Domingo, 08 Noviembre 2020 11:31

Acuerdo capitalista con el FMI y vacuna antiimperialista - Por Ricardo Kirschbaum

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Bajar la brecha entre los dólares era una necesidad y Guzmán lo está logrando. Y consiguió una tregua.

Del brazo de Joe Biden, acordar con el Fondo Monetario. Con Vladimir Putin, vacunación masiva contra la pandemia. Clásica postal de la “Tercera Posición” del peronismo. Una postal posmoderna pero a tono del relato y de la épica que atrasa pero que la coalición oficialista alienta. Transformar a Biden en casi un socialdemócrata es una transversión factible en contraste con el brutalismo de Donald Trump, cuya política económica, sin embargo, entusiasmó al kirchnerismo.

Esa diferenciación con el actual jefe de la Casa Blanca resulta creíble frente a la otra ortopedia intelectual de lo que uno de los ministros de Fernández llama con ironía el ala “soviética” del gobierno. Encontrar en Putin a un líder de izquierda es una tarea imposible salvo para quienes sigue viviendo con el canon de la Guerra Fría. Las necesidades políticas de Fernández hacen posible esas manipulaciones interpretativas: acordar un programa con el FMI, con un inevitable ajuste cuya dimensión comenzará a discutirse el lunes, con un discurso público de “combatir al capital”. Y lograr una vacuna eficiente, no importa el origen, urge por la salud pública y, también, la electoral.

La precariedad de la situación hizo que la relativa estabilidad cambiaria haya traído alivio: bajar la brecha entre los diversos dólares vigentes era una necesidad extrema y Guzmán lo está logrando, aun cuando la inflación está subiendo por el ascensor. Sabe que está mitigando un síntoma de una enfermedad que sigue avanzando, pero consiguió una tregua.

La construcción de un puente -así lo llama el ministro- hasta el acuerdo con el Fondo y de allí a un plan plurianual que entregue certezas, con acuerdo parlamentario, es el objetivo. El convencimiento de que Biden ayudará más que Trump a conseguirlo deberá probarse en los hechos. La ilusión escala hasta la creencia de que, si Biden no prefiere a Fernández, al menos se alejará de Bolsonaro, ilusión que no tiene en cuenta las reglas históricas de la política internacional de Washington. También, que cederá la presión contra Maduro y para que se opongan a Maduro.

El malabarismo de Fernández por mantener equilibrios internos explica esos zigzagueos internacionales, pero sigue bajo fuego amigo. Un porta-parol de Cristina Kirchner, como Leopoldo Moreau, ha salido a demoler a los “funcionarios o funcionarias que no funcionan”, el puntapié inicial vicepresidencial para forzar una crisis de Gabinete. La primera ola ha sido sobre Marcela Losardo, la ministra de Justicia y una de las preferidas del Presidente. Está cada vez más claro que la disputa por Daniel Rafecas como procurador es un choque entre Fernández y Cristina, y una prueba para saber cuántos senadores oficialistas responden al Presidente (el aborto será otro test). Esta cuestión puede convertirse en una oportunidad en la que Fernández quiera mostrar por fin que, efectivamente, está a cargo.

La oposición está aquí también en una encrucijada que puede transformarse en un acto institucional más trascendente si de verdad apuesta a un acuerdo y si el Presidente tiene un genuino interés en el mismo objetivo.

Ricardo Kirschbaum

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