Florencia Donovan

Las negociaciones con el organismo se han acelerado –vendrá una misión técnica a comienzos de diciembre– pero los dos años de procrastinación de Martín Guzmán no son gratuitos; el ministro ha perdido credibilidad entre sus interlocutores

Para el sector privado, no sólo la palabra presidencial ha perdido toda credibilidad, sino que el mandatario tampoco puede dar garantías de las cartas que piensan jugar los otros participantes de su coalición

Cerca de Alberto Fernández esperan que las gestiones ante el gobierno de Estados Unidos del embajador en Washington, Jorge Argüello, y del secretario de Asuntos Estratégicos, Gustavo Béliz, surtan efecto; un exfuncionario del Fondo pronostica que la Argentina no pagará su deuda con el organismo

El flamante secretario de Comercio Interior, Roberto Feletti, no anduvo con vueltas. La velocidad con la que les comunicó a las empresas de alimentos, de higiene y limpieza su propuesta para congelar precios por 90 días puso a otras industrias en alerta. Entre los laboratorios, el tema escaló en la agenda hasta transformarse en prioritario.

Las expectativas de que haya un cambio de rumbo o un shock de confianza en la economía son nulas; nadie imagina ya a un Martín Guzmán liderando una transformación económica ni atacando los problemas de fondo que desde hace años arrastra la Argentina

Las alarmas volvieron a encenderse por la posibilidad de que algunas prácticas del kirchnerismo no cambien: si es que existe un giro hacia el centro, no será sin desvíos

El plan acelerado de transformación política del ministro incluyó esta semana un viaje a Tucumán y a Salta con el ministro del Interior, Eduardo “Wado” de Pedro; el jefe del Palacio de Hacienda aspira a mantenerse en el cargo después de las elecciones

En el kirchnerismo suelen decir que en solo dos años de mandato les tocó lidiar con dos pandemias: la de la herencia de Macri –omnipresente en todos los discursos, aún hoy– y la del Covid-19. Pero podrían enfrentarse a una tercera: el fenómeno de La Niña.

La economía electoral ya está en marcha. Pero, para los empresarios, comenzaron los días de hibernación. Algunas de las operaciones de compra venta de activos que estaban encaminadas se ralentizaron, lo mismo que algunos éxodos de compañías internacionales –aunque en los próximos días se conocerán algunas salidas más, que se cerraron hace sólo algunas semanas atrás–. Las elecciones son, una vez más, el hecho revelador que esperan los hombres y mujeres de negocios para definir sus inversiones en el país.

Una vez más la política energética amenaza con poner en riesgo el plan económico del Gobierno para llegar a las elecciones sin sobresaltos cambiarios. Ese talón de Aquiles que aquejó a la administración de Cristina Kirchner hace flaquear ahora a la gestión de Alberto Fernández, que ya es consciente de que deberá, en los próximos meses, hacer una gestión todavía más fina de las reservas para poder transitar el calendario electoral con el dólar bajo control. En otras palabras, en el equipo económico ya se analizan más restricciones cambiarias.

Son muchas las variables que afectan la economía, pero hay una que en la Argentina pesa más que cualquier otra, y es el dólar. No hay posibilidad de sostener la desaceleración de los precios de cara a las elecciones si los dólares financieros se mueven. Es en gran medida lo que terminó sopesando el Gobierno esta semana cuando acordó pagarle al Club de París US$430 millones a cambio de no caer en default. Nadie quiere despertar a la fiera en un año electoral.

Inversores del exterior que hasta hace no mucho habían eliminado a la Argentina de sus agendas están desempolvando algunos viejos contactos; aunque todavía golpeados por los últimos cimbronazos de la economía local, la súper liquidez que hay en el mundo invita a asumir riesgos

Paradójicamente, aquello que minó la relación del ministro Martín Guzmán con el kirchnerismo más duro es el capital más valioso que por estas horas tiene la Argentina para ofrecer en la mesa de negociaciones y sortear un default con el Club de París.

El ministro de Economía, Martín Guzmán, se sinceró esta semana: “En este momento, para nosotros, la mejor política económica es conseguir vacunas (contra el Covid-19)”. Sabe, después de todo, que tiene poco margen de acción. En privado, en el equipo económico admiten que no tienen previsto realizar grandes movimientos hasta después de las elecciones. No porque la economía argentina no los demande, sino porque temen que cualquier movimiento ponga en riesgo la frágil estabilidad con la que el Gobierno confía navegar estos meses hasta las elecciones legislativas.

El Gobierno de Alberto Fernández parece decidido a quemar puentes, no sólo con la oposición después de anunciar la suspensión de las clases presenciales de forma unilateral, sino que también terminó de dinamitar en las últimas horas su vínculo con gran parte del sector privado. Las medidas difundidas ayer para contener la suba de precios no son más que la confirmación para muchos de ellos de que no hay dentro del gabinete económico margen para el diálogo.

Una vez más, en el equipo económico existe la convicción de que el súper ciclo de las commodities ayudará a llegar a octubre con la economía en marcha. Lo anticipó el ministro Martín Guzmán esta semana, en una conferencia con un puñado de inversores: en el Gobierno esperan que la economía crezca este año 7%, por encima del 5,5% establecido en el presupuesto y más que lo que pronosticaron para el país organismos como el Fondo Monetario Internacional (FMI). Pero en el mercado temen que hacia fin de año el viento de cola vea mermada su capacidad para maquillar los desequilibrios macroeconómicos que heredó Alberto Fernández y que en lo que va de su gestión se empeña en profundizar.

