Miércoles, 02 Marzo 2022 07:24

Chicanas al macrismo, tarifas y reforma judicial: el Presidente eligió un discurso a la medida de Cristina - Por Fernando Gutiérrez

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Alberto Fernández se arriesgó al enojo de la oposición para reconquistar la simpatía del kirchnerismo, que dio señas de frialdad ante el acuerdo con el FMI 

El discurso de Alberto Fernández ante la asamblea legislativa dejó al desnudo el complejo ajedrez político al que se enfrenta el Presidente. Ante la inminencia de un acuerdo con el Fondo Monetario Internacional al que el kirchnerismo se opone, Alberto decidió jugar todas sus cartas: pronunció un discurso a la medida de Cristina Kirchner, sobreactuando la dureza frente a una oposición que, en su fuero íntimo, tanto el Presidente como los macristas saben que de todas formas terminará dando su voto para evitar que el país caiga en default. 

Es por eso que, contra lo que podría indicar el sentido común, Alberto abandonó su tono de tregua del pasado 28 de enero, cuando al anunciar el preacuerdo con el FMI había evitado las críticas a Macri y había dicho: "La historia juzgará quien hizo qué. Quién creo un problema y quién lo resolvió. Los invito a mirar hacia adelante sin olvidar el pasado".

Apenas un mes después, el Presidente eligió alejarse de aquel tono conciliador y sobreactuó la dureza frente al macrismo. Primero, buscó emparentarse con Cristina al recordar que ambos habían sido los únicos presidentes a quienes el Congreso había dejado sin una ley de presupuesto.

Pero, sobre todo, la táctica de Alberto consistió en recordar que el año pasado, en su mensaje ante el Congreso, había anunciado que el Estado se presentaría como querellante para acusar a quienes habían firmado en 2018 el "stand by" con el FMI.

En aquella oportunidad, el Presidente había equiparado la firma del acuerdo con los delitos de "administración fraudulenta" y "malversación de fondos". Una causa, por cierto, con casi nulo grado de avance en la justicia, cosa que Alberto recordó, mientras las cámaras de la TV pública hacían foco en los jueces de la Suprema Corte que escuchaban inmutables en el recinto de la cámara de diputados.

Un enojo opositor funcional al Presidente

Lo cierto es que el mandatario pisó terreno pantanoso al mencionar este tema. Primero, por la escasa coherencia de insistir con el carácter delictual de un acuerdo, cuando él mismo está por firmar un nuevo entendimiento que, de facto, asume como legítimo lo que en su momento firmaron Nicolás Dujovne y Federico Sturzenegger.

Pero, además, porque el argumento acusador se contradice con lo que él mismo sostuvo hace escasos días, al atestiguar en favor de Cristina Kirchner en la causa judicial por presuntos sobreprecios en la obra pública.

Como recordaron varios diputados opositores al término del discurso, suena extraño que el Presidente haya sostenido en el tribunal que las decisiones de política económica de los funcionarios no son materia judiciable -el argumento defensivo principal de Cristina tanto en la causa "dólar futuro" como en "obra pública"- pero al mismo tiempo ser equipara a delito un acuerdo con el FMI que, según la ley vigente, no obligaba a la ratificación parlamentaria, y que se firmó en las mismas condiciones que los 21 acuerdos con el Fondo a lo largo de la historia argentina.

Pero el Presidente, en medio de una agenda urgente, no estaba para solucionar esas sutilezas. Su objetivo central era lograr una corriente de empatía con su vicepresidenta, con quien hacía semanas que no tenía comunicación.

Cristina, sabedora de que todas las miradas estarían sobre ella, estuvo correcta pero fría a lo largo de toda la ceremonia. Un acto que, por otra parte, ya había comenzado con el indisimulable factor de tensión de la ausencia de Máximo Kirchner.

Y lo cierto es que la retirada en masa de los diputados y senadores del PRO -uno de los pocos momentos en que Cristina sonrió efusivamente- terminó jugando a favor del impacto que Alberto quería causar. Porque un escándalo que luego sería profusamente tratado por la prensa y las redes sociales terminaría tapando otro tema que al mandatario le preocupaba más: que alguien sacara el "aplausómetro" y midiera el escaso entusiasmo que sus menciones al acuerdo con el FMI provocaron en la propia bancada del kirchnerismo.

Aunque las cámaras de la TV pública hicieron lo posible por evitar esas imágenes, en más de una ocasión quedó en evidencia cómo sólo parte de los legisladores apoyaron con aplausos y gestos de aprobación las definiciones sobre el acuerdo con el Fondo, mientras el sector más directamente volcado a Cristina Kirchner mantuvo una actitud fría.

Un escándalo tapó la frialdad del kirchnerismo

Desde ese punto de vista, podría concluirse que fue una suerte para Alberto que toda la atención mediática haya estado en la escandalosa retirada de los legisladores opositores, así como en la muestra de banderas ucranianas, una explícita crítica al acercamiento del Presidente a Rusia en las semanas previas a la invasión.

A esta altura, los carteles con reproches, reclamos y chicanas ya se han constituido en un elemento folclórico de cada primero de marzo, y por cierto que la entonces oposición peronista sacó provecho de ello en cada presentación de Mauricio Macri.

El Presidente daba por descontado que los reproches por su alineamiento internacional estarían presentes. Por cierto que su situación era incómoda, tras haber pronunciado ante Vladimir Putin su ya célebre frase desafortunada, en contenido y "timing": "Tenemos que ver la manera que Argentina se convierta de algún modo en una puerta de entrada para América Latina para que Rusia ingrese en América Latina de un modo más decidido".

