Eugenio Paillet

El anuncio de Héctor Daer, uno de los secretarios generales de la CGT y el más cercano a Alberto Fernández de los caciques gremiales, de organizar una “marcha peronista” de apoyo al gobierno para el 17 de octubre, cuando el justicialismo celebra el Día de la Lealtad, por ahora ha sido tomado con pinzas en los despachos del primer piso de la Casa Rosada.

Las anormalidades de la pandemia y también el estado de crisis evidente en el que se encuentra la relación entre el gobierno y la oposición en el Congreso terminaron por alterar la rutina histórica que envuelve la presentación cada 15 de septiembre, como manda la Constitución, del proyecto de Presupuesto.

Hay quienes dicen en el Gobierno, sin que les falte razón, que ese variopinto conglomerado de ideologías que conviven en el Frente de Todos a veces se convierte más en parte del problema que de la solución.

El regreso de Cristina Fernández a la Casa Rosada después de 260 días de no pisar las alfombras sobre las que gobernó ocho años pasó sin cubrir tantas expectativas como las que había generado ese acontecimiento.

 

El presidente Alberto Fernández y el titular de la Cámara de Diputados, Sergio Massa, negocian ahora mismo con sectores del Frente de Todos que no reportan políticamente al Instituto Patria, pero también con la mayoría de los gobernadores peronistas, para eliminar de la reforma judicial la llamada “cláusula Parrilli” cuando el proyecto llegue a la cámara baja con media sanción del Senado, dijeron a este diario altas fuentes de la Casa Rosada.

 

“No nos mueve el amperímetro”, fue lo primero que dijo un colaborador del presidente Alberto Fernández cuando le consultaron sobre los efectos políticos que tendría, si es que tendría alguno, la multitudinaria marcha en avenidas y plazas de todo el país el 17 de agosto en rechazo a un menú variopinto de medidas que lleva adelante el Gobierno.

 

El día después del multitudinario banderazo nacional contra el gobierno con epicentro en el rechazo a la reforma judicial y a la cuarentena sin fecha de vencimiento que impone la pandemia, en la Casa Rosada hubo miradas que no en todos los casos fueron coincidentes respecto del impacto de la demostración ciudadana de ayer en medio de la conmemoración sanmartiniana pero en especial sobre los efectos que podría tener hacia adelante en torno “al perfil” de la gestión de Alberto Fernández.

 

De algún modo, y por aquello de que bien vale un pan duro en medio de la miseria, el Gobierno celebró por segunda vez en poco más de una semana un anuncio que suena a maná llovido del cielo, como es la decisión de la Universidad de Oxford, en asociación con laboratorios nacionales y filántropos argentinos y mexicanos, de producir en el país una vacuna contra el coronavirus que podría empezar a aplicarse a los grupos de riesgo, en una primera etapa, a mediados del primer semestre de 2021.

El Gobierno puso en marcha esta semana las “mesas temáticas”, en rigor una serie semanal de reuniones acotadas del gabinete siempre encabezadas por Santiago Cafiero y la vicejefa de Gabinete, Cecilia Todesca.

Tras el ataque a Pearl Harbor, que aceleró el ingreso de los Estados Unidos a la Segunda Guerra Mundial, el almirante Yamamoto se preguntó con visionaria pesadumbre si en el fondo Japón no había hecho más que “despertar a un gigante dormido”.

 

“Necesitamos algo nuevo, crear una épica de la cuarentena para que la gente siga encerrada si es que tenemos que endurecer”. La frase pertenece a un funcionario del gabinete que no integra los equipos de salud, pero que está al tanto todos los días de la lectura política que deviene del larguísimo encierro por la pandemia de coronavirus.

 

Con una frase, un importante funcionario que tiene su despacho fuera del radio de la Casa Rosada blanqueó por si hacía falta las razones de las internas en el gobierno y entre los bandos claramente definidos como “cristinistas” y “albertistas” que enrarecen el clima interno.

