Domingo, 08 Marzo 2020 00:00

Nace el gobierno tricéfalo - Por Ignacio Zuleta

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Per saltum político. Sergio Massa, titular de la Cámara de Diputados, salteó varios pasos y se encontró con el presidente Bolsonaro. Alberto Fernández y el ministro Felipe Solá se enteraron por un mensaje del canciller brasileño.

 

Despidiéndose que estaba Jair Bolsonaro de la delegación argentina que lo visitaba el miércoles en el palacio de Planalto, tomó del brazo al diputado Pro, Álvaro González y le musitó, como al oído, pero para que todos escuchasen: “Dele un saludo personal de mi parte al presidente Macri”. Ese brindis capcioso y timbero cerró el hecho político de la semana, que fue el nacimiento de la tercera fuerza en el Gobierno argentino.

Creíamos estar ante un gobierno con dos cabezas, los respectivos Fernández. Ahora nos enteramos de que tenemos un gobierno tricéfalo, y lo encabeza Sergio Massa, que en 24 horas visitó a la cabeza de los tres poderes de Brasil — presidente, titular de la Corte, autoridades del Congreso—, algo que hasta ahora Alberto Fernández o no quería, o no podía hacer. Sergio sí lo hizo.

En la política líquida de estas costas, las paralelas no se juntan ni en el horizonte, por eso conviven alegremente una línea anti- Bolsonaro franca y directa, que alberga en el Instituto Patria, que jura por Lula; otra intermedia que anima Alberto, y ésta de Massa, que entró como una tromba en donde nadie podía entrar, el Planalto de Bolsonaro. Queda por resolver cómo le conviene esto a cada cual.

A Cristina seguramente no le gustó, como no le gusta nada de lo que hace Sergio por fuera de la vigilancia de Máximo. A Alberto no se sabe: Massa le abrió una puerta que parecía cerrada y que a él no le convenía aparecer abriendo, para no quedar arrinconado por el cristinismo. Pero como él se enteró por los medios del encuentro Massa-Bolsonaro, en una situación de emergencia, puede repetir el latiguillo: son cosas de Sergio.

Maia, el Massa de Bolsonaro

Las dificultades del peronismo para conciliar posiciones son las de siempre. Al gobernar después de una década de divisiones y derrotas, la crisis de liderazgo de esa fuerza limita más las cosas, y alienta el corazón de los audaces.

El tricefalismo es una cuestión de estilo que profundiza las divisiones. No es malo en sí mismo, porque es una ventaja este poliamor de tenerlo a Alberto para que atienda al FMI; Cristina a los barbudos y Sergio a Trump y a Bolsonaro. Pero agrava el problema de los gobiernos débiles, como los de la Argentina: la incertidumbre.

Es una factura cara que al final se paga. Ya bastante hace Olivos para alimentar la inestabilidad cuando dinamita las relaciones con la oposición y busca puntos de conflicto que obliguen a sus contradictores a negociar.

A veces sólo para que el presidente haga músculo y mantenga la centralidad — como dicen los locutores. No sólo Massa es audaz, lo es también Rodrigo Maia, el presidente de la Cámara de Diputados del Brasil, un aliado de Bolsonaro pero muy crítico de su agenda, y con quien confrontó esta semana en el Congreso de su país, nada menos que por las partidas de uso discrecional del presupuesto por parte de legisladores (las “emendas parlamentares”). Viene a ser como el Massa de Bolsonaro.

Por ese debate los legisladores fueron acusados de chantajistas por el jefe del gabinete estratégico, el general Augusto Heleno. Maia se dio cuenta hace rato de que Bolsonaro no lo quiere a Alberto. Por eso desembarcó en Buenos Aires antes de que asumiera el actual gobierno, en un ejercicio de diplomacia parlamentaria, de la mano de dos jefes, Mario Negri y Massa.

A Negri lo conocía de reuniones sociales y políticas en Brasilia, adonde el jefe de los diputados opositores ha solido viajar por razones políticas y también familiares. A Massa le aceptó un almuerzo por todo lo alto con los jefes de otros bloques, en un gesto de diferenciación de Alberto, que venía de ser criticado por Bolsonaro durante la campaña.

Ideal que Sergio apareciese en esta semana caliente, en un momento malo de las relaciones entre los dos presidentes, después de la negativa de Alberto a viajar el domingo pasado a Montevideo, nada más que para evitar el encuentro con el brasileño. Así se lo explicó el presidente a Luis Lacalle: quiero que la noticia sea el discurso mío en el Congreso y no el encuentro con Bolsonaro. Qué mejor prenda para superar la pelea por el presupuesto, que llevarlo a Massa ante Bolsonaro: mirá a quién te traje.

Mensajes a la carta para Alberto

Hay que darle la derecha a Sergio por la audacia de este golpe de mano, que lo pone en la cabeza de la tercera ala del Gobierno. El miércoles almorzaba en casa de Maia junto a la delegación, y el dueño de casa fue interrumpido por un asistente: lo llaman de presidencia. Escuchó, sonrió y proclamó: “me llama el presidente para invitarlos a reunirse con él”. A la misma hora Alberto y Felipe Solá almorzaban con empresarios en el Alvear y no sabían nada.

