Domingo, 15 Marzo 2020 00:00

La peste le arrebata la palabra a la política - Por Ignacio Zuleta

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Cuarentenas sin aislamiento. El coronavirus generó una concentración de atenciones que no impidió, por lo bajo, movimientos trascendentes. Entre ellos, la reunión de dos gobernadores que pueden alterar las aguas del PJ.

 

Las pestes, como las guerras, arrebatan la palabra. La enfermedad, como la guerra, compromete a la totalidad del individuo y a una sociedad. Ocurrió en 2001, setiembre 11, con el atentado que paralizó la economía mundial con el mismo escenario de los aeropuertos con los aviones en tierra. Como ocurre en estas horas. Los remedios, que nunca son pocos, intentan frenar este efecto de la globalidad, que no es nuevo. El shock microbiano y viral del descubrimiento y conquista terminó, en el siglo XVI, con el 90% de los habitantes originarios de América. Los movimientos demográficos siempre trasladaron pestes y dioses, para algunos un castigo al intento fáustico de dominar la realidad natural, la casa común de la encíclica.

Un castigo, encima, a la herramienta más eficaz de la política líquida contemporánea, que es el protagonismo de la muchedumbre. La indignación callejera como receta que voltea poderes en todo el mundo es otra víctima de esta desgracia. Pierde, por un round, El Guasón, emblema que amenaza al sistema político como lo conocemos. La peste obliga a que la gente pierda contacto con el otro.

Una amenaza a la política, oficio de gregarios, con el aislamiento social que recomienda el Gobierno para los viejos, la cuarentena a los condenados por viajar. Algunos se domestican; otros, rebeldes eternos, no cumplen ese relegamiento de la vida pública en lugares públicos. ¿Acaso Eduardo Duhalde, regresado de España adonde pudo quedarse de embajador, no debía estar en cuarentena 14 días junto a Chiche? ¿O el Duhalde que dijo un testigo haberlo visto en el club San Juan el jueves era un holograma o un busto conmemorativo? ¿O ese santuario deportivo-político es el mejor refugio hogareño?

Todos se quedan en casa

La parálisis del virus repercutió de manera vertical y horizontal. Vertical, por la edad, aislamiento a los mayores de 65 años. No pudo soñar más Alberto que tenerla a Cristina aislada, aunque sea una fantasía política. Horizontal, porque dejó en tierra a decenas de políticos itinerantes. Mauricio Macri suspendió el viaje a Suiza, adonde iba a asumir la presidencia de la Fundación de la FIFA. Sus adversarios en el ambiente del fútbol han criticado esa designación, pero el protagonismo de Macri en ese negocio no es nuevo. Entró a la política como presidente de Boca Juniors y conserva algún poder, que no es residual, si se mira la importancia de este nuevo cargo.

Los memoriosos tienen constancias que le dan contexto a esa designación, como la afirmación de Julio Grondona cuando le preguntaron, en el apogeo de su poder, quién consideraba que sería su sucesor en la AFA. “Mauricio Macri”, respondió. También se quedaron en tierra los políticos que viajaban, por la ONG Red de Acción Política (RAP), a dar testimonio de tercermundismo en un seminario en la Universidad de Cambridge (entre ellos Rogelio Frigerio, Nicolás Massot y dos de los hermanos Urtubey).

Revive un eje generacional en el peronismo

​Habilitados por el recorte generacional que marcó la peste —aislamiento social para los mayores de 65— se dispararon las operaciones por debajo del radar sanitario. El debate por la conducción del peronismo animó al segmento junior de la dirigencia, si se lo compara con la cúpula que representan Cristina o José Luis Gioja. Justificó, por ejemplo, los contactos del viernes entre Jorge Capitanich y Axel Kicillof.

La inquietud de los dos gobernadores tiene mucho peso, porque son las dos puntas del eje cristinista de los gobernadores, y un tejido entre los dos para una conducción del PJ le puede dar al oficialismo una espesura de la que carece hoy. Gioja al frente del partido ha sido una necesidad para el peronismo, y es un producto atado a otro momento de la historia reciente.

Su traspié de salud de esta semana congela su aspiración a seguir siendo un remedio de unidad, a regañadientes de Cristina, que ya en 2015 lo calificó de “viejo”. Ocurrió una semana antes de dejar el gobierno el 10 de diciembre de aquel año, después del triunfo de Macri. Gioja era el elegido por el resto del partido para presidir el bloque de diputados, pero ella prefirió a Héctor Recalde con el argumento de la edad. Como se trataba de mortificar al personaje, dijo que debía reponerse de su salud después del accidente de 2013, y ungió a Recalde, que tiene diez años más que el sanjuanino.