 

No es un secreto para nadie a estas alturas ni el dato tampoco es nuevo: las críticas internas y externas por las fallas de comunicación del gobierno en medio de la pandemia de coronavirus han estado a la orden del día en estos cuatro meses de encierro.

 

Un funcionario que suele mantener calma discursiva en medio de tanta tormenta sanitaria, económica y política, reconocía en medio de esa navegación turbulenta que sabían que las tensiones internas en algún momento iban a florecer.

 

Como suele decirse en la jerga periodística, en las últimas horas el “runrun” en los pasillos gubernamentales se ha convertido en un ejercicio sin respiro a la hora de calibrar el alcance, los modos y los tiempos de lo que casi nadie a esta altura desconoce en la administración del presidente Alberto Fernández.

 

Alberto Fernández dio en las últimas jornadas varias señales de que quiere retomar el centro político de la escena.

 

Dicen en sus alrededores que Alberto Fernández se la ve venir. Y que quiere evitar a toda costa que se rompa la sintonía, con sus más y sus menos, que logró mantener hasta ahora entre Axel Kicillof y Horacio Rodríguez Larreta. Una convivencia siempre atada con alambres que ha sido puesta en evidencia más de una vez entre el gobernador bonaerense y el jefe de Gobierno porteño desde que se unieron en matrimonio forzado para trabajar contra la pandemia de coronavirus en el AMBA.

 

Casi no constituiría una novedad porque los datos están a la vista. Pero adquiere relevancia puntualizarlos en momentos en que el propio Alberto Fernández lo viene repitiendo una y otra vez delante de su mesa chica, o en diálogos con ministros y colaboradores, empresarios, sindicalistas, y hasta en la reunión con una treintena de dueños de medios, como la que mantuvo el martes para pedirles colaboración en una difusión “responsable” de las informaciones sobre la pandemia.

 

Gobierno andaba a la búsqueda de un rescate, que no es por cierto el de la empresa santafesina Vicentin, sino de cierto grado de normalidad política y social que el presidente Alberto Fernández parecía haber encontrado hace menos de dos semanas tanto en el frente interno, en el manejo de la lucha contra la pandemia de coronavirus y en torno a la dura negociación con los tenedores de bonos de la deuda externa.

 

Rápido como el rayo, el presidente Alberto Fernández salió esta mañana por n absolutamente estratégica”. una radio porteña a aclarar que la decisión de intervenir la empresa cerealera Vicentin “no fue de Cristina”. Dijo en cambio que se trató de una “decisió

 

En términos fáciles de percibir, el presidente Alberto Fernández acaba de dar señales de que le sigue importando la lucha contra el coronavirus como primera prioridad, pero que a la vez ahora también le importan los efectos de la pandemia sobre la economía.

 

En medio de la lucha contra el coronavirus, en varios despachos de la Casa Rosada han empezado a trabajar en planes y proyectos que tienen que ver directamente con la frase tal vez más repetida durante estas horas por los funcionarios: la llegada de la “pospandemia”.

 

“El presidente no ha pedido la cabeza da nadie, lo que ha pedido es que se ajusten las marcas para no volver a cometer errores que se pueden evitar con una más rigurosa disciplina”.

 

Hace poco más de dos semanas, unos días antes de que se dispusiera a poner en marcha la fase 4 de la cuarentena a partir del 10 de mayo, el presidente Alberto Fernández mantuvo una de sus reuniones habituales con el equipo médico de expertos que lo asiste desde que llegó a estas playas la pandemia del coronavirus.

 

El presidente Alberto Fernández viajará este jueves por unas horas a la ciudad de Córdoba para visitar la empresa que fábrica respiradores artificiales y una planta automotriz reactivada desde este lunes merced a las medidas especiales que reclama la lucha contra la pandemia de coronavirus.

