de una mesa cooperativa, en la que sientan jefes reales y jefes formales. Están los líderes partidarios, pero no están ni Macri ni Carrió, sino sus delegados. Como no gobierna, nadie le mira el programa, que por ahora es uno solo: la unidad. En lo territorial han perdido el distrito clave de Buenos Aires y es su drama sin solución.

Ahora tiene que aplacar la ira opositora por una movida de Massa

No todo es pacífico en este final provisorio que, como todas las construcciones políticas, felizmente nunca son eternas. El final de la sesión dejó un gusto amargo. El intento de los bloques massistas (Bucca, Ramón) de sumar a las provincias peronistas al acuerdo entre el Gobierno y Cambiemos, le pareció a esta parte que podía ser una maniobra que quebraba el compromiso.

Por ahora, y para resguardar el valor de lo obtenido, prefieren creer que fue una movida personal de Massa, para ofrecerles a los suyos un triunfo de su propia cosecha, como licuar a Cambiemos en el conjunto de todas las provincias. No salió, pero los radicales le cortaron los teléfonos al oficialismo, y se dicen ofendidos por ese desliz.

Máximo Kirchner, valedor del pacto, se desconcertó cuando lo vio a Negri indignado al final de la sesión. Más cuando habían convenido que los cierres de los dos jefes de bloque fueran mansos. Pensó que sus críticas a Macri en su intervención del final habían enojado a sus adversarios. Él, que tiene rango real en la corte cristinista, debió apelar a los servicios de Cristina Álvarez Rodríguez para que lo atendiese otro opositor, Álvaro González. Parlamentó con él cerca de la medianoche del jueves, durante casi 45 minutos y explicó que él no tenía nada que ver con ese presunto incumplimiento del acuerdo.

A esa misma hora, Santiago Cafiero cenaba en Olivos con Alberto, para achicar otra diferencia. El jefe de Gabinete había tuiteado con críticas a la herencia recibida. Quizás recordó la experiencia de su abuelo Antonio, que hizo acuerdos con Alfonsín a finales de los años 80 que perjudicaron su futuro político. Alberto, en cambio, les agradeció a los bloques esta votación abrumadora en favor de la ley Guzmán. Él sabe de alfonsinismos, y entiende también lo que vale para él y para el país lo que ha logrado.

Ignacio Zuleta

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Fundado el 4 de agosto de 2003

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