Miércoles, 01 Junio 2022 11:41

Los negocios oscuros en la curia porteña que tienen en vilo al cardenal Poli - Por Facundo Pereyra

Escrito por Facundo Pereyra

No es noticia que la Iglesia Católica es la institución no gubernamental que más propiedades posee en el país: templos, capillas, universidades, colegios, hospitales, estadios, estacionamientos, locales comerciales, campos, entre otros. Es este manejo el que se convierte en una pesadilla para quien debe ocupar temporalmente alguna sede episcopal. 

Tal es el caso de la cátedra del arzobispado de la Ciudad de Buenos Aires, capaz de generar un poder político incalculable y hasta de poner un Papa, es decir, a la máxima autoridad de un rebaño con más de 1.000 millones de ovejas, embajadas y relaciones diplomáticas con todo el orbe: una monarquía con pequeño territorio geográfico pero que, paradójicamente, se extiende a lo largo y a lo ancho del mundo en sus miles de cardenales, nuncios apostólicos, arzobispos, obispos, sacerdotes y monjas, sin contar con funcionarios políticos de fuerte ligazón que los hay en todos los gobiernos, como es el caso de Gustavo Béliz, cercano al Opus Dei. 

Las operaciones realizadas alrededor de cinco propiedades pertenecientes a la curia porteña dejó al descubierto una trama de negocios “descuidados” por parte del arzobispado y falta de transparencia y controles, lo que terminó en una fraterna “auditoría vaticana”. El Papa Francisco, ex arzobispo de Buenos Aires, decidió auditar no sólo a su antiguo territorio pastoral sino a la gestión de su amigo Mario Poli, a quien él mismo hizo salir de la tranquilidad de La Pampa para sentarlo en la oficina que se enfrenta a la Casa Rosada y que debe medirse anualmente en cada tedeum con el presidente de turno.

Las propiedades en cuestión son la Casa del Catequista, ubicada en Palermo (Guatemala 5674); dos enormes locales: uno el barrio de Recoleta (José Evaristo Uriburu 1141) y el otro en el que funciona la sucursal de una reconocida marca de supermercados de origen francés; un estacionamiento en la calle Rodríguez Peña 835, y 2 hectáreas en el barrio más caro de la ciudad, Puerto Madero; todos terrenos de gran valor inmobiliario y que hoy son el dolor de cabeza del cardenal Poli.

La venta, alquiler y la extensión de concesiones (como es el caso del estacionamiento, que fue prorrogada por cuarenta años a la empresa que lo venía haciendo hasta ese momento), cabe aclarar que solo en esa misma manzana hay otras dos propiedades pertenecientes al arzobispado, puso en evidencia que las mismas se habían realizado sin la autorización y control del Consejo de Asuntos Económicos y el Consejo de Consultores, ambos organismos dispuestos en el Código de Derecho Canónico para este tipo de actividades.

¿Quién autorizó estas operaciones? ¿Estaba el cardenal Poli al tanto de esto? ¿Sabían el cardenal y los obispos auxiliares que los mandatos de los consejos estaban vencidos y, por tanto, no funcionaban regularmente? ¿Por qué el Papa no citó a su amigo Poli a Roma para consultarlo por estas presuntas irregularidades antes de enviarle una auditoría? ¿Hablaron de esto en la audiencia privada que mantuvieron el Papa y el cardenal pocos días después de la visita de los auditores a Roma? ¿Quién se benefició con estos negocios?

Todas preguntas que seguramente los auditores estarán tratando de develar y otras que probablemente nunca trasciendan los herméticos muros eclesiásticos, a donde la señal de celular parece aún no llegar. Sin embargo, no es la primera vez que la curia porteña se ve involucrada en raros manejos económicos.

LOS 10 MILLONES DE DÓLARES

Habían pasado pocos meses desde que Bergoglio asumió como arzobispo de Buenos Aires, para el desagrado de monseñor Aguer que siempre soñó con usar solideo cardenalicio y concluyó su vida pastoral como arzobispo platense y columnista de televisión. En una tranquila mañana en el arzobispado porteño la Justicia decidió allanar las oficinas de la curia por orden de la jueza Marcela Inés Garmendia, titular del juzgado de Transición del departamento judicial de La Plata.

