Domingo, 31 Julio 2022 05:46

La desastrosa herencia que el Gobierno le deja al Gobierno - Por Alcadio Oña

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El dato común es la velocidad, peligrosa en varios sentidos, a la que escala la crisis económica. Pasa con el agotamiento de las reservas y la pérdida de poder de fuego del Banco Central, con la descontrolada trepada de los precios, con el déficit fiscal y la emisión. 

Pareciera que el Gobierno ha advertido, finalmente, que la crisis económica corre a una velocidad en la que ciertos riesgos de explosión ya recomiendan acciones rápidas y eficaces. Se entiende: remedios bastante más potentes y serios que los parches del tipo dólar-soja, que apenas regirá durante un mes y agregará poco o nada a la cuenta de las exportaciones y al bolsillo de los productores. 

Se entiende, también: manda la necesidad de que la cúpula Fernández, Kirchner, Massa empiece a acertar pronto con las medidas que puedan aflojar la velocidad del tren y, de seguido, mejorar el clima pesado y las expectativas tirando a negativas o directamente negativas que anidan en cada lugar del país. Si todo viene con un plan articulado en varios frentes como no hubo, sería una novedad alentadora.

Una de esas luces que empiezan a virar del amarillo al rojo aparece, justamente, en el cada vez más menguado stock de reservas del Banco Central, que es como decir menor poder de fuego o mayor exposición ante los saltos bruscos del mercado cambiario. Y, además, menos recursos para sostener, sobre todo, las imprescindibles, costosas importaciones energéticas.

Datos privados revelan que en julio las intervenciones (ventas) en el mercado le han ocasionado al BCRA una pérdida cercana a US$ 1.300 millones. Y que en lo que va de 2022 el saldo entre compras y ventas le dejó muy módicos US$ 600 millones contra los US$ 7.300 millones que había acumulado el año pasado.

El lado ciego de este panorama es que el Central padece por la falta de divisas a pesar del elevado superávit comercial que cantan las estadísticas del INDEC, apuntalado, a su vez, por la montaña de verdes sin precedentes que lleva liquidados el complejo oleaginoso-cerealero. Padece, encima, cuando abundan trabas, controles y cepos varios que debieran contener las importaciones.

Las compras al exterior suben de récord en récord, aunque la economía no acompañe parecido ni explique semejante fenómeno. Es un movimiento sospechoso donde cotiza fuerte hacerse de dólares al precio oficial y capitalizar, así, una brecha con los paralelos que se mantiene en la zona del 130-140%, o sea, que rinde 130-140%.

Bien de este mundo, la oportunidad aconseja moverse rápido.

Otra medida del problema, que es también un anticipo de lo que viene, está en lo que cuesta cubrir las importaciones de gas, gas licuado y combustibles, es decir, los efectos de la crisis energética que se instaló durante la segunda presidencia de Cristina Kirchner y perdura con una producción interna notoriamente insuficiente.

Estamos hablando de operaciones que en el primer semestre sumaron US$ 6.609 millones, un 190% más que durante el mismo período del año pasado. Y de proyecciones privadas que estiran la factura a casi US$ 8.000 millones para julio- diciembre. Suena a mucho, aunque si el número final no fuese exactamente ése será de todos modos grande.

El Gobierno apuesta a lograr que los productores de soja aceleren las ventas que mantienen retenidas, de modo de emparejar los tantos. Se apoyan en cálculos de especialistas del sector, para quienes al cierre de junio sólo se había comercializado el 27% de la cosecha, el volumen más bajo de las últimas 15 campañas. Evidente: la salida está en otro lado o viene lenta.

Lo cierto, en principio si no al cabo, es que en el Banco Central están rascando el fondo de la olla. Eso se llama reservas netas, digamos disponibles, que apenas llegarían a US$ 2.600 millones, magras contrastadas con las cuentas energéticas y otra muestra de los riesgos y las urgencias que anclan detrás de los dólares escasos.

Una digresión, a propósito de la crisis expuesta y del laberinto que la impericia de la actual versión del kirchnerismo supo armar contra si mismo, dice que no siempre el teorema cristinista de que todo tiene que ver con todo es una gran explicación para los problemas. No lo es, al menos linealmente.

