Domingo, 10 Julio 2022 09:43

Lo peor de la crisis está hoy en la lucha por el poder - Por Alcadio Oña

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La pelea de Cristina Kirchner contra Alberto Fernández ya manda sobre todas las decisiones. Y ha llevado las cosas demasiado al límite, incluido al propio gobierno. 

Siempre hubo un riesgo enorme, aunque al fin previsible, en la batalla sin cuartel que Cristina Kirchner emprendió contra Alberto Fernández por el poder, por los recursos del poder y las decisiones del poder. Esto es, el riesgo de que en los hechos perdieran los dos o que terminaran tal cual están hoy, magullados y al borde del abismo. 

Una voracidad política y una valoración personal sin límites, más un considerable desinterés por los efectos colaterales motorizaron el operativo de la vicepresidenta. Y si su manera de medir la cuestión pasa por el resultado de la pelea, ha clavado la ficha en el casillero que quería ocupar desde el comienzo: el Ministerio de Economía. O sea, en el espacio que concentra aquellos grandes atributos del poder.

Fue tanto el empeño que Cristina puso en conseguir el objetivo que, recién llegado el momento de coronar la operación, advirtió que algo faltaba: no tenía ministro ni ministra.

Demasiado visible, Silvina Batakis llegó al cargo poco menos que por descarte, después de que varios candidatos más conocidos fueran escapándole, de uno en uno, a la invitación de subirse a la montaña rusa. O poniendo tal cantidad de condiciones que juntas implicaban lo mismo.

De paso, el jubileo dejó al descubierto una falla que es bien de la estructura personal de la vicepresidenta: la incapacidad para armar equipos propios o, si se prefiere, cierto desinterés por algo que si bien trabajoso equivale nada menos que a construir poder.

Aunque ella sea, como es, una máquina de luchar por el poder y de usar el poder a todos los efectos cuando lo ha conseguido.

Está claro, ya, que el encumbramiento de Batakis, ex ministra de Daniel Scioli en la Provincia y más recientemente asesora de Wado de Pedro en Interior, no fue idea de Fernández sino obra del dedo de Cristina. Aun así, a menos de una semana de haber asumido, en lugares clave del Gobierno ya están bajándole el precio: “No alcanza para generar tranquilidad”, dicen.

Pero si esa kirchnerista dura y en más de un sentido dogmática que es Batakis parece poco para lo que pide la crisis, una pregunta salta sola: ¿y quién genera tranquilidad en el Gobierno? La respuesta está en la calle, por donde se mire.

A cuento de eso mismo, vale precisar que durante la cena que Cristina K. y Alberto F. compartieron el lunes pasado, en Olivos, no hubo nada parecido a una recomposición de relaciones, ni siquiera a un acercamiento.

“Todo terminó igual o peor de lo que estaba al comienzo del encuentro”, afirmaba al día siguiente alguien que conoce ese mundo y trabajó con ellos en tiempos de Néstor Kirchner. Y decía más y peor: “Está todo roto y va a costar recomponerlo”.

Apretados por ese precedente y sobre todo por el miedo que les despierta la velocidad y la voracidad de la crisis económica, Cristina y Alberto volvieron a reunirse este miércoles a la noche, ahora con el agregado de Sergio Massa. La cuenta da que en menos de una semana hicieron lo que no habían hecho en meses y meses.

Una recomendación de manual diría que los jefes de la coalición gobernante deben hallar, muchísimo más pronto que tarde, alguna fórmula de convivencia y coincidencias políticas básicas que les permitan salir de la encerrona en que han quedado metidos por méritos propios. Ya en caída, el riesgo es que el tembladeral se lleve puestos a los tres.

Por de pronto, los datos concretos muestran señales de alarma que se generalizan y avanzan por todas partes.

Desde comienzos de julio, el dólar blue subió 34 pesos y cerró a $ 273 el viernes. A $ 300, el contado con liquidación que manejan las empresas estiró al 137% la brecha con el tipo de cambio oficial: pasto para maniobras con exportaciones e importaciones y fugas de divisas que le pegan directo a las reservas del Banco Central, en el momento en que más falta hacen.

Informes privados cuentan, justamente, que en estos ocho días el BCRA debió vender US$ 730 millones para bancar importaciones imprescindibles y tratar de contener sin contener la escapada de los dólares paralelos. Así, las reservas netas, digamos verdaderamente disponibles, se habrían encogido hasta quedar por debajo de US$ 3.600 millones, o sea, no alcanzarían para cubrir ni medio mes de importaciones.

Con compras al exterior de bienes e insumos que cubren cerca del 70% de las cadenas de producción internas, se entiende por qué el Banco Central mete trabas sobre trabas al uso de divisas y ahora hasta para las cuotas de los free shops.

La misma explicación vale para la necesidad de sostener las importaciones energéticas que, entre enero y mayo, esto es, antes de entrar de lleno al invierno sumaron US$ 4.641 millones y sobrepasaron en 205% a las del mismo período de 2021.

Un anticipo de lo que viene y de su probable impacto en la economía.

También fuera de control andan las cuentas fiscales, por culpa de un gasto público que crece 76% y ya ha pasado de largo los 5 billones de pesos. La estrella, aquí, son los subsidios energéticos que el cristinismo defiende: corren al 130% anual.

El caso es que, además, el Gobierno se está quedando sin financiamiento en pesos, porque ya han empezado a borrarse las empresas que le prestaban. La consecuencia se llama más emisión o emisión al mango.

Y en tren de penurias, no puede faltar naturalmente la madre de todas las penurias, esto es la vieja e imbatible inflación. Los primeros datos privados dicen que en julio lácteos y huevos arrancaron con todo, al 6,5% en una semana; que pan y pastas anotaron 4,9% y un 2,8% las bebidas no alcohólicas.

De salto en salto vamos aproximándonos al 80% anual, si no al 100%.

Simultáneamente, entre aprietes, cepos, precios dislocados y escaseces crecientes se van dibujando el fin del rebote que el Gobierno pregonó como la gran recuperación y una caída de la actividad económica que viene tocando pito. La próxima parada diría súper inflación, con recesión y nuevos sacudones a los ingresos laborales y al empleo.

Y a propósito: ¿a la cuenta de quién irá la factura de este 2022, a la de Alberto o a la de Cristina? Bastante más claro que difuso, el juego de la vicepresidenta consistió todo el tiempo en patear la pelota para el campo del Presidente, como si no fuesen parte del mismo Gobierno y ella, la electora de Fernández.

No parece posible, ya, vender siempre el mismo enjuague y pretender que siempre existan compradores incluso tratándose de un producto gastado. Pero mejor no darse por vencido antes de tiempo: Cristina ya ha encontrado al candidato y se llama, obviamente, Martín Guzmán.

Dijo el viernes sobre la renuncia del ministro de Economía: “Fue un inmenso acto de irresponsabilidad política. Un acto de desestabilización institucional”. Nuevamente la pelota fuera del campo propio, aunque ella misma validó el nombramiento del discípulo de su economista favorito, el Nobel heterodoxo Joseph Stiglitz.

Hubo algo más de Cristina este viernes. En principio, un nuevo alarde poder y otro ninguneo a la investidura presidencial cuando dijo: “No voy a revolear a ningún ministro, quédense tranquilos”.

Y luego, cuando se pavoneó con un “quiero ayudar, pero no callándome la boca”. No es cuestión de querer o no querer, esta vez: la vicepresidenta es parte del problema.

Alcadio Oña

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