El partido fuerte para un gobierno débil

Esta ala generacional que pueden representar Kicillof y Capitanich busca restañar las carencias de origen del Gobierno. La cúpula fue el resultado de la impugnación de los gobernadores al nombre de Cristina en el primer lugar de la fórmula, como condición para la unidad del peronismo, clave de la estrategia ganadora de 2019.

El resultado es Fernández presidente, con un gabinete porteño sin representación de los gobernadores, que parcela su equipo entre, por lo menos, tres actores del peronismo que tienen proyectos divergentes — Alberto, Cristina, Sergio Massa, caciques del Gobierno tricéfalo. Como es un presidente en construcción, Alberto tiene un jefe de Gabinete más débil que él, como Santiago Cafiero. Alberto no podría tolerar, en cualquier estética posible, a alguien con mayor fuerza política que él.

Tampoco ha querido un ministro de Economía que tenga el perfil del superministro de otras administraciones — lo que fueron Cavallo para Menem, Lavagna para Kirchner o lo que es hoy Guedes para Bolsonaro. El resultado es un gabinete trabado por la parcelación vertical —los ministros no forman un equipo homogéneo— y la parcelación horizontal —los ministros no se entienden con secretarios y subsecretarios.

Cuando los gobernadores se quejan de que el Gobierno no arranca es porque ven la dificultad de entenderse con el poder central.

Una desgracia que arrincona a los adversarios

La manera de superar este empastamiento que lleva ya tres meses es, según el proyecto generacional, nombrar a un Capitanich en la conducción del partido, y desde allí darle cuerpo y voz a un gobierno que parece detenido por la gestión de asuntos que no puede dominar —la crisis financiera local, la crisis financiera internacional, la caída de los precios internacionales, los efectos de la recesión, y ahora los del virus.

Esta peste se va pareciendo, para algunos niveles del Gobierno, más una ayuda que una desgracia. Produce un cataclismo en el sistema global con caídas que no se conocían desde la crisis de 2008 o en Wall Street a valores de 1987. Una invitación a los acreedores a aceptar los recortes sobre sus demandas que son, después de todo, mejores que la nada que les ofrecen otros mercados. Este gobierno ganó las elecciones y asumió con la tentación del sueño del pibe: una deuda en default, un programa de ajuste formidable que había preparado el macrismo, y que completó la ley de emergencia de diciembre pasado.

Sin moverse un paso, tiene una ventana de no pago de la deuda y la posibilidad de que el Estado se financie con el dinero de los acreedores. Difícil, desde la lógica de esta administración, que la realidad les ofrezca algo más ventajoso. Con ese ánimo hicieron los ofrecimientos a los inversores este fin de semana.

Cristina dijo en más de un discurso en el Senado, que esta deuda no hay quien la pague. Fernández adelantó en el discurso de apertura que no habrá superávit hasta 2023, o sea nada para pagarle a nadie. El peronismo del modelo autárquico rigió entre 2002 y 2015, fuera del mercado de crédito, viviendo de los impuestos y de los aportes previsionales, y la economía no convencional.

El manejo de aquella economía, como ahora el sueño del pibe, se basan sobre la hipótesis de que hay entre US$300.000 y 500.000 millones fuera del sistema, en diversos colchones, y que eso mueve la maquinaria y hace que la presión fiscal, con cepos e impuestos, sea tolerable.

Despierta una célula dormida en el peronismo

​Capitanich espera una respuesta de Cristina sobre el proyecto de levantar el nivel del partido, para convertirlo en un polo de generación de fuerza política, que ahora es incapaz de montar una administración atravesada por las emergencias, la debilidad de sus protagonistas y la fragilidad del acuerdo de unidad entre la liga de gobernadores y el peronismo metropolitano, que representan los Fernández y Kicillof.

El entendimiento entre los dos gobernadores no es nuevo. Capitanich ha sido el mentor de la carrera política de Kicillof. Lo tuvo de asesor en la década de los años 90 en su consultora privada, le dio su primer empleo. Testimonio de ese entendimiento que ahora busca otro nivel, es el libro que escribieron juntos en 1999, Federalismo fiscal y coparticipación federal: Una propuesta para la transformación de la relación nación-provincias (ed. de la Fundación pro-Universidad de la Producción y del Trabajo).

En noviembre de 2013 asumieron juntos como jefe de Gabinete y ministro de Economía. Capitanich promovió esa designación. Es la oportunidad para que despierte esta célula dormida que puede frenar otros descendimientos dentro del peronismo, que hoy tiene dos polos de fuerza, los gobernadores con su agenda y que han demostrado que no es la de la defensa del interés privado de Cristina, y la propia de la vicepresidencia, que produce este extraño caso de que maneja el Senado sin ser senadora.

Ignacio Zuleta

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