Domingo, 09 Febrero 2020 00:00

Lo que falta del pacto por la ley Guzmán - Por Ignacio Zuleta

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Sin señas. Esta semana el ministro de Economía irá al Senado para festejar la unanimidad de los votos para su ley. La oposición, por su parte, espera su parte en el acuerdo. Los caminos de Alberto para generar poder propios.

 

El esfuerzo de Alberto para acumular poder desde un cargo al que llega desapoderado tendrá esta semana dos pruebas de fuerza. Las dos el mismo día, el miércoles 12. Ese día Martín Guzmán va al Salón de las Provincias, un recinto del Congreso que comparten diputados y senadores, a explicar lo que puede sobre la renegociación de la deuda. Más allá de lo que agregue a lo que se sabe - quita o no del capital, o hablemos de mover plazos y tasas- la idea es cantar las glorias al acuerdo en torno a la ley de sustentabilidad que el Senado sancionó por la unanimidad de los votos.

Una prueba de que es posible un camino de acuerdo, en el tema más importante que tiene la Argentina en la agenda. Participará el ministro en la creación del pacto de Santiago Cafiero y la oposición de Cambiemos, en aquella visita que precedió a la sanción, también masiva, en Diputados. Se trata de la Mesa de Trabajo, que fuera creada por resolución de dicha Cámara a fin de atender la sustentabilidad de la deuda, que las provincias y la CABA mantienen con el sector público nacional. Estarán los jefes de los bloques -Mario Negri, Máximo Kirchner, Maxi Ferraro, Cristian Ritondo-, también Sergio Massa, y ahora se suman los senadores de Cambiemos y el peronismo, Luis Naidenhoff y José Mayans. Esto fue fruto de un segundo acuerdo, más discreto y sin fotos, que ocurrió en el Senado antes de la sesión del miércoles.

El peronismo de la rabia no se entera de que ya son gobierno

Esta visita es clave, porque el acuerdo político que permitió la Ley Guzmán implicó cesiones mutuas que las partes tienen que cumplir. En Diputados ocurrió en el trámite de una norma que retiró el intento oficial de una reforma del Estado, y creó esa Mesa de Trabajo. En el Senado faltan constancias. Por ejemplo, que se arbitre dentro del peronismo qué sector será el que negociará con la nueva oposición.

En la sesión del miércoles confrontaron no sólo peronismo y oposición. Dentro del oficialismo se diferenciaron un ala moderada y dispuesta a negociar, sin divorcio de la oposición, que encarnaron Carlos Caserio o el propio Mayans, dos personajes que pertenecieron al bloque de Miguel Pichetto. El mismo que cogobernó con Macri durante los tres primeros años de su gobierno. Enfrente, se alzó un sub-bloque que no parece asumir que ahora son el oficialismo, y que la deuda que se discute fue contraída en su mayoría por gobiernos peronistas. Lo representaron Oscar Parrilli y Anabel Fernández Sagasti, escuderos de Cristina.

La oposición pregunta con quién hay que hablar

La suerte de esta convivencia que fructificó en el pacto tiene que ver con el intento de acumulación de fuerza y, si puede, de poder, por parte de Alberto, y que tiene que verificarse hacia adentro de su fuerza. Si lo consolida allí, empezarán a reconocérselo afuera. La oposición mantiene su coalición firme en estas primeras votaciones del Congreso, y puede facilitar o entorpecer el quórum y las votaciones. Esta vez demostró que tiene interés en convivir.

El Gobierno la necesita para mostrarle al público del universo mundo que está en control de la situación y del futuro político. Eso que no logró Macri en los dos últimos años de su gobierno. Vienen pruebas de su poder para negociar. Una es la designación del procurador general Daniel Rafecas. No tiene los 2/3 de los votos y tiene que encontrar un terreno para pactar algo.

Pero la oposición, que hace jugar la llave del tercio de votos, que impide la designación, no ha recibido ninguna oferta de conversación. Más aún, cuando quiere hablar de eso no sabe con quién hacerlo, porque el ala Cristina no responde, y el ala moderada no tiene llegada a las instancias de decisión.

La incertidumbre tiene otro capítulo: la pelea de la Nación por la coparticipación con la CABA. La oposición se quedó toda la semana esperando que apareciera el ala viajera del Gobierno -Alberto, Cristina- para saber si hay posibilidades de acuerdo, o van a la guerra total. La llave la tiene Sergio Massa, que se comprometió a sentar en una misma mesa a oficialistas y opositores. ¿Le querrán dar Olivos y el Patria ese rol de restaurador de los acuerdos?

Supermiércoles también en Brasil

El mismo miércoles 12 Felipe Solá hará una visita estratégica a Brasil, adonde le hizo una previa Daniel Scioli en un viaje a San Pablo. El encuentro con los ministros de Jair Bolsonaro sigue a las reuniones de Alberto en Europa con presidentes, todos interesados en la suerte del acuerdo UE-Mercosur. A Scioli ya le dijeron que ese acuerdo no tiene vuelta atrás. En sus visitas a Macron y Merkel, Alberto tomó nota de lo mismo.