Su defensa respecto de su estrategia de alineamiento internacional consistió en anunciar que, como resultado de su visita a Beijing -en la misma gira que lo llevó antes al Kremlin- había obtenido una ampliación del swap de monedas con China. En otras palabras, que había logrado un refuerzo a las reservas del Banco Central, lo cual iba en el sentido que él mismo se había comprometido con el Fondo Monetario Internacional.

Por otra parte, la mención al renovado reclamo por la soberanía de las islas Malvinas fue en la línea del mensaje que publicó Cristina Kirchner un día antes, en el cual equiparó la situación de las islas a la de la península de Crimea, ya que en ambos casos hubo un plebiscito en pro de un separatismo que fue desconocido por Argentina.

Reforma judicial, concesiones a CFK

Pero si hubo un tema en el cual Alberto Fernández sabía que tenía que jugar fuerte para congraciarse con su vicepresidente, ese era el de la justicia. Todavía con muchas causas judiciales pendientes, el tema sigue siendo hipersensible para Cristina.

De manera que Alberto volvió a mencionar la actitud ilegal de los servicios de espionaje que se mueven "en los sótanos de la democracia". Y hasta tuvo una crítica velada hacia el otro dirigente que se sentaba en la mesa principal: Sergio Massa. Alberto recordó que su proyecto de 2020 para reformar el sistema judicial había perdido estado parlamentario porque, luego de haber sido votado por el Senado, nunca había avanzado en el ámbito de la cámara de diputados.

Fue por eso que mencionó una batería de proyectos, todos a la medida de Cristina Kirchner: uno para reflotar la reforma cajoneada en 2020, otro para revisar la conformación del Consejo de la Magistratura y otro para la conformación de la propia Corte Suprema de Justicia, una causa abrazada por el kirchnerismo duro en la que, hasta ahora, el Gobierno se había mostrado alejado. Además, mencionó una reforma sobre al accionar de los servicios de inteligencia.

El dato fundamental, camuflado entrelíneas

Todos esos párrafos del discurso fueron, desde el punto de vista político, una concesión de Alberto hacia Cristina. Que tenían un objetivo muy claro: el de obtener una contraprestación fundamental, a la hora de votar el acuerdo con el Fondo Monetario.

Alberto sabe que, por más enojo que pueda haber causado entre los macristas sus chicanas, a la hora de la verdad la oposición acompañará al acuerdo, porque no querrá asumir la responsabilidad política de empujar al país hacia el default.

Esto implica que el sector al que verdaderamente había que seducir y convencer era al kirchnerismo. Todos los datos económicos compilados por los ministros Martín Guzmán, Matías Kulfas, Julián Domínguez, Jorge Ferraresi y Juan Zabaleta tenían un único objetivo: demostrar que, a pesar de los contratiempos generados por la pandemia, se había avanzado en la obra pública, en la recuperación industrial, en la construcción, en el reparto de dinero para planes sociales y que hasta se estaba llegando a acuerdos con el gran enemigo de la política económica oficial: el campo.

Eludió cuidadosamente mencionar algunos de los costados más frágiles de su política económica, como la pérdida de poder adquisitivo real de los jubilados, que realmente oficiaron como variable de ajuste fiscal durante los primeros dos años de la gestión.

Y cuando mencionó la inflación, hasta moderó su habitual crítica a "los que tienen la costumbre de remarcar por las dudas" y llamó al acuerdo económico y social con sindicatos y empresarios.

Lo cierto es que el mantra de Alberto, omnipresente en su discurso, fue que el acuerdo con el Fondo no sólo no comprometería al crecimiento, sino que lo ponía como condición previa para poder lograr la estabilidad.

Repitió una de sus frases preferidas, la que hace referencia a la "ética de la responsabilidad" del gobernante, para destacar una vez más que el acuerdo con el FMI es la única salida posible. Y, aunque no lo dijo explícitamente, dio a entender que cualquier propuesta que eluda la firma del acuerdo, implicaría un caos del cual sólo se perjudicarían los trabajadores.

Pese a sus esfuerzos, el Presidente no logró expresiones de entusiasmo por parte de la bancada kirchnerista, que todavía se debate sobre si "tragar el sapo" de firmar un acuerdo al que ven demasiado parecido a un ajuste económico.

El Presidente enfatizó en conceptos que ya había mencionado anteriormente, como que un logro de la negociación era la ausencia de exigencias de reformas jubilatorias y laborales.

Pero no pudo evitar mencionar el tema más álgido de la negociación: el de la disminución en los subsidios estatales a la energía, que se traducirá inevitablemente en los ajustes de tarifas públicas. Y lo hizo con cierta habilidad, camuflando lo inevitable como si fuera un logro.

"En Argentina se acabaron los tarifazos", dijo para el aplauso de la tribuna oficialista. Pero su anuncio tuvo el dato fundamental escondido entrelíneas. Dijo que los subsidios se mantendrían, pero en vez de aludir al 20% de aumentos que se venía defendiendo hasta ahora, dijo que se reflotaría la propuesta de Massa que Macri vetó en 2018.

Aquel proyecto de ley topeaba los incrementos tarifarios en la variación salarial. Lo cual, aplicado en un año de alta inflación, implica que habría margen como para que las tarifas pudieran, como regla general, incrementarse por encima del 40%, que es la pauta salarial de referencia que el propio ministerio de Trabajo está utilizando en las paritarias.

¿Logrará Alberto que con esas argumentaciones se venza la resistencia kirchnerista al acuerdo? Todavía no hay señales claras al respecto, pero quedó en evidencia que el Presidente hizo un esfuerzo de acercamiento a Cristina, la destinataria privilegiada de su discurso.

Fernando Gutiérrez

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