Lunes, 02 Marzo 2020 00:00

El discurso de Alberto Fernández estuvo lleno de “qués” y de muy pocos “cómos” - Por Sergio Berensztein

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El Presidente se refirió a la pesada herencia recibida, realizó un balance de sus meses de gestión y planteó una agenda ambiciosa. Sin embargo, no dio definiciones precisas sobre un plan concreto de gobierno.

 

Cumpliendo con lo que establece el artículo 99°, inciso 8, de nuestra Constitución que demanda, una vez al año, al presidente informar sobre el estado de la Nación y sobre la marcha de los asuntos públicos, Alberto Fernández inauguró este domingo el 138° período de Sesiones Ordinarias del Congreso Nacional. Con un discurso moderado y que duró una hora y veinte minutos, se refirió a la pesada herencia recibida, realizó un balance de lo realizado en sus primeros 81 días de su gobierno y planteó una agenda transformacional, notablemente ambiciosa.

El tono del discurso fue conciliador, llamando a la unidad y al consenso y desde el punto de vista simbólico trató de fortalecer su rol institucional, al igual que lo hiciera el 10 de diciembre en su asunción. El gran problema es que, en la práctica, su gobierno no tuvo demasiado que ver, por lo menos hasta ahora, con esas aspiracionales. De hecho, fue un discurso lleno de “qués” y con muy escasos “cómos”. Y esto, en política constituye un riesgo enorme: plantear objetivos demasiados pretenciosos y luego, cuando hay que llevarlos a la práctica, percatarse de que no se cuenta con los instrumentos y los recursos materiales y humanos para satisfacer las expectativas creadas.

El presidente anunció una serie de proyectos innovadores, como la creación del Consejo Económico y Social para el Desarrollo de la Argentina, “integrado por autoridades propuestas por el Poder Ejecutivo Nacional, que cuenten con el aval del Senado Nacional, y cuyos mandatos trascenderán la duración de un período de gobierno". "Queremos que sea el motor, no solo de políticas de Estado, sino de políticas de la sociedad, los sectores del trabajo, la empresa, movimientos sociales y de la comunidad científica y tecnológica", señaló. O el que contempla la creación de una Agencia Federal de Evaluación de Impacto de las Políticas Públicas para evaluar el gasto público que fiscalizará el impacto de la deuda contraída, donde “cada peso que se gaste debe tener en el Estado un sentido de productividad social, atendiendo en primer lugar a los últimos, para llegar a todos”.

Además, enviará un proyecto de ley que reforme la Justicia Federal (esbozado en el discurso del 10 de diciembre), apuntando a los 12 juzgados de Comodoro Py que controlan causas de corrupción, con el objetivo de “ponerle fin a la designación de jueces amigos, a la manipulación judicial, a la utilización política de la Justicia y al nombramiento de jueces dependientes de poderes inconfesables de cualquier naturaleza”.

En consonancia y “para terminar para siempre con los sótanos de la democracia” se había dispuesto la intervención de la Agencia Federal de Inteligencia (AFI) y esta misma semana se dictará un “Decreto de Necesidad y Urgencia que modifique la Ley de Inteligencia impidiendo a los organismos del área realizar tareas represivas, poseer facultades compulsivas, cumplir funciones policiales o desarrollar tareas de investigación criminal como auxiliares de la Justicia. No habrá excepción alguna que quiebre esa resolución”. También, por decreto, dispuso desclasificar los documentos secretos sobre el atentado a la AMIA, para poner luz sobre los “testimonios secretos brindados por agentes de inteligencia en los juicios en los que fuera investigado el hecho y la responsabilidad de funcionarios del Estado en el encubrimiento del mismo. Lo mismo haremos con toda documentación reservada que exista en el organismo sobre el tema”.

Aunque, sin duda, el pasaje más fuerte de su mensaje, que arrancó el aplauso y algunas lágrimas del público dentro y fuera del recinto, fue cuando anunció que en diez días presentará un “Proyecto de Ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo que legalice el aborto en el tiempo inicial del embarazo y permita a las mujeres acceder al sistema de salud cuando toman la decisión de abortar”, convirtiéndose en el primer presidente en la Argentina que envíe un proyecto que contemple este tema y cumpliendo con su promesa de campaña. Agregó que estará acompañado por otro que instaure el Plan de los 1000 días, para garantizar la atención y el cuidado integral de la vida y de la salud de la mujer embarazada y de sus hijos o hijas en los primeros años de vida, con el fin de “reducir significativamente las tasas de mortalidad y desnutrición, proteger los vínculos tempranos, el neurodesarrollo y la salud de madres e hijos de manera integral”.

