Vicente Massot (29)


A la hora de explicar el reciente fallo de la Corte Suprema -que en el curso de la semana pasada generó una polémica aún abierta en la sociedad argentina- hay quienes piensan en una suerte de conspiración.

Los políticos, cualquiera que sea su formación ideológica y el partido al cual pertenezcan, suelen plantarse frente a la gente -o, si se prefiere, delante de la opinión pública- adoptando comportamientos comunes.

Hace bien el ministro de Hacienda, Nicolás Dujovne, cuando sostiene que los salarios se están recuperando.

Nunca antes, en el curso de los quince meses que lleva andando la gestión de Mauricio Macri al frente del gobierno, había sido tan visible el final de la luna de miel. Duró, prácticamente, de diciembre a diciembre y terminó de manera abrupta a comienzos del presente año.

Por primera vez desde diciembre del año 2015, cuando Mauricio Macri se hizo cargo de la presidencia, el índice de confianza -o, si se prefiere, de expectativas- de la ciudadanía, no sólo registró una caída desfavorable para el gobierno sino que -en la encuesta conocida el pasado día lunes- son más los pesimistas que los optimistas en punto a cómo imaginan los argentinos su futuro personal.

La movilización de la CGT, que tanto ha dado que hablar desde el mismo momento en que terminaron los discursos de los capitostes sindicales el pasado día martes y comenzaron los incidentes de todos conocidos, merece algo de atención; menos por la deriva de la relación del gobierno con la central obrera que por el significado que tuvo para los Gordos -por llamarlos de un modo cariñoso- el hecho de que una facción menor de la izquierda, en combinación con el kirchnerismo, hubiese tomado el palco y obligado a ellos a abandonarlo por la puerta de servicio, dejándolos en ridículo.

 

Los gobernantes -de más está decirlo- declaran cuanto se corresponde con sus intereses. ¡Bueno sería que hiciesen lo contrario! Defienden a capa y espada las decisiones que consideran acertadas y las cifras que convalidan su gestión, con el mismo o parecido énfasis con el cual embisten contra sus enemigos.

 

Aunque hubiese sido planeado -algo que debe desestimarse por absurdo- el ejercicio gubernamental no hubiera podido ser peor que el desenvuelto en los dos primeros meses de un año electoral decisivo.

 

Hace siete días, poco más o menos, la señora gobernadora de la provincia de Buenos Aires dijo -sin que le temblara la voz y en un momento en que nadie había tirado sobre el tapete el tema de las elecciones legislativas de octubre- que, si la alianza oficialista perdiese en el distrito más importante del país, “el mundo no se acabaría”.

 

Todo parece indicar que el peor momento del reacomodamiento de precios relativos es cosa del pasado.

 

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