El médico del emperador en tiempos de pandemia - Por Omar López Mato

11 Mayo 2020 Author :  

 

En el año 166 a. C. se declaró una epidemia que asoló a Roma. Galeno describió detalladamente la sintomatología que llevó su nombre ("La peste de Galeno"). Gracias a su relato podemos inferir que se trataba del primer brote de la peste bubónica.

 

Sin embargo, y a pesar de su juramento hipocrático, Galeno huyó despavorido de la ciudad. Digamos que no era un ejemplo de médico altruista. Mientras tanto, el emperador disponía de los medios para calmar a los dioses. Ni los sacrificios rituales, ni las hecatombes aplacaron la epidemia. Lo único que parecía dar resultado era no enterrar a los muertos dentro del perímetro de la ciudad, y así lo dispuso. La epidemia cesó, y Galeno volvió a Roma y a su consultorio.

Para Marco Aurelio todo esto era una calamidad; las desgracias y los desórdenes se sucedían. Solo la filosofía estoica podía atenuar las penas del emperador "Espera un poco más y te verás convertido en cenizas, y no quedará de ti nada más que tu nombre o ni siquiera eso". "Si todos nos vamos a morir, ¿para qué preocuparnos?", repetía sin mucha convicción Marco Aurelio mientras peleaba contra el insurrecto Avidio Casio. Un sentido del deber casi kantiano empujaba sus actos. Esa obstinación lo tenía a maltraer, y las innecesarias guerras que asolaban al Imperio aumentaban su desazón.

Superando la adversidad, Marco Aurelio pudo vencer a su enemigo. Le llevaron la cabeza de Casio en una bolsa, que depositaron a sus pies. Sin siquiera mirar el gesto póstumo de su adversario, la mandó a enterrar. Pero el destino se ensañaba con el emperador y, para colmar sus males, se enteró de que su esposa Faustina había instigado la conspiración de Casio. Haciendo alarde de una curiosa magnanimidad, nada le reprochó a su cónyuge, pero por las dudas se la llevó en su próxima campaña. Al llegar a Capadocia, Faustina se suicidó. Se desconoce si fue por vergüenza o porque ya no toleraba la austeridad y abstinencia a la que su marido la había condenado.

Todos esos problemas dejaban su huella indeleble en el estoico emperador, cuya filosofía no llegaba a domar sus impulsos psicosomáticos. La úlcera lo atormentaba y, al iniciar la que sería su última campaña, se llevó a Galeno para que lo asistiera. Este privilegio despertó la envidia de sus colegas, quienes criticaron a Galeno. A estos les respondió: "El mejor médico sería el que acertara a crear un método para diferenciar las condiciones humanas... Yo sería el médico ideal si fuese capaz de distinguir la naturaleza de cada paciente con toda seguridad... Como eso es imposible, me he limitado a estudiar mucho para tratar de aproximarme a ese ideal; aconsejo a los demás que procedan de igual manera". No podemos saber si tenía colegas tan capaces como él; lo que sí es seguro es que ninguno le ganaba en retórica.

Mientras Marco Aurelio languidecía, su hijo Cómodus se preparaba para ser emperador. Siguiendo los consejos platónicos, Marco Aurelio puso a su disposición los mejores tutores del Imperio y, por supuesto, entre ellos estaba Galeno. El médico se hizo amigo del jovencito, que no tenía nada que ver con su padre, a punto tal que las malas lenguas -sin duda, la mayoría en Roma- decían que era hijo de un gladiador, amante de su promiscua progenitora.

Vuelto Marco Aurelio de su campaña al Oriente, fue recibido en Roma como solo había sido recibido el divino Augusto. Desfiló triunfal por las calles de Roma con Cómodus, "cómodamente" a su lado y compartió con él la corona de laureles de los victoriosos. Pocos días después lo hacía coronar Imperator y Corregente. Esa fue una verdadera locura que solo el espíritu atormentado de Marco Aurelio no llegaba a percibir en toda su magnitud: le entregaba el Imperio a un segundo Nerón. Teniendo la oportunidad de adoptar a aquel que él creyese más idóneo para gobernar, había elegido al más incapaz y al más distante del ideal platónico propugnado por él mismo.

La historia oficial nada comenta sobre esta elección, pero un tal Dion Casio, historiador de los chismes y rumores del Imperio (la petite histoire, como dicen), relata cómo, poco después, cuando Marco Aurelio emprendió una nueva campaña, murió en Vinicola, la actual Viena. Los libros clásicos afirman que murió de peste (rara peste la que mata a una sola persona).

Dion Casio nos cuenta que "los médicos" decidieron operar a Marco Aurelio, atormentado por su úlcera y que este no sobrevivió a la intervención quirúrgica. Por fin, el emperador atormentado encontró paz a sus dudas: "Encontrarás alivio en tu vida cuando hagas todos tus actos como si fuera el último". Efectivamente, consentir la operación fue su último acto.

Dion Casio no dice que Galeno haya sido el cirujano, pero todos sabían que Galeno acompañaba al emperador y a su amigo Cómodus, quien de esta forma accedió al poder. Fue Cómodus emperador por 15 años, con sus locuras a la altura de las de Nerón. Su afición al circo y su propensión a exhibirse compartiendo el espectáculo con gladiadores y con animales inspiró la célebre película de Ridley Scott, Gladiador. Su Gobierno fue el principio de la declinación del Imperio. Lo sucedió Publo Helvio Pertinax, general que apenas reinó dos meses. El siguiente emperador fue Marco Didio Juliano, rico senador, quien accedió al trono oblando 6.000 denarios a cada legionario. Poco duró en el cargo: también solo dos meses. Fue la suya lo que los financistas llaman una inversión de riesgo.

Estos tres emperadores tan disímiles entre sí tenían dos cosas en común: los tres eran pacientes de Galeno y los tres murieron asesinados por los pretorianos, circunstancia que nuestro médico de marras no podía curar, porque contra la codicia no hay remedio.

Le llegó a Galeno el momento de morir, cosa que hizo a los setenta años. A esa altura ya nadie hablaba de él. Quizás para entonces, gracias a los años transcurridos y a los errores cometidos, había aprendido las ventajas de la discreción.

Galeno e Hipócrates asentaron los conocimientos médicos de la antigüedad e impregnaron las ciencias por más de 1500 años. Sus escritos fueron tomados como dogma. Su palabra no se podía discutir. Millones de enfermos murieron por seguir estos preceptos, sin que los médicos siquiera pudiesen aprender de lo mal que les iba a sus pacientes.

Omar López Mato

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