Sin embargo, en el plano económico, el Presidente prefirió un diagnóstico simplista y sesgado de los problemas estructurales que arrastra la Argentina desde hace décadas, como por ejemplo la inflación. Asimismo, continuó su política de prescindir de datos y herramientas concretas para enfrentar la crisis. Si bien agradeció el acompañamiento del Congreso con la Ley de Solidaridad, ante el planteo de la urgencia, ante la presencia de una emergencia tan severa como la que dice haber heredado, no parece haber un esquema de gobierno ni un plan concreto para salir de ella.

El discurso, la forma de gobernar y la ausencia de un gabinete de crisis no se corresponde con el relato de tierra arrasada y con la realidad penosa de tener al país al borde de un nuevo default. Pero lo más alarmante, más que polémico, es en efecto la definición que hace el Presidente del problema central de la Argentina, la inflación, y particularmente la solución que propone para combatirla. Ningún fenómeno macroeconómico se resuelve con medidas microeconómicas. Ningún país de los casi 200 que existen actualmente combatió con éxito la inflación con brigadas de trabajadores controlando los precios en la calle, como trascendió estos días (aunque esto no fue confirmado en el discurso). Eso implica ignorar la historia económica comparada y traspasar la responsabilidad de implementar una política monetaria errónea (si es que hay una) a quienes desde ya son sus principales víctimas. Además, en la era del Big Data, las tecnologías de la información y las comunicaciones y casi de la masificación de las computadoras cuánticas, ¿en serio alguien puede pensar que dichas brigadas van a hacer una diferencia? Para solucionar cualquier problema, es elemental diferenciar la causa del efecto.

Los temas que más preocupan al presidente y a todos los argentinos (la inflación, la decadencia económica) que tienen como uno de sus principales causas el déficit fiscal (la deuda es una de las formas de financiarlo, junto a la emisión que devalúa el valor de la moneda) no fueron tratados de manera seria y sistemática. El diagnóstico que hace el presidente frente al Congreso también es escuchado por aquellos que negociarán con Argentina a partir de mañana. Y esto es lo grave. Los “mercados” esperan un diagnóstico sensato y realista y un plan económico consecuente.

El Presidente perdió una nueva oportunidad para brindar esa información y de ese modo alentar la posibilidad de una negociación exitosa. El riesgo es tremebundo: que los fondos prefieran deshacerse de los bonos argentinos a un precio de remate que solo quienes se especializan en litigios estén dispuestos a pagar. En otras palabras: el discurso económico de Alberto Fernández es atractivo no a quienes quieren que la Argentina crezca y se desarrolle, incluyendo los emprendedores y empresarios del país y del mundo, sino a los buitres que pacientemente podrían volver a multiplicar exponencialmente su dinero gracias a los horrores de nuestra clase política. ¿Es esté un gobierno, como dijo Fernández hoy, que busca impulsar la producción y desalentar la especulación?

El Presidente perdió la oportunidad que brinda nuestra Constitución de plantear un plan y un criterio para evaluar su implementación, así como de transmitir las prioridades estratégicas de su gobierno y cómo se llevarán a cabo. Es positivo contar con líderes ambiciosos, que tengan una visión amplia y sofisticada del país, como por ejemplo retomar el proyecto de Alfonsín de la creación de un cuerpo de administradores gubernamentales. Fernández pretende ser un institucionalista que genera e impulsa políticas de largo plazo, pero el país lo obliga a estar focalizado en el cortísimo plazo para enfrentar una urgencia que el mismo se encargó de subrayar. Se trata de una contradicción determinante, pues no se pueden hacer las dos cosas al mismo tiempo: si estás en una crisis tan profunda (“terapia intensiva”), la clave es tener un plan para salir de ella. ¿Cuál es el sendero crítico que ha definido el presidente? Aún no lo sabemos y esa duda desdibuja cualquier conjunto de buenas intenciones que el presidente y sus colaboradores pretendan impulsar.


Sergio Berensztein

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