Domingo, 15 Noviembre 2020 09:22

Purga iniciada y equilibrios por el ajuste que viene - Por Ricardo Kirschbaum

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En la lista de los que están en capilla figuran, entre otros, Luis Basterra, de Agricultura, y Matías Kulfas, de Producción.

Si la renuncia de María Eugenia Bielsa es el comienzo o no de una purga en el gabinete, es el centro de las especulaciones en el Gobierno. Su puntillosidad en el manejo de expedientes plagados de peligros fue considerada como ineficiencia cuando debería haberse destacado como virtud, en la negra estela de la obra pública que persigue a la anterior administración kirchnerista. La ex ministra se fue sin dar un portazo público pero rechazó ser la nueva embajadora en la UNESCO en París, en reemplazo del fallecido Pino Solanas.

En la lista de los que están en capilla figuran, entre otros, Luis Basterra, de Agricultura, y Matías Kulfas, de Producción. Hay también un juego de fotografías para desmentir o para sugerir cosas. Martín Guzmán y Miguel Pesce, el jefe del Banco Central, aparecieron juntos para negar que estén enfrentados, algo que es público y notorio. Y también circuló otra fotografía de Martín Redrado conversando con Cristina Kirchner.

Ambas fotos sirven para distintos propósitos: Guzmán no quiere aparecer ofrendando la cabeza del amigo del Presidente al FMI (está por verse si Alberto Fernández le suelta la mano al ex radical) y Cristina muestra que no está conforme con Pesce y, a la vez, que se reconcilió con Redrado, con el que estaba distanciada. Solo la primera parte es creíble.

En ese juego también pesan Vilma Ibarra y Cecilia Todesca, cabezas de un grupo que tiene peso en las decisiones de gobierno y que, por cercanía con el Presidente, tiene una influencia a veces decisiva. Carla Vizzotti, la presunta segunda de Ginés González García, también está en ese grupo y se mueve con llamativa autonomía del ministro, apoyándose en este grupo que se ha dado en llamar “Mujeres gobernando”, al que también adscribe Cecilia Nicolini, asesora presidencial y a la que algunos refieren a Marco Ominami, el ghost adviser presidencial.

Todos estas versiones y reacomodamientos -que califican de disparate la versión del reemplazo de Cafiero por Aníbal Fernández- tienen como telón la inevitabilidad del ajuste que está discutiendo con el FMI. No es un camino simple: los principales actores de la coalición, incluida Cristina, coinciden en la terapia, pero quieren que el costo lo pague otro. Esto, dicen, debe practicarse con control político y concesiones, como lo hizo Lula en su primer gobierno: ajuste ortodoxo con política social que mitigue el impacto.

Guzmán, así, está sometido a presiones fuertes. Tiene necesidades fiscales y, a la vez, apremios sociales. La CGT, cuyo poder político está cada vez más discutido por los movimientos sociales, quiere recuperar al menos la palabra en esta discusión. A los empresarios se les pide inversiones, pero, al mismo tiempo, se los ve como la fuente de recursos extraíbles mediante impuestos.

Fernández, que se expuso irresponsablemente al contagio de la pandemia, haciendo exactamente lo contrario de lo que le recomienda a la sociedad, tiene que compensar la ortodoxia del ajuste. El envío del proyecto del aborto -que fue anunciado por Vilma Ibarra, quien parece estar preparándose para una candidatura en la Ciudad, pero ella lo niega- debe interpretarse en ese equilibrio, que tendrá impacto interno. Los votos en el Senado dicen, deberá trabajarlos el propio Presidente: una manera de preservar a Cristina de una tarea que parte en dos al bloque oficialista.

Todo está pensado para el 2021 y las elecciones. El Gobierno apuesta a la vacuna, ajuste y el rebote económico, para enfrentar las elecciones con más optimismo que el actual. La oposición está en una encrucijada porque tampoco le conviene el caos económico y una inflación desaforada.

Ricardo Kirschbaum

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