 

Algunas luces de alarma se han encendido en el Gobierno. Ocurre en torno a una situación absolutamente paradojal: mientras el pasado fin de semana se decidió flexibilizar la cuarentena y abrir cada vez más la actividad económica paralizada desde hace 50 días, empezaron a crecer los casos de contagios y fallecimientos en distritos y comprometidos como la ciudad de Buenos Aires y el conurbano bonaerense.

 

El presidente Alberto Fernández sorprendió el lunes por la noche con la firma de un nuevo DNU, que le otorga al jefe de gabinete Santiago Cafiero reales superpoderes para modificar todas las partidas del Presupuesto, y no algunas como tiene fijado por medio de la ley de Emergencia Financiera. Lo que equivale en buen romance a ignorar en todos los planos al Congreso a la hora de las famosas reasignaciones de fondos de un área a otra.

 

El manejo de la pandemia de coronavirus le ha servido al presidente Alberto Fernández, a modo de primera conclusión de los esfuerzos que realiza desde que asumió para construir un mandato con poderes propios y no delegados, como la verdadera oportunidad que existe detrás de toda crisis.

 

Si bien en todos los casos desde que se desato la pandemia de coronavirus la última palabra la tiene el presidente Alberto Fernández, en la tarde del lunes eran varias las voces en la Casa Rosada que coincidían en un dato que por ahora se maneja de manera extraoficial.

 

“La peor semana, lo sacaron de foco”. Así resumía el viernes un vocero habitual de la Casa Rosada lo que para muchos en el Gobierno -y en general, según la mirada de analistas y observadores- fue la peor semana que le toco atravesar a Alberto Fernández desde que estalló la crisis por la pandemia de coronavirus.

 

El presidente Alberto Fernández mantiene “la misma sintonía de colaboración” con los cuatro gobernadores que el domingo parecieron patear el tablero de la relación hasta ahora armoniosa que venían manteniendo con el gobierno central en el manejo general de la lucha contra la pandemia del coronavirus.

 

El presidente Alberto Fernández se decidió por otra extensión de la cuarentena obligatoria con apenas una docena de breves excepciones, apoyado en dos sentimientos contrapuestos: por un lado, el enamoramiento de su alta valoración en las encuestas como el comandante en jefe de la batalla contra la pandemia, que podría depararle incluso triunfos políticos y mayores cuotas de independencia dentro de la coalición que integra, una vez que esta tragedia haya pasado. Y si efectivamente logra vencer en ese combate contra su enemigo invisible.

 

El presidente Alberto Fernández ya tendría tomada la decisión de extender la cuarentena social obligatoria hasta el 10 de mayo, dividida en dos etapas, aunque antes de avanzar en semejante medida consulta cada paso con su equipo de infectólogos y epidemiólogos con los que se reúne invariablemente cada mañana.

 

El presidente Alberto Fernández resolvió trasladarle sin excepciones la responsabilidad a los gobernadores para que analicen y eventualmente apliquen medidas de flexibilización a la extensión de la cuarentena social preventiva y obligatoria que se extenderá en principio hasta el 26 de abril.

 

Para arrancar, una de las frases más repetidas por funcionarios y voceros habituales del gobierno durante la semana, mientras el presidente Fernández y sus equipos decidían los pasos a seguir con la ya larga cuarentena, se convertía en latiguillo: “Bajen la ansiedad, porque esto va para muy largo”, era la respuesta ante quienes buscaban precisiones.

 

Los ATN (Aportes del Tesoro Nacional) han sido históricamente una suerte de “caja no orgánica” que han utilizado todos los gobiernos desde la restauración democrática hasta la fecha, como una especie de botín político que sirvió para premiar a gobiernos amigos y castigar a los que no son del palo.

 

El Gobierno ya ha hecho su elección. El presidente Alberto Fernández dijo esta semana que, entre la economía y la vida, defenderá la vida.

