Domingo, 27 Diciembre 2020 13:12

Comisarios, ojos propios y una enorme torpeza - Por Ricardo Kirschbaum

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La idea de nombrar a un jefe y ponerle a un segundo que no le responda es operativamente pésima en todos los casos.

En la escandalosa remoción del embajador argentino en China ha prevalecido una vez más la política interna por encima de otros intereses que superen claramente ese vuelo de perdiz, como definía Juan Perón a quienes carecían de visión estratégica. El inexorable desplazamiento de Luis Kreckler entrará en el libro Guinness de los récords: lo trasladarán a Buenos Aires antes que pueda presentar sus cartas credenciales al presidente Xi Jinping.

Es el resultante de una torpeza que habla de desmanejo y desconocimiento de reglas elementales en un cuerpo diplomático que, más allá de preferencias, odios y envidias personales escondidos detrás de sonrisas y gestos amables, observa con sorpresa el destrato de uno de sus embajadores seniors. Se podría haber salvado ese episodio con simple llamado telefónico: si Kreckler conoce bien algo son las reglas de su profesión y la burocracia que la sostiene.

Dejemos las formas y vamos al fondo del sistema. La idea de nombrar a un jefe (una embajada, en este caso) y ponerle un segundo que no le responde y que opera como comisario es operativamente pésima, en todos los casos. Y eso que Kreckler llegó a Beijing de la mano de Cristina Kirchner. Más cuando el segundo, Sabino Vaca Narvaja, nunca escondió su intención de ser el número uno en China. Y conspiró para eso utilizando no solo su vinculación con la Vicepresidenta sino sus lazos con la Casa Rosada.

Ahora se hará cargo de hecho: para ser jefe de misión debe ser nombrado como embajador político con acuerdo del Senado. Aquí parece haber prevalecido, también, la idea de tener ojos propios o, lo que es lo mismo, no tener ojos "ajenos" en una creciente vinculación política y comercial en la que abundan los acuerdos comerciales directos.

Hay otros factores. La existencia de referentes externos a la línea natural genera problemas: un embajador con línea abierta con ministros y asesores presidenciales, y un Canciller que constantemente siente que lo pasan como alambre caído, para usar las clásicas metáforas camperas de Felipe Solá, disparan reacciones, como ésta, en la que se utilizan excusas que son coartadas de otras razones ocultas. Por ejemplo, el asunto de las vacunas chinas que está a punto de cerrarse ─Gines estuvo negociando ayer por video conferencia─ y otras fruslerías. Pero remover al embajador en una de las potencias mundiales requiere, a priori, una consulta con el Presidente. O alguna seña de Cristina. ¿Las hubo?

Kreckler ha sido mencionado, en otro momento histórico, como uno de los candidatos a Canciller de Cristina. Quizá en la resolución de Solá de su traslado se haya cruzado ese fantasma, en un cuadro de su creciente aislamiento en el gabinete, según testimonios directos. También la sensación de acorralamiento suele provocar estas reacciones para tratar de recuperar la iniciativa. 

Ricardo Kirschbaum

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