Domingo, 10 Julio 2022 10:04

El último complot de La Cámpora contra Martín Guzmán, llanto y bronca contra Alberto Fernández - Por Nicolás Wiñazki

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El ex ministro avisó varias veces que se iría si no le daban el poder sobre el área energética, que maneja el kirchnerismo.

"No lo hagas, Martín". La plegaria del Presidente fue escuchada pero no atendida. El mensaje de Alberto Fernández llegó tarde al teléfono de Martín Guzmán. Ya había renunciado como ministro de Economía, pero solo la faltaba oficializarlo. 

Guzmán esperaba desde hacía varias horas que el Presidente le respondiera un mensaje de texto en el que le avisaba su decisión final. El Jefe de Estado pensó que su funcionario clave en la gestión, y en su disputa contra los Kirchner, no iba a dejar su cargo en este momento, a pesar de que le había anticipado un final inminente.

El Jefe de Estado tanteó hasta último momento a funcionarios cercanos que iban a ayudarlo a sostener a Guzmán frente al último complot que La Cámpora organizó para asediarlo por vez número mil.

Guzmán tenía un plan para seguir en Economía, nuevos aliados que prometieron acompañarlo en una nueva etapa con más poder de su lado, aunque faltaba que el Jefe de Estado cumpliera con algunas promesas para que él se convenciera de que valía la pena liderar la resistencia final contra sus enemigos internos.

Fernández se retrasó con las respuestas, y Guzmán renunció con un tuit publicado mientras Cristina Kirchner daba uno de sus discursos.

Guzmán provocó enojos en la Quinta de Olivos, pero aun así ayudó al Jefe de Estado a encontrar a su reemplazante durante el último fin de semana en el que la sociedad también padeció la incertidumbre y angustia frente a un poder que durante treinta horas quedó en shock.

Guzmán lloró.

Fue cuando dejó su oficina en el cuarto piso del Palacio de Hacienda. Saludó a los empleados de todos los rangos. Se iba. “¿Vieron? No soy un robot”, murmuró entre lágrimas.

La partida de Guzmán, de modo paradójico, provocó que los diferentes jefes del oficialismo fracturado volvieran a hablarse, e incluso verse cara a cara. Quien los dividía los unió. Guzmán.

Los Kirchner cambiaron su relato.

Después de boicotear al ministro de Economía, de ponerle trabas en la gestión desconocidas para la opinión pública, de enemistarse con el Presidente hasta el límite de cortar toda comunicación debido a su alianza irrompible con el ministro, dieron vuelta sus discursos.

Ayer, en El Calafate, la vicepresidenta defendió al Presidente por el modo en el que renunció el ministro que ella detestaba: “La renuncia de Guzmán fue un acto de irresponsabilidad”, y después sumó dramatismo describiendo lo que pasó como “un acto de desestabilización institucional”.

Máximo Kirchner, hijo de la Vice, también giró en el aire: “Yo no fui al Presidente a pedirle la renuncia de ningún compañero”, gritó en un acto peronista en Escobar.

Es el mismo dirigente que enfrentó al Presidente diciéndole que “cuando uno quiere conducir debe también obedecer”.

Su madre, la vicepresidenta, alcanzó un punto de escalada no desestabilizadora contra el Jefe de Estado cuando, entre otras cosas, le ordenó a los ministros que militan en La Cámpora que renunciaran en forma conjunta tras la derrota del oficialismo en las primarias del año pasado.

Lo mismo pasó cuando en otro de sus discursos, entremezclados con cartas fulminantes contra el Presidente y sus funcionarios y en especial Guzmán, aseguró que un Gobierno “puede ser legítimo y legal de origen y no de gestión”.

El concepto “contradicción” tiene para los Kirchner un sentido propio.

Guzmán renunció después de avisarle varias veces al Presidente que lo haría si no conseguía el apoyo necesario para gestionar cómo el creía que debía hacerlo, explicitando que La Cámpora lo había cercado con un último complot de los funcionarios de Economía que responden a la vice.

Guzmán entendió que su trabajo sería imposible si el secretario de Energía, un rubro clave para su “plan”, si es que existía tal cosa, seguía siendo el militante K Darío Martínez.

Más aún, el subsecretario de Energía Eléctrica, el sociólogo Federico Basualdo, militante de La Cámpora, no le respondía los pedidos al ministro sobre cómo se implementaría la “segmentación de las tarifas de los servicios públicos” de luz y gas, el modo que encontró el Gobierno de bajar los subsidios a esos rubros subiendo los precios que paga un sector de la sociedad que podría afrontarlos. No le respondía porque tenía orden de la vice de no hablarle. Se lo confesó el secretario de Energía Martínez, que hacía equilibrio entre su jefa y Guzmán.

El ministro le explicó al Presidente que no podía seguir su labor en ese contexto, en el que también el “camporista” interventor del Enargas, Federico Bernal, tampoco le daba respuestas adecuadas.

Se trataba de un plan de La Cámpora, el último, para empujarlo a la desazón.

Guzmán logró que salga el decreto para segmentar las tarifas, pero a los pocos días Martínez emitió una resolución en la que establecían diferencias con la Patagonia. En esa zona del país podrían seguir manteniendo subsidios quienes ganaban sueldos promedio más altos que en el resto del país.

Martínez es oriundo de Neuquén y no oculta su intención de ser gobernador de esa provincia.

El ministro de Economía había encontrado un aliado para enfrentar la situación.

Era Aníbal Fernández, el ministro de Seguridad, a quien le relató sus pesares respecto a estas trabas burocráticas, y a otros desarreglos, como la falta de abastecimiento de gasoil.

Fernández se puso a disposición de Guzmán hasta proponerle que, si el Presidente aceptaba, él asumiría como nuevo encargado del área de Energía. La condición que ponía es que la secretaría pase a tener rango de ministerio.

La última vez que Guzmán habló del tema con Aníbal Fernández fue el viernes a la mañana, en el despacho principal de Hacienda.

El ministro había buscado al Presidente el miércoles de la semana pasada para pedirle la renuncia de La Cámpora en los cargos claves de Energía, y hasta le mencionó a Aníbal Fernández como nuevo aliado en la gestión enfocada en ese tema crucial para la economía. En el mismo diálogo, el aun ministro también le solicitó de modo irreductible al Presidente que le permitiera imponer a un hombre de su confianza en la “mesa de dinero” que maneja el BCRA para enfrentar las crisis del dólar.

Había dejado de confiar en la rapidez de respuesta del presidente de esa entidad, Miguel Pesce.

La primera reacción frente a lo expresado por su ministro de Economía, al que siempre apoyó frente a los mil ataques K, fue de enojo. “Alberto, no puedo seguir con Cristina en contra y con estos boicots en Energía”.

El Jefe de Estado habría aceptado, después de algunas horas de diálogo con su ministro, a quien le confirmó que veinticuatro horas después, el viernes, le exigiría a Martínez que dejara la Secretaria de Energía. Fernández ya había tenido algunos roces con este funcionario. Alguna vez hijo que lo llamara la portavoz Gabriela Cerruti, por ejemplo, para obligarlo a hacer declaraciones públicas sobre el aumento en los precios de la luz y el gas. Su silencio era lo que la vice le había pedido que hiciera.

Fernández le prometió a Guzmán esa renuncia que desataría otra crisis con los Kirchner e incluso le avisó que el sábado por la mañana se reunirían con Pesce.

El viernes, Guzmán se reunió, como se dijo, con Aníbal Fernández, con quien se encontró por la tarde en el acto de la CGT en el que el Presidente dio un discurso.

Aníbal y Martin cruzaron de nuevo palabras sobre su plan contra los “energéticos” de La Cámpora.

“¿Y, loco? ¿Hablaste con el Presidente?”, lo apuró el ministro de Seguridad a Guzmán.

Se concatenaban los hechos cruzados que terminarían mal.

El viernes terminó sin novedades positivas para el titular del Palacio de Hacienda.

Se convenció de que su renuncia era un hecho. Redactó entonces la dimisión y los argumentos de por qué dejaría el cargo de ministro de Economía.

Quiso comunicarse con Fernández pero no pudo. Le mandó por chat el avisó de que renunciaría y la carta que había escrito al respecto. Pasaron algunas horas y no tenía respuesta. Llamó entonces a la secretaria histórica de Fernández, María. Al asistente personal del Presidente, el influyente Nicolás Ritacco. Y al funcionario con más poder de los que ven al mandatario todos los días, el secretario General de la Presidencia, Julio Vitobello. “Es urgente”, les dijo Guzmán a cada uno de ellos. Uno los tres mencionados le contestó que el Presidente había pedido no recibir comunicaciones durante esa mañana de sábado.

Fernández estaba enterado de todo.

La vice aún no había empezado a dar su discurso “tapado” luego por la dimisión de Guzmán cuando el Jefe de Estado se comunicó con Aníbal Fernández. “¿Hablaste con Martín hoy?”, le preguntó. Respuesta: “No”.

El teléfono de Guzmán recibió entonces el ruego del Presidente: “No lo hagas, Martin”.

Después de dimitir, Guzmán habló con Emanuel Álvarez Agis, Marco Lavagna y Sergio Chodos para convencerlos de que asuman en Economía.

No quisieron.

Nicolás Wiñazki

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