 

Un informe que habría llegado en las últimas horas a manos del presidente Alberto Fernández no prevé por el momento un “desmadre de mal humor social” por la cuarentena obligatoria para combatir la pandemia de coronavirus en los sectores más postergados de la pirámide social que habita en 2.500 villas de emergencia.

 

Es un dato recurrente recordar, y nunca como en estas horas que vive el país viene al caso, que detrás de toda gran crisis se esconde una gran oportunidad.

 

El término en inglés remite centralmente en la historia al gabinete de emergencia que encabezaba Winston Churchill durante la segunda guerra mundial. La War Room (literal, oficina de guerra), funcionaba en el subsuelo de Downing Street 10, la residencia oficial del primer ministro de Gran Bretaña.

 

“No hay peor gestión que la que no se hace”, reza un viejo proverbio. El Gobierno se subió un poco tardíamente, pero en un gesto no menos saludable, a la tarea, que se anticipa como descomunal, de atender la pandemia de coronavirus que alarma al mundo y ha provocado el peor terremoto financiero desde el lunes negro de 1987.

 

A María Eugenia Bielsa no le sucede nada distinto que a la mayoría de sus pares en el gabinete nacional: no hay fondos para gestionar, la renegociación de la deuda externa con el FMI y bonistas privados cubre todo el escenario del presidente Alberto Fernández, y no se avizora un horizonte cercano para salir de esa encerrona.

 

Alberto Fernández no pierde del centro de su mirada la idea de ser un presidente “moderado”. Ni débil ni exacerbado en la forma de gobernar.

 

Desde que el presidente Alberto Fernández anunció en la Asamblea Legislativa del 1º de marzo el envío al Congreso de proyecto de ley de despenalización del aborto, en el seno del gabinete se instaló la impresión de que esta vez habrá que batallar “más hacia adentro que hacia afuera” del oficialismo para que, a diferencia de lo ocurrido en 2018, la iniciativa pueda ser sancionada por el Congreso.

 

Cuentan confidentes de la Casa Rosada que las últimas dudas que había entre ellos respecto del manejo del gobierno y de los roles que les compete a cada uno, si es que efectivamente tales diferencias existían en medio de catarata de análisis y trascendidos sobre el fondo de esa relación, terminaron de zanjarse durante aquel desayuno del viernes pasado que se extendió por espacio de casi tres horas.

 

Una primera comprobación que es a estas alturas de perogrullo: Alberto Fernández tiene más problemas a resolver adentro de su propia coalición de gobierno que fuera de ella.

 

Un funcionario que trabaja cotidianamente en los despachos del área presidencial reconocía que, allá por agosto del año pasado, tras el rotundo triunfo en las PASO que los convenció que el desembarco en la Casa Rosada era irreversible, el entonces ganador de esas primarias y su equipo intuían que los roces con las otras corrientes del Frente de Todos, en especial con el cristinismo duro, en algún momento se iban a manifestar.

 

Para entender en todo su alcance la prioridad que Alberto Fernández le otorga en su agenda internacional a la necesidad de volver al “lationamericanismo” en la región, más acorde con los tiempos del matrimonio Kirchner que con los de Mauricio Macri, vale rescatar una frase que el presidente dejó picando delante de la alemana Angela Merkel durante su reciente paso por Berlín.

 

¿Puede hablarse del “relanzamiento” de un gobierno que apenas lleva 50 días en el poder? Pues sí. O al menos ese es el discurso que baja desde la Casa Rosada luego del arranque de la segunda gira al exterior del presidente Alberto Fernández que empezó el viernes con la visita al Papa Francisco en el Vaticano.

 

Alberto Fernández buscó puntillosamente esta semana dejar en claro que el kirchnerismo del que forma parte dentro del Frente de Todos no es aislacionista, y que la cantinela del gobierno anterior acerca de que la vuelta del peronismo a la Casa Rosada supondría un regreso al eje bolivariano no era más que una burda chicana para meterle miedo a la gente.

 

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