Sábado, 04 Julio 2020 21:00

Las urgencias de Alberto Fernández: el "día después" se adelantó al presente - Por Martín Rodríguez Yebra

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Mientras atraviesa el pico de contagios de coronavirus, Alberto Fernández busca acelerar las respuestas económicas

 

La "tierra arrasada" que denunciaba Alberto Fernández en el umbral del poder parece un lugar añorado. Ironías de la peste: la crisis que se cocina anticipa caídas tan abruptas de la actividad económica que, según los cálculos menos pesimistas que consume el Gobierno, llevará todo el actual turno presidencial regresar al punto de partida de diciembre de 2019.

El drama que se materializa para Fernández es que el famoso "día después" llega con la pandemia en curso. La olla a presión de la cuarentena -con su maraña de decretos, prohibiciones y ayudas- ya no disimula las penurias de una crisis que se encamina a ubicarse entre las peores de la historia argentina. El Presidente, acaso por primera vez desde la disrupción del coronavirus, da señales de premura a su equipo para que se enfoquen en los síntomas de la enfermedad económica.

Encargó a todos los ministerios que presenten proyectos de reactivación y ordenó al jefe de Economía, Martín Guzmán, acelerar la renegociación de la deuda con una oferta más generosa que quizá pueda zafar al país de otro default prolongado. Los remedios se administran aún sin un orden claro, en ausencia del programa jamás revelado. Es un enigma si realmente hubo uno al principio; después del descalabro sanitario la política económica es, con suerte, una obra en construcción.

Las cifras negativas se acumulan en el peor momento de circulación viral. La destrucción de 185.000 empleos privados de marzo a abril, incluso con la virtual prohibición de despidos, encendió una alarma estridente. El temor a un cierre masivo de empresas y comercios se cristaliza antes de que el aislamiento obligatorio tenga fecha de caducidad.

Las principales consultoras económicas que participan en el Relevamiento de Expectativas del Mercado (REM) pronosticaron para 2020 una retracción del PBI por encima de 12 puntos. Idéntica al récord de 2002. Analistas más sombríos la cifran en un 15%, sin comparación en el mundo.

Fernández se ve forzado a desdoblar la energía. Se concentra con obsesión en contener el avance de la pandemia en el tránsito del aparente pico de contagios y muertes porque sigue considerando que esa es la batalla en la que apostó su capital político. Pero no le queda margen para sostener aquello de que "ya habrá tiempo para pensar en la economía".

La herencia y el virus

El razonamiento de desdoblar la gestión de las dos crisis seguía la lógica de que la sociedad tenía asumido mayoritariamente que la fragilidad material venía con la herencia que le dejó Mauricio Macri. Y que, por ende, no le pasaría factura por el daño añadido por el virus. En cambio, caería directamente sobre él la responsabilidad por la cantidad de muertos por Covid-19 y por cómo resistiera el sistema hospitalario.

Sin acceso al crédito y en recesión por motivos que no achacables a él, limitó el programa económico a congelar tarifas y precios, impedir despidos y asistir a empresas e individuos a costa de una emisión récord que, por la propia parálisis de la actividad, tiene efectos inmediatos moderados en la inflación y el valor de la moneda. Una forma de hibernar.

Pasó demasiado tiempo. La convicción en el Gabinete es que no se pueden postergar los remedios económicos. Cuando se abra de algún modo la cuarentena, los efectos en la pobreza, el tejido empresarial y el empleo marcarán a fuego el destino político de Fernández. Hay en el fondo una cuestión de timming: por mucho que las encuestas le sigan mostrando niveles de aprobación superiores a los que tenía al asumir, el verdadero partido lo juega en las elecciones de 2021. Le tocará responder la pregunta con la que le caerán sus rivales: ¿estaba el país en condiciones de recibir una terapia de shock como fue la cuarentena extra large?

Las previsiones de un rebote fuerte empiezan a diluirse. Las consultoras hablan de una suba del orden del 5% en 2021. Una curva mucho más plana que la pronosticada para la mayor parte de la región y para los países desarrollados, que a mediados del año que viene podrían volver a la situación previa al brote.

A diferencia de lo que vino después de la crisis de 2001-2002, el futuro no ofrece un camino claro por donde encarrilar el despegue. Ni el peso soporta otra devaluación drástica ni el mundo está ávido de los productos que la Argentina le vende. El plan de "hacer como Néstor en 2003" quedará en las fantasías incumplidas de Fernández.

Máximo y los empresarios

El debate en el mundo empresarial se centra en cuánto de los que está cayendo la actividad es una pérdida permanente; otro escalón que desciende la Argentina para no volver a subir. En el peronismo todavía se comenta con sorpresa el error estratégico del Gobierno de lanzarse a la expropiación de Vicentin, en un momento en el que el mundo de la inversión intenta descifrar hacia dónde se dirige el experimento del Frente de Todos.

El intento por enmendar esa jugada continúa. La promocionada comida que Máximo Kirchner, el ministro Wado de Pedro y Sergio Massa mantuvieron con un grupo de grandes empresarios apuntó en la dirección de construir confianza entre dos dimensiones del poder que por momentos parecen universos paralelos. Solo gestos por ahora.

Entre inversores -aquí y en el exterior- la intriga se centra en determinar si el oficialismo tomó conciencia de la magnitud del desastre que le toca administrar. Y se preguntan si será capaz de salirse de la traza que marca Cristina Kirchner.

La incógnita de siempre: ¿es Fernández el político que quiere terminar con la grieta, el "liberal progresista" que promete cuentas equilibradas o el político que promueve la expropiación de una compañía concursada y declama en público que extraña a Hugo Chávez?

Una prueba definitoria será la negociación de la deuda. Guzmán presentará mañana una nueva oferta, en la que el valor presente neto de los bonos se acercaría a los 53 centavos por dólar. Implica desembolsar US$10.000 millones más que en la primera propuesta, de abril, que tuvo una escuálida aceptación (13%).

Es un número insatisfactorio para los grandes fondos. En especial BlackRock, que aspira a 60 centavos y dejó trascender que podría cerrar en 57/58. La convicción de Guzmán flaquea. No es "su" oferta y lo dejó casi explícito en su última conferencia con inversores de Wall Street, cuando dijo que había un "componente político" en la cuenta revisada de lo que se proponía pagar.

El ministro sigue enredado en la estrategia de presentar ofertas sin haber negociado previamente la aceptación de un grupo relevante de bonistas, lo que después podría arrastrar al resto hasta conseguir las mayorías necesarias para coronar el canje.

Si no acuerda con los grandes fondos, el Gobierno podría terminar envuelