Domingo, 23 Febrero 2020 00:00

Simulaciones: el PJ, condenado a listas únicas - Por Ignacio Zuleta

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Internas. Ya habría un candidato de consenso entre las tribus del peronismo para encabezar el PJ. El apoyo de referentes territoriales con perfiles propios. La deuda, Trump y el Vaticano. El debate por el aborto.

 

Nunca el peronismo, en los 75 años de historia que tiene, hizo elecciones internas para decidir autoridades partidarias. Pero puso en el centro de la agenda partidaria, otra vez, la disputa por la conducción. Es un debate que transcurre por vía intravenosa, porque nadie cree que el 3 de mayo — resuelta esta semana por el Consejo Nacional, como para esa elección ficticia— haya apertura de mesas y urnas.

Esto le pone más nervio al debate interno, que debe conciliar a las tribus en las que se referencian los sectores que han permanecido divididos durante 10 años, desde 2009, cifrando una década de derrotas electorales. En 2019 triunfó la estrategia de la unidad, y eso le permitió recuperarse y desplazar a Cambiemos del poder. Las tribus representan, sumariamente, a la liga de gobernadores y al peronismo metropolitano. Éste puso la fórmula con Cristina resignando el primer puesto, y los votos de la provincia de Buenos Aires.

Los gobernadores aportaron su apoyo, después de 4 años de cohabitación con el macrismo y de la amenaza de la lista corta si Cristina pretendía el primer término de la fórmula. Es un debate que se traslada a la gestión de gobierno, porque el peronismo necesita llevar esa armonía electoral, que fue exitosa, al trámite de la gestión, que es donde aparecen los proyectos contradictorios.

La lapicera no se mancha

El primero es sobre la conducción del partido, hoy arbitrado entre la actual conducción de José Luis Gioja y el representante en la liga de los gobernadores más cercano a los Fernández, que es Jorge Capitanich, quien hoy parece asegurarse la presidencia del partido en una lista única, que debe conciliar con el resto el peronismo.

El chaqueño parlamentó sobre el asunto el jueves con Cristina—con el pretexto de saludarla por el cumpleaños— y con Alberto, a quien acompañó en Olivos, en el lanzamiento de un plan de salud. Se mueve como un portador sano de fernandismo, pero se guarda de hacer un pronunciamiento de apoyo en público. Capitanich argumenta que el peronismo tiene que ir a una reforma, que sincere en los papeles su naturaleza de coalición.

Para eso sumó carpetas a proyecto del ex socialista intendente de Zárate Osvaldo Cáffaro, para producir esa reforma que impulsa también Alberto. Se resisten los sectores del interior, a una reforma que les quite la lapicera a la hora de resolver autoridades y candidaturas, que en el peronismo —y en todos los partidos— son un festival del dedazo. Acceder a este tipo de reforma puede implicar atornillar más el personalismo de esa fuerza, que escapó a los liderazgos fuertes, protegiendo la autoridad de los gobernadores. Capitanich habla de darle más jerarquía al partido, y exhibir una renovación de elencos en la conducción que hoy ejerce Gioja. Pero viene de cuatro años de críticas fuertes a los gobernadores que convivieron en armonía con Macri y Rogelio Frigerio, de quienes lograron beneficios que no habían tenido con gobiernos peronistas. Esto les permitió reelegir y sostener el triunfo del peronismo nacional en octubre pasado. La lapicera no se mancha.

Miran hacia Schiaretti y Perotti

Con ese ánimo esperan el llamado a conciliar la lista única que conducirá al peronismo desde mayo. Se resignan a Capitanich en el primer lugar, pero con ellos en el control de las decisiones en sus distritos. La tensión entre el peronismo del interior y el de la región metropolitana no es nueva. La única elección interna que tuvo el peronismo en medio siglo fue la que enfrentó a Carlos Menem y Antonio Cafiero.

