Domingo, 30 Mayo 2021 10:32

El contorsionismo de Fernández para salvar su gestión - Por Ricardo Kirschbaum

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Espera que Washington lo elija como mediador en el caso de Venezuela, que lo ayude con el FMI y que le done vacunas. Una cara de una política en la que Cristina Kirchner no se refleja.

Julio Borges, el canciller del gobierno venezolano fantasma de Juan Guaidó, que reconocen muchos países, pero no Argentina, interceptó a Felipe Solá en Quito: quería saber cuál era la posición de Estados Unidos sobre Venezuela.

El canciller argentino, paradójicamente, desea también conocer cuáles serán los próximos pasos de Biden frente a Maduro. La conclusión de este breve encuentro es que la oposición venezolana (hubo un llamado de Henrique Capriles a un alto funcionario argentino, todavía no retribuido) y la Casa Rosada creen que Fernández puede -¿o debe?- ser el elegido como mediador para encontrarle una salida al laberinto dictatorial del chavismo remanente. Para cumplir ese rol, todas las partes deben tener confianza: la oposición fragmentada, pero en proceso de recomposición; Maduro con sus aliados Cuba y Rusia; y Estados Unidos. Precisamente de Washington es que Fernández está esperando la señal -algo se conversó en Quito con Juan González, el asesor de Biden en la región- pero mientras tanto está desbrozando el camino para recuperar terreno ante la desconfianza chavista, abandonando todas las acciones agresivas contra el régimen y amparándose en el paraguas en las graves denuncias de Bachellet por ejecuciones masivas y violaciones abiertas de los derechos humanos.

Difícil desafío. Ya lo intentaron varios. El último, Rodríguez Zapatero, el socialista español que se empantanó con sus propias contradicciones y quedó como lo que fue, un funcional a la arbitrariedad bolivariana. El gobierno de Maduro no se contradice: es decidida y visiblemente antidemocrático. Pero Fernández persigue, con ánimo, dificultades que asustarían a cualquiera.

Tal vez esté apostando a esta misión como recurso internacional para salvar su decididamente opaca gestión presidencial.

Esa esperanza de que Washington lo elija como mediador, que lo ayude con el FMI y que le done vacunas, es una cara de una política en la que Cristina Kirchner no se refleja. Dicen que el Presidente se quedó de una pieza cuando vio al pie de esa declaración kirchnerista pidiendo la suspensión del pago de la deuda la firma de su aliado Héctor Daer, jefe de la CGT, uno de sus aliados. ¿Comparte la Vicepresidenta la presunta mediación con su aliado Maduro? ¿O lo dejará colgado del pincel, como lo hizo tras las gestiones europeas, si Alberto se tira al pantano venezolano?

Hay otros contrastes fuertes con EE.UU. y Europa, a quien también se le pide ayuda por la deuda que aquí se plantea no pagar. El discurso que dará Fernández ante el Partido Comunista chino en pocos días no es inocente como gesto para Washington. Pero el oportunismo del Gobierno puede más en esta exhibición de contorsionismo político. Una decisión que fue tomada en soledad en la Casa Rosada, sin consultas.

Los halagos a China y la extremada cautela con Rusia -cualquier comentario sobre la piratería aérea de Bielorusia podría afectar los vuelos a Moscú para traer vacunas- son actos de extrema necesidad, pero también marcan en trazo grueso un paulatino alineamiento a una visión del mundo donde lo que no abunda es la democracia y los derechos individuales que constituyen el corazón del relato del kirchnerismo. En los discursos se puede estar con Dios y con el Diablo, pero en los hechos es mucho más difícil. A menos que se resuelva quedarse callado. En el conflicto Israel-Hamas, el Gobierno habló, condenando la desproporcionada respuesta de Israel a Hamas, reconociendo a esta facción como si fuera un país y no un partido político con un poderoso brazo armado.

La política exterior del gobierno podría parecer inentendible, pero con cierto esfuerzo se entiende. Refleja con bastante fidelidad el forcejeo interno y quién gana en cada pulseada.

Ricardo Kirschbaum

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