¿La causa? El nexo entre la quiebra del Banco de Crédito Provincial y la Iglesia Católica, en la que quedaron comprometidos Pablo y Francisco Trusso, hijos de Francisco “Paco” Trusso, ex embajador ante la Santa Sede. Su hijo, de igual nombre y presidente de dicho banco, permaneció prófugo hasta que fue detenido en la localidad de Miramar, en una propiedad perteneciente a la familia del cardenal Leonardo Sandri. Cabe aclarar que el hermano de Sandri, quien hoy ocupa aún un importante Dicasterio en la Santa Sede, trabaja en el banco.

El Banco de Crédito Provincial había dejado de operar en agosto de 1997, dejando sin respuesta a alrededor de 30 mil ahorristas, entre ellos la Mutual Sociedad Militar Seguro de Vida, que contenía fondos pertenecientes a miembros de las fuerzas armadas. Cuando esta fue en busca de sus fondos se encontró con que habían sido girados al arzobispado porteño, el total ascendía a 10 millones de dólares, aunque la investigación se extendería a 21 mil créditos otorgados por este banco del que la iglesia era su fiadora, por un total de 64 millones de dólares.

Trusso fue condenado a ocho años de prisión, pero en poco más de un año monseñor Héctor Aguer pagó la fianza que le devolvió su libertad, la misma habría ascendido a 1 millón de dólares.

Al momento del allanamiento solo se encontraba en el arzobispado porteño monseñor José Luis Mollaghan, luego arzobispo de Rosario e investigado también por el Vaticano, en el año 2014, por desmanejos de fondos. Por este motivo el Papa Francisco lo nombró miembro de la Congregación para la Doctrina de la Fe y lo corrió de la sede episcopal santafesina. En la iglesia hay un dicho según el cual “los clavos se sacan para arriba”.

Un año después monseñor Oscar Sarlinga, obispo de Zárate-Campana, decidió solicitar un permiso para dedicarse a la oración en privado y dejar sus obligaciones en la curia, también asediado por graves sospechas de desmanejos de fondos y lavado de dinero, en el tapete años antes de haber intentado jubilar al, en aquel momento, arzobispo Bergoglio y quedarse con su lugar, con ayuda del por entonces jefe de Gabinete, Sergio Massa, y el embajador ante la Santa Sede, Esteban Caselli.

Con las salidas de Mollaghan y Sarlinga, y la presuntamente rechazada renuncia de monseñor Aguer al momento de la elección del Papa Francisco, dejó en evidencia quiénes eran los elegidos por el nuevo pontífice para ser visitados e ignorados no en buenos términos; lo que nadie anticipaba era que su sucesor, Mario Poli, correría la misma suerte.

Hoy la suerte del cardenal Poli es incierta, aunque sí está claro que según dicta el Código de Derecho Canónico debería haber presentado su renuncia, puesto que en noviembre próximo cumplirá 75 años, edad en la que los obispos deben jubilarse si el Papa así lo considera, aunque seguirá siendo cardenal con posibilidad de ser elegido Papa hasta que cumpla 80 años.

Las miradas hoy están puestas en el arzobispo platense e hijo político-eclesial del Papa Francisco, quien el 14 de mayo pasado visitó de forma privada al santo padre, encuentro del que trascendió una foto juntos, pero solo eso. Aunque los desmanejos económicos de la curia porteña bien pueden funcionar como un “tiro por elevación” y dejarle libre el lugar a otros obispos que ambicionan con ese sillón, como el arzobispo de Bahía Blanca Carlos Costa y el sonriente Eduardo García, de la diócesis de San Justo.

¿Correrá Poli la misma suerte que monseñor Mollaghan y ser refugiado en Roma? ¿La Plata pondrá al próximo arzobispo porteño y, por ende, cardenal primado? Una serie de la que solo hemos visto su primera temporada.

Facundo Pereyra

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