Domingo, 09 Mayo 2021 10:41

Alberto Fernández busca aire, con Martín Guzmán débil y desafiante - Por Ricardo Kirschbaum

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El desafío del Ministro es evidente: ratifica que tratará de hacer lo que Basualdo y su facción se niegan.

Un clásico para los ministros: comerse un amague. Consultan al Presidente, éste les da su acuerdo y lo entonces lo llevan a la práctica. Si causa ruido interno, son amonestados por Fernández por ejecutar algo que aún no estaba "totalmente" decidido. Les pasó a varios que masticaron bilis porque quedaron a la intemperie cuando esa decisión acordada desata la furia de la socia mayorista del Frente de Todos. El último en pisar esa mina fue Martín Guzmán, cuya metamorfosis es un retrato de su realidad política: ha pasado de ser el "chico maravilla" -así lo apodan irónicamente alguno de sus colegas- a "delegado del FMI" en la Argentina, como despectivamente lo llaman en el kirchnerismo más cerril.

El ministro sufre la furia de Cristina, quien del respeto pasó al destrato y de allí a la descalificación ("Que se baje del pony", dicen que le espetó a Fernández refiriéndose a la presunta soberbia de Guzmán).

El problema de fondo es el sistema sobre el que se formó el gobierno en el que prevalece más la opinión de Cristina que la del Presidente. Todos los días hay un caso Basualdo atenuado. Por ejemplo, Guzmán en una reciente visita a Moscú dejó afuera de las reuniones al embajador argentino. El diplomático informó a la Vicepresidenta de esta marginación y no al Canciller, su jefe formal. O al Presidente, que se enteró por Cristina de esta fricción.

Guzmán ha dado otro paso contra la opinión del kirchnerismo pidiendo la segmentación de los subsidios. No dijo nada nuevo: son de privilegio. Es cierto, pero para el mundo K es un insulto intolerable. La definición del ministro ocurrió el mismo día que Fernández anunciaba ayudas sociales, que antes había descartado, para aliviar la presión de su socia.

El desafío del ministro es evidente: ratifica que tratará de hacer lo que Basualdo y su facción se niega. Su margen de maniobra es cada vez más estrecho, aunque conserva la libertad para irse. Y si Guzmán renuncia en este año electoral, cuyo resultado teme el gobierno, tendrán un problema mayor del que ya tienen. El único programa del ministro es tratar de reducir el déficit. Eso significa restricciones que Cristina y Máximo no aceptan porque piensan que puede ser letal para su futuro político y judicial.

Allí está el nudo de la cuestión. El zigzagueante Fernández grita impotente intentando que su discurso sea creíble. No le habla a la sociedad, su mensaje destemplado está dirigido a Cristina, envuelta en su furia.

El apaciguamiento que intenta el Presidente no le está funcionando. Quizá debe escuchar por una vez algún consejo, como el que los sindicalistas le acercaron a su oído en el último almuerzo en Olivos. Que use el poder que tiene, le dijeron.

Hoy parte a Europa para recomponer su imagen. Tendrá una agenda fugaz pero importante: lo recibirán un abollado Pedro Sánchez, Emmanuel Macron, Mario Draghi, Sergio Mattarella, el Papa Francisco, el portugués Antonio Costa. Lo lleva a Guzmán como un acto de reafirmación.

Puede tener ese efecto para el ministro o ser el lustre de lujo de su funeral.

Ricardo Kirschbaum

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