Hacía tiempo que los bancos de inversión en la Argentina no tenían tanto trabajo. Pero también, que no les costaba tanto poder cerrar algún negocio. Se está dando un fenómeno por estos días en la Argentina: hay una gran cantidad de activos argentinos en venta y no hay quién quiera comprarlos. Son muchas las compañías que buscan achicar su exposición en el país o directamente abandonarlo por completo. No hay industria que sea ajena al fenómeno. La Argentina está de remate. Aunque el Gobierno no parece todavía haber tomado nota de ello.

El presidente Alberto Fernández perdió en su primer año de gobierno un activo que podrá no valer demasiado en política, pero que tiene un peso determinante en la economía: el valor de su palabra.

Para los empresarios, la línea A de subte no termina en Casa Rosada. Sino que apenas comienza allí para luego hacer su parada más relevante en Congreso. Es allí donde para ellos reside en gran medida el poder real, y ahora también, donde se materializa gran parte de la gestión oficialista. Las medidas más importantes -y muchas de las que más los incomodan- se incuban y se materializan en el Palacio Legislativo, incluso en ocasiones a espaldas (o contra la vocación) de los ministros del gabinete, con quienes los empresarios tienen un diálogo abierto.

El presidente Alberto Fernández empezó a escribir su propia carta. A diferencia de la de Cristina Kirchner, no está dirigida al corazón de su coalición, sino que apunta al hemisferio Norte.

"Alberto Fernández destruyó al sector privado y todavía no se dio cuenta", dice el número uno de un laboratorio líder, que el año pasado fue uno de los tantos empresarios que impulsó la candidatura del presidente. La frase es dura, pero expresa el malestar que existe entre muchos hombres y mujeres de negocios, a los que por estos días les cuesta encontrar motivos para ser optimistas.

Los bancos son los primeros en enterarse cuando los signos vitales de la economía flaquean. No por nada algunos banqueros se pusieron de acuerdo en los últimos días para hacerle llegar al Banco Central (BCRA) un mensaje: los controles cambiarios ya no son suficientes, hay que pensar en un plan B.

La macroeconomía argentina es lo más parecido a un campo minado. El Gobierno no sólo debe atender el problema de la falta de dólares y de un gasto público desbordado, dos cuestiones que de por sí exigen una gran pericia, sino que ya hay otra bomba que empieza a activarse, y que podría resultar letal en caso de que la actividad ensaye cualquier tipo de recuperación: es la energética.

Una vez más, el dólar está marcando el pulso del debate económico. El goteo constante de reservas puso contra las cuerdas a los economistas del Gobierno, que volcaron sobre la mesa las medidas posibles: desdoblamiento cambiario, profundización del cepo, más devaluación. A esta altura, no hay innovación posible, ya se han ensayado todas las medidas en algún momento de la historia reciente. Y todas siempre han sido más o menos traumáticas.

Gobernar yendo en contra de las leyes del mercado puede resultar una tarea tan infructuosa como la de Don Quijote con los molinos de viento. Por momentos, el Gobierno de Alberto Fernández parece, de todas formas, dispuesto a intentarlo.

 

Si hay una cualidad de Martín Guzmán que destacan quienes participaron de las negociaciones por la deuda es su carácter imperturbable

"Preparate para el rebote de la economía. No va a alcanzar la producción para lo que viene", le dijo un alto funcionario a un empresario nacional. "Eso sí, no les vamos a dejar importar nada", le adelantó. Una parte del empresariado nacional empieza a soñar con la miel que promete el gobierno de Alberto Fernández. "¿Quién puede decir que en los años del kirchnerismo no lo dejaron trabajar o le fue mal?", afirmó, sin tapujos, un hombre del rubro energético.

 

En lo que va de 2020 el BCRA volcó al circuito $1,25 billones, pero luego aspiró vía pases o Leliq (títulos del BCRA) casi el 92%: $1,16 billones

 

No importa que la intervención de la empresa Vicentin se haya efectivizado el viernes y que el proyecto de expropiación aún no haya siquiera llegado al Congreso. El Instituto Patria ya puso a trabajar a sus head hunters en busca de un futuro manager: "Estamos buscando al Galuccio del sector agropecuario", explicó una fuente, que empezó a sondear recomendaciones en el mercado.

 

El Gobierno sabe que un default complicará aún más la salida de la recesión pospandemia. Pero, aun así, en el equipo económico ya descuentan que la Argentina entrará en default técnico a partir del viernes, que es cuando vence el plazo para pagar los US$503 millones correspondientes a los cupones de los bonos globales 2021, 2026 y 2046, que originalmente debieron cancelarse el 22 de abril pasado.

 

Hasta ayer a la tarde, los bancos no tenían definido el marco regulatorio para los créditos a tasa cero destinados a monotributistas y autónomos que, prometió el Gobierno, comenzarán a ofrecerse hoy.

 

Ante la situación desatada por el coronavirus, cuál es el plan integral que imagina el presidente Alberto Fernández

 

El Gobierno no parece tener intenciones de caer en default con los acreedores internacionales.

 

Peronista, pragmático y negociador. Desde un comienzo, empresarios, inversores y actores políticos le atribuyen al presidente Alberto Fernández estas tres cualidades.

 

"Si no funciona, es un quilombo". Sin eufemismos, un importante funcionario respondía así a la pregunta de qué piensa hacer el Gobierno en el caso de que el ministro de Economía, Martín Guzmán, no logre adhesiones suficientes para la emisión de los tres bonos en pesos que lanzó la semana pasada y que completará hoy.

 

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