Aquella elección fue un triunfo del interior, que se valió de una estrategia implacable: hacer la interna con el país como distrito único y quebrando el método concentrado de las decisiones en Buenos Aires. Después el peronismo fue con candidatos de Buenos Aires y perdió —Eduardo Duhalde en 1999 y Daniel Scioli en 2015. No lo olvidan los peronistas del interior, que han jugado, cuando han podido, la propia.

El emblema fue José Manel de la Sota y su heredero Juan Schiaretti, que confrontaron con el peronismo kirchnerista durante 2003-2015. Fue la base de la desconfianza del peronismo del interior, por lo que hacen en Buenos Aires.

Por eso hoy muchos miran lo que hace el cordobés, a quien Capitanich querría en un lugar importante de la conducción del partido, y Omar Perotti. Los dos dominan en distritos en donde los jefazos no pueden juguetear con el voto. Están entre los que aportan mayor cantidad de sufragios, y en los dos, la fórmula Macri-Pichetto ganó en octubre en la categoría presidente.

Esto explica que haya movimientos de acercamiento de sectores del peronismo, para acordar algo para las legislativas del año que viene. Entre ellos, el bloque que reúne a los diputados de Schiaretti y los que jugaron con Roberto Lavagna —lo conduce Graciela Camaño, aunque el jefe del interbloque es Eduardo Bucca— tiene la mirada puesta en algún tipo de acercamiento formal a Schiaretti. Hay que esperar un poco.

No sorprende el frente FMI+Gobierno vs. Buitres

​Un round de esas disidencias enfrenta ahora el Gobierno con el proyecto de despenalización del aborto, que Alberto espera convertir en el anuncio más estridente del discurso del 1° de marzo, que acompañará al otro tópico de esa presentación, el formato final de acuerdo con los acreedores. Los detalles los cerrará Martín Guzmán en el viaje a Washington, que seguirá a su presencia este fin de semana en la reunión del G20 en Arabia Saudita.

Muchos se extrañan por la alianza en esa pelea del FMI con el Gobierno, pero nada debe sorprender si el ataque a la globalización y a los lobos de Wall Street —llamados aquí “buitres”— es una de las banderas de la gestión Donald Trump. La identificación del peronismo con Trump no es nueva y ya cuando ganó, para esmerilarlo a Macri, los peronismos señalaban que el presidente americano llevaba a la práctica políticas en las que el peronismo había sido precursor. Ahora esas consignas las hace avanzar en el FMI, y de ahí ese nuevo frente que forman los deudores argentinos con el FMI contra los bonistas privados, a quienes el organismo señala como responsables de la crisis, y como responsables también de la salida, resignando parte del capital.

Lo que viene será más extravagante aún, porque la negociación con ellos va a transitar por la división entre “cooperantes” y “no cooperantes”. Los primeros van a ser premiados con beneficios en la negociación. Los otros recibirán la distinción de “buitres” y serán castigados con lo peor.

Queda para los observadores imaginativos especular sobre lo que pasó: si cambió el FMI, que antes era buitre; si cambió el Gobierno, que ahora ama al Fondo; si Trump siempre pensó lo mismo, y ahora ordena atacar a los especuladores a través del Fondo, que controla totalmente; si influyó el cambio de Lagarde por Kristalina.

Los más imaginativos le dan importancia a ese cambio en el manejo del FMI, que implica un vuelco del organismo hacia alguna versión del socialcristianismo, como si todo dependiera del director del organismo, y no de una conducción colegiada. La búlgara Georgieva se crió, como Angela Merkel, en un país comunista, y eso puede explicar su admiración por el pobrismo villero del papa Francisco, una mezcla de tradicionalismo ultra en lo doctrinario, y un igualitarismo en lo social, que no tiene enemigos a la izquierda.

Como dijo Pepe Mujica después de escucharlo a Francisco en una cumbre vaticana: “Este es más comunista que yo”. O como la adhesión de Gianni Vattimo al proyecto de un “Papintern” —en referencia al Comintern del siglo XX —, un comunismo referenciado en el papa Francisco. Difícil imaginar ideologías más líquidas que estas que discurren en los debates vaticanos. Y ahora en el FMI, que ha pasado de ser el demonio para el peronismo, a convertirse en su mejor amigo.

El aborto, tema de dos proyectos

Más matices tiene el debate interno sobre el trámite del proyecto de despenalización del aborto. La iniciativa está en manos de Vilma Ibarra, Legal y Técnica, sobre la base de un informe de cerca de 100 páginas que elaboró el ministerio de Ginés González García, sobre los aspectos sanitarios. Se suman estudios sobre experiencias en otros países, que van a quedar reflejados en dos proyectos. Uno será sobre el aborto y la despenalización.

El otro será sobre la creación del programa de los 1.000 días de atención al recién nacido de un embarazo no querido, que le explicó Alberto al secretario de Estado Pietro Parolin cuando estuvo en el Vaticano. Es una iniciativa para promover que las futuras madres que dudan entre el parto o abortar, tengan el recurso de entregar la criatura en adopción con cargo del Estado de atenderlo en los primeros1.000 días. El proyecto, además, tendrá consideración a las cláusulas de objeción de conciencia de médicos y hospitales, y sigue los protocolos que rigen, según los documentos que usa el Gobierno, en Italia desde 1978. Allí las condiciones para esa práctica son restrictivas al punto de que se ejerce en pocos establecimientos.

La idea hace prever que el proyecto no va a ser todo lo verde que quieren los verdes. Claro que tampoco será un proyecto celeste, y eso también separa las aguas en el peronismo. En 2018, cuando se discutió el tema en el Congreso, la provincia de Tucumán se declaró en la Legislatura como provincia “Provida”, y es el séptimo distrito en cantidad de votos. Lo gobierna el peronismo en la persona de Juan Luis Manzur, uno de los dirigentes del peronismo del interior con nivel nacional. En aquel año, los diputados del peronismo de Córdoba aportaron de manera significativa al No.

Alberto repite, también en esto, los pasos de Macri

El Gobierno no ha terminado de explicar las razones de tanto entusiasmo con el tema. Como tampoco se explicó bien por qué Macri promovió el debate. Alberto dice que lo promueve porque le gusta y lo apoya. Macri decía que lo hacía pero que no le gustaba, ni tampoco lo apoyaba.

La razón parece clara y es la masiva aceptación que tiene la iniciativa en el voto joven. Las encuestas señalan que es apabullante entre los menores de 25 años y, lo más importante, que ese respaldo se basa sobre la consigna de que es un derecho que nadie debe quitarle ni administrar en nombre de sus protagonistas. El aborto es un capítulo de la pelea por más libertades, en particular de los menores y de las mujeres, que sostienen una consigna que quieren apoyar los políticos para lograr identificación de esos sectores.

Para el gobierno de Macri en 2018, lanzar el proyecto el 1° de marzo en el Congreso de aquel año, significaba adelantarse a la manifestación del Día de la Mujer, que ocurría una semana más tarde, el 8 de marzo. Lo convencieron de que la oposición iba a tener el número para presentar el proyecto y aprobarlo en comisión, pero nunca en el recinto. Con apropiarse de la iniciativa lograba quitarle esa bandera a la oposición.

Ahora Alberto hace lo mismo, pero creyendo que esta vez puede salir, y más si el proyecto es menos verde que antes. Los sectores antiaborto le robaron la fecha del 8 de marzo: harán una misa en Luján y amenazan con una marcha. Las dos iniciativas son cautivas del cálculo político y hacen ruido hacia adentro.

Macri decía estar en contra del proyecto que promovió, pero importantes allegados a aquel gobierno estaban en contra. A Alberto le ocurre lo mismo. Aunque él, Vilma, Ginés, están a favor, están en contra entornistas mayores de su gobierno como Béliz, Valdés, Santiago Cafiero. Pero hoy no es lo mismo, porque forman parte de un gobierno que entrega todo a cambio de la unidad, la clave de su victoria en 2019.

Ignacio Zuleta

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Fundado el 4 de agosto de 2003

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