El canciller intercambiaba mensajes de texto en respuesta a preguntas de Massa sobre qué debía hablar con las autoridades que iba a entrevistar. Se enteraron del encuentro por un mensaje que le llegó a Solá, minutos más tarde, de Ernesto Araújo, el canciller de Brasil.

Bolsonaro se encargó de esa comunicación que les permitió a los dos presidentes resignificar la noticia: no sería fruto de la audacia de dos diputados como Maia y Massa sino de los dos gobiernos. Me metí en esa reunión, fue el mensaje de Araújo. Lo demás es pompa y circunstancia. Promesas de paz y amistad, y, ante todo, desdramatizar el encuentro presidencial.

Alberto quedó eximido de las tensiones de escenario, que también pudieron molestar al uruguayo Lacalle, que se dice amigo de este Fernández, pero que se quedó sin el visitante argentino por la sola razón que iba a estar el brasileño. Una capitis diminutio, a la que Lacalle pudo aludir, cuando dijo en su discurso que “si dejamos de lado estas cuestiones ideológicas que nos pueden diferenciar, el bloque [del Mercosur] se va a fortalecer en el concierto internacional”. Un mensaje a la carta.

Los que pelean están en la línea de sucesión

Que Massa se alce con este trofeo completa un circuito de diferenciación del resto de la cúpula del Gobierno que se exhibió con crudeza en la última sesión de la Cámara, cuando se aprobó la reforma de las jubilaciones de jueces y diplomáticos. El jefe de los diputados pareció desentendido de lograr el quórum para arrancar la sesión, sentado panchamente en su sillón a la espera del número que completó Daniel Scioli.

Con el paso de los días parece claro que fue un mensaje a los jueces: no tengo nada que ver con este proyecto, es cosa de Alberto, o de Cristina. Le agrega morbo a la situación el hecho de que esta pulseada entre las cabezas del Gobierno tricéfalo se libra entre quienes tienen un puesto en la línea de sucesión. En una eventual acefalía, Alberto sería reemplazado por Cristina, que tiene una agenda diferente a la del presidente. Éste ha negado, por ejemplo, que tenga algo que ver con el proyecto de intervención de la Justicia de Jujuy —pieza principal de la estrategia cristinista de arrinconamiento del sistema judicial.

Tampoco ha intervenido en causas judiciales en las que el Estado querella a ex funcionarios del cristinismo. Y si Cristina se va, asume la senadora Cristina Ledesma de Zamora, y después sigue Massa. Les agrega vértigo a estas especulaciones que el jefe de los diputados tiene una tercera agenda, que derramó en esta batucada brasileña y que tampoco tiene nada que ver con los Fernández.

Por elásticos que sean su corazón y su cintura, Massa es Trump, Giuliani y Bolsonaro, no es Lula ni Maduro o Milagro Sala. Massa es lo que es, y los votos que tiene lo respaldan, porque se parece en estos encuadramientos más a Patricia Bullrich o a Miguel Pichetto. Sergio mantuvo informado a Alberto de cada paso de la gira, pero sabe que le va a venir una factura en cualquier momento, por haber ejercido un rol de estadista cuando él está en donde está por un pacto electoral que no incluye estas amenities.

“Lo voy a pensar” (Pichetto a Macri sobre la AGN)

Despidiéndose que estaba el embajador de China Zou Xiaoli, de su anfitrión Mauricio Macri, cuando le musitó al oído: “tengo que hacerle presente el afecto que tiene hacia usted el presidente de mi país Xi Jinping”. El expresidente va entendiendo el sentido de la fábula de la hormiga y el elefante, y que se va a pasar el resto de la vida explicando lo que hizo y dijo y lo que no hizo ni dijo (*).

Acababa de comparar al coronavirus con el populismo, y aprovechó un compromiso anterior a su viaje a Guatemala para interesarse sobre esa epidemia con el embajador, y despejar los malentendidos. Fue el mismo día cuando Macri se reunió, en larga charla, con Miguel Pichetto en sus oficinas de Vicente López.

El ex senador venía de firmar, junto a Germán Garavano y Pablo Tonelli, una protesta pública por la intervención de la empresa del Correo, que consideran una persecución política. Un caso de lawfare, diría Cristina, si el lawfare no fuera más que un lema inventado por los periodistas para mencionar el viejo método de hacer política enjuiciando la virtud ajena. De ese encuentro salió otra constancia: Macri le insistió a Pichetto que acepte la designación como miembro de la Auditoría General de la Nación en el lugar que deja libre el nuevo presidente, el radical Jesús Rodríguez. “Lo voy a pensar”, le respondió Pichetto.

(*) La que cuenta que después de un cálido encuentro, el elefante muere y la hormiga se lamenta: “por una noche de amor me voy a pasar el resto de mi vida enterrándolo”.

Ignacio Zuleta

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Fundado el 4 de agosto de 2003

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