Como se trata de un compromiso en un futuro lejano, importan las señales y los rumbos. Ahora el país tiene que encontrar un lugar para quedar adentro del acuerdo, sin entregar nada en el corto plazo. La bandera nacionalista y antiglobal gusta en el peronismo, y quien se anime a bajarla entrará en un espacio de dolor.

Esto justifica las palabras de Jorge Argüello ante Trump: “Estamos haciendo un esfuerzo para tener el mismo resultado que se observa en Estados Unidos sobre el crecimiento de la economía y los niveles de alto empleo”. Cuando éramos chicos se hubiera dicho que es el estatuto del vasallaje (Manuel Ugarte). Hoy significa menos, en un mundo avasallado, en el que el embajador de Cuba se sienta en el gabinete de Maduro, y a nadie se le corre el rimmel ante ese ejemplo de imperialismo caribeño. Es lo que hay. Resta no quedarse afuera.

El acuerdo se dispara con dos condiciones: 1) que lo apruebe el Parlamento europeo; 2) que un país del Mercosur formalice el comienzo de la negociación de la letra chica. Ese país será Brasil. Para Solá, que es un canciller ideal para este tiempo, porque la agenda del país es agropecuaria, aunque no guste tanto esa visión primaria de la economía, los primeros escollos son dos: 1) denominaciones de origen - el acuerdo puede eliminar del mercado internacional productos argentinos por imposición de las denominaciones de origen ya registradas por los países europeo; 2) la vieja traba de Europa a la apertura de los productos del campo que, en lo que aparece firmado, está lejos de lo que necesita la Argentina.

El poder no se presta ni se hereda: se construye

​En estos torneos es donde Alberto intenta capturar fuerza y, si puede, poder. El poder no se compra ni se vende, tampoco se hereda, ni se lo encuentra uno en un baño. Tampoco es el premio a ninguna rifa. El poder se gana y se pierde, se construye y se disipa. Construirlo es la tarea del político, y en las democracias que funcionan, esta construcción es el aprendizaje para las grandes batallas.

Harry Truman, cuando respondió una pregunta sobre qué poder tiene un inquilino de la Casa Blanca, dijo: “La única prerrogativa del que está al mando en la oficina oval, es que está en una posición muy buena para convencer a la gente de hacer cosas que en el fondo saben que deben hacer, pero no les da la gana”. Por ejemplo, pagar impuestos. Lograrlo es tener liderazgo. La cita es de Amos Oz, otro que sabe mucho sobre poder. Uno de los efectos del poder es que tenerlo o no, conduce al espejismo y al engaño. Como creer que el poder es transitivo, como es el honor en las cortes monárquicas.

En esos formatos, que subsisten de manera simbólica en algunas monarquías europeas u orientales, el rey acumula el máximo honor y poder, y lo transmite a los cortesanos y a los válidos. Peor es el poder transitivo: cómo te lo dan, te lo pueden sacar. Por eso hay que asumir la talla que uno tiene cuando el poder es ajeno y prestado, como ocurre con personajes del momento, que hacen política con poder ajeno. Alberto, transmitido por Cristina; Ricardo Alfonsín, heredado del legendario presidente de la primera democracia criolla.

Carancheo ingenioso del radical más popular

Se entiende que Darío Giustozzi soñase con la pinta de Ricardo Alfonsín. Menos se comprende que Ricardo Alfonsín terminase siendo el Giustozzi del peronismo cristinista.

Para Alberto es un golazo descomunal en una tarea menor, como es la designación en una embajada. Lleva a España un apellido emblemático de la política internacional. Difícil encontrar otro en la política con más solera para los españoles, que festejaron el anuncio en Madrid con fruición. Es como si designaran aquí a un familiar de Felipe González.

El bronce es una aleación a la que aportan todos; por eso cuando alguien dispone del bronce colectivo muchos se enojan, como los radicales, que se rinden ante el ingenio de esta movida con carga de semiología pampa. El valor de Ricardo en la política es leve, más que leve, pero el apellido lo hace uno de los personajes más populares de la colectividad política. No es algo nuevo. En la encuesta de opinión de la Universidad de San Andrés de octubre del año pasado, en plena campaña electoral, el hijo de Raúl figuró en el tercer puesto en las preferencias del público, detrás de María Eugenia Vidal y Roberto Lavagna, y por encima de todos los demás.

En eso pensó a mediados del año anterior Eduardo Duhalde, cuando hizo circular una fórmula para la tercera vía, que ahora quiere inspirar Alberto. Era Lavagna-Ricardo. Cuando le preguntaban las razones, señalaba esa popularidad que se basa sobre la identificación con su padre. En eso ha pensado ahora Alberto, que además da el puntapié a una de sus campañas clásicas de carancheo de dirigentes ajenos.

Lo hizo cuando inspiró en 2007 la transversalidad con los radicales, que arrastró a varios gobernadores y a muchos intendentes detrás del ticket exitoso —aunque fugaz — de Cristina-Cobos. Esta vez es una aventura semiológica que puede continuar con el reclutamiento de otros radicales enojados con Cambiemos. Este final de Ricardo es melancólico, porque su detracción de Cambiemos la hacía en nombre de la identidad partidaria y la Lista 3.

Ignacio Zuleta

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Fundado el 4 de agosto de 2003

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