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Domingo, 20 Septiembre 2020 10:44

La inversión, hundida en un pozo histórico - Por Alcadio Oña

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El Gobierno no logra encontrar la manera de recrear la confianza para que las empresas se decidan a invertir en el sector productivo.

Se sabe, y se sabe hace mucho, que en unos cuantos sentidos la Argentina es un país dólar-dependiente, que su economía no genera ni de cerca las divisas que necesita para funcionar, que las crisis cambiarias son un peligro recurrente al que más vale anticiparse y, finalmente, que en muy pocos espacios los problemas retumban como en éste.

Los sacudones del tiempo más reciente empezaron a sonar cuando el Frente de Todos barrió a Cambiemos en las PASO de agosto del año pasado y cuando, ya con el poder a tiro, comenzó a agitarse a su alrededor la sombra sin continente de Cristina Kirchner.

Desde entonces, las reservas brutas del Banco Central cayeron US$ 20.000 millones y US$ 2.000 millones desde que Alberto Fernández desembarcó en la Rosada. Si la cuenta pasa por el dólar blue, tenemos una trepada del 200% en un caso y otra del 100% en el segundo. Y del ahora mismo, un par de datos fuertes adicionales: los activos del BCRA disponibles de inmediato van de US$ 4.000 millones a US$ 1.600 millones, dependiendo si se incluye o no el oro, y la brecha entre el paralelo y el tipo de cambio oficial, una amenaza que no existía en agosto de 2019, ronda el 90%.

La primera conclusión sobre este cuadro salta obvia: frente a una economía que cruje por donde se mire y a un clima político espeso, la consigna para el que puede es instalarse en ese viejo refugio llamado dólar. La segunda conclusión pega en el palo de la obviedad: canta que el kirchnerismo rifó cuatro meses y entró al gobierno sin haber pensado siquiera en un mini paquete de medidas que alentaran la oferta de divisas y que, cruzado de internas, optó por el rudimentario recurso de aplicar cepo sobre cepo, esto es, por ahogar la demanda.

Tenemos, encima, un batifondo público al interior del propio gobierno: desde un Presidente y un ministro de Economía que descartan de plano la idea de reforzar el torniquete cambiario, hasta un jefe del Banco Central que pocos días después lo refuerza, si no lo reforzó en realidad la jefa de la AFIP. Todo, acompañado de un repentino apriete a las empresas para que refinancien sus deudas en divisas, dictado por la urgencia de preservar reservas líquidas que van agotándose.

En el reino de las reglas de juego móviles, de la improvisación, del desorden y la desconfianza, varias empresas extranjeras han resuelto plantar bandera. Hay compañías que comercializan bienes de consumo masivo, algunas muy dependientes del filtro a las importaciones, y gerentes que ya no logran convencer a sus jefes de las casas matrices de aguantar hasta que algo aclare. Resulta difícil colar aquí al centralismo del puerto, a la meritocracia o a lo que venga.

Puede parecer descolgado, casi extravagante, hablar de inversiones productivas en semejante contexto, y quizás lo sea. Solo que ahí aparece un dato que muestra dramáticamente hasta dónde hemos retrocedido y, además, una explicación para cosas sólo en apariencia desacopladas.

Medida en valores corrientes y tras una caída que el Ministerio de Economía calcula en alrededor del 25% y la Fundación Capital en el 30%, la relación inversión real-PBI andaría por el 14,8% a fin de año. Esto es, un registro negativo que no tiene precedentes en la última serie del INDEC: resulta incluso inferior al 15,8% de 2004, de hace nada menos que 16 años.

En tren de agregar referencias, tenemos el promedio del orden del 20% en América latina; cerca del 25% en Chile y Perú y algo más del 20% en México y Colombia. Todo desconocido en la Argentina.

Muy simplificadamente, decir inversión equivale a decir crecimiento y empleo futuros, significa procesos de producción modernos, tecnología y mayor capacidad para competir en un mundo cada vez más competitivo. Pero el efecto arrastre sobre la actividad económica no es el mismo si la inversión se concentra en máquinas y equipos que si empieza y termina en construcciones, aunque todo lleva un sello común: el de arriesgar plata.

Visto el cuadro completo, la conclusión indica que en la Argentina se está quemando capital ya invertido en cantidad y que no se lo repone, o se lo repone contra ciertas garantías firmes de recupero. El problema es que de repente esas garantías desaparecen, con pandemia y sin pandemia.

Nada casual, este proceso coincide con una década de estancamiento económico y con un PBI por habitante que, de tanto retroceder, está al mismo nivel que tenía en 2004-2005. Para más datos: en los últimos 15 años, incluidos los cuatro de Macri y los cuatro finales de Cristina, la fuga de divisas sumó impresionantes US$ 150.000 millones de los cuales ninguno fue obviamente a la inversión real.

Bien concreto entonces: escape de dólares y jubileo cambiario, antes y ahora, con independencia de los colores partidarios y sin relato que valga.

Algo parecido ocurre dentro del Estado con una variable clave en todos los sentidos. Después de retroceder al 0,8% del PBI este año según estimaciones privadas o al 1,3% según el Ministerio de Economía, el Presupuesto Nacional anuncia repunte de la inversión pública al 2,2% del PBI para 2021.

Así, sostiene Martín Guzmán, "la infraestructura volverá a ser el motor de la economía, de la generación de empleo y la competitividad de las empresas con un criterio inclusivo y federal". Sería bueno que eso que anuncia el ministro fuese cierto, empezando por el 2,2%, pero allí ya asoma un brote de grandilocuencia excesivo.

Aún sin ser un gran número para un Estado que gasta tanto como el 40% del PBI, ese 2,2% queda lejos del 3,9% que promedia la inversión pública en América latina. Y muy lejos de las necesidades de un país con enormes déficits de infraestructura y que carga con un lastre que aumenta costos y descoloca producción nacional en el mundo.

Parientes directas, conectadas por todas partes, la inversión productiva y la inversión en infraestructura clavadas en niveles de hace 16 años son una prueba, redomadamente redonda, de la Argentina que sigue hundiéndose. Y está claro, o debiera estar claro, que de este pozo no se sale con pura retórica, menos con discursos a veces tan antiguos que en cualquier momento aparecen el empréstito de la Baring o el Pacto Roca-Runciman.

En el mientras tanto, fuentes muy cercanas a Fernández advierten que vienen muy duras las negociaciones con el Fondo Monetario y que, pese al interés del Gobierno por cerrar pronto, el acuerdo luce demorado. Luz en principio amarilla, para las expectativas de quienes apuestan a que desde allí vendrán noticias que calmarán la fiebre cambiaria. Y sin devaluación.

Alcadio Oña

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