Ocurre que adentro del todo existen partes que pesan más que otras y definen el resultado, como se prueba también en la velocidad a la que escalan, tocando pito, la inflación y sus coletazos desestablizadores.

Puestos en registros mensuales, los índices del INDEC que venían de un 3,8% en diciembre 2021 saltaron al 4,7% en febrero 2022; al 6,7% en marzo y después de frecuentar el 5 y pico en mayo-junio, pintan para volver a pasar de largo el 6% en julio.

Con los precios de los lácteos, de los productos de panificación y las frutas y verduras alterados, algunas consultoras estiman de 6,3 a 6,8% para el mes. Luego, el acumulado enero-julio rondaría el 45% y superaría en 16 puntos porcentuales al 29,1% que se anotó en el mismo período de 2021.

La ensalada de números continúa con otros igualmente pesados. Para empezar, la inflación terminaría el año en las cercanías del 90%, esto es, unos 40 puntos por arriba del 50,9% de 2021 y casi 60 más que el registro del 2020. Ya clavado, el aumento acumulado hasta ahora por el Gobierno da 176%.

Queda claro que los salarios pierden de punta a punta contra los precios, y pierden por goleada. También flamean las presuntamente victoriosas paritarias que este año se han cerrado en 60%, incluida la de La Bancaria elogiada por Cristina Kirchner: van derechito a ser derrotadas.

Variaciones del errático, impredecible modelo de gestión kirchnerista, el Banco Central acaba de pegarle un saque a las tasas de interés apuntando a que superen la inflación, tal cual ha sido pactado con el Fondo Monetario.

Subió del 52 al 60% nominal anual el rendimiento de las Leliq con las que busca regular el mercado, lo cual equivale a pagar un 79,8% efectivo anual. Para los plazos fijos a 30 días impuso un piso del 61%, equivalente a 81,3% efectivo anual.

A tono con la urgencia de retener pesos, evitar que presionen sobre los dólares paralelos o que el Estado se quede sin financiamiento, el Gobierno está ofreciendo títulos públicos al 70% anual nominal que representa 90% efectivo anual.

Así se va gestando un embrollo que costará desarmar o que desarmarlo demandará una operación de mercado delicadísima si no de shock. Ahí están, por ejemplo, los 3,5 billones de pesos de la deuda del Tesoro Nacional que vencen en el segundo semestre y los impresionantes 5,8 billones que suman esas Leliq por las que el Banco Central paga a 30 días un 60% anual.

Ya con un panorama más preciso y detallado, pronto se sabrá hasta dónde quiere, puede o lo dejan llegar a Sergio Massa en un punto clave que pondrá en juego sus planes y medirá el peso real de la palabra superministro. Estamos hablando del ajuste fiscal, de Cristina Kirchner y del llamado Estado presente y útil al uso K.

El último informe de la Oficina de Presupuesto del Congreso cuenta que durante el primer semestre el gasto público creció 9,6% real, o sea, descontada una inflación que durante ese período anduvo en el 60%. Un número potente en sí mismo y más potente, si se quiere, comparado con la caída real del 0,4% que acusaron los ingresos.

Sobresalen en ese cuadro los subsidios energéticos, que avanzan un 38% real, marcan $ 764.000 millones y van camino del billón largo. Entrar allí significa entrar en una zona que el cristinismo maneja como un feudo propio. Otra zona de conflicto, la del gasto en los planes sociales, dice 28,9%, $ 630.000 millones y pide un incremento de las partidas que empiezan a agotarse.

Así de pesada, del tipo desastrosa, es la herencia que el Gobierno le deja al Gobierno. Finalmente, en el orden que sea, Alberto Fernández, Cristina Kirchner y Sergio Massa son parte y piezas centrales del mismo gobierno y, de seguido, responsables de la situación en la que nos encontramos.

Probable, si no seguro, costará encontrar en el kirchnerismo autocríticas verdaderas, profundas y de buena fe: no figuran entre sus costumbres. Habrá, seguro, relatos de esos que siempre ponen la pelota afuera del campo propio aunque suenen a gastados y a cada vez menos creíbles.

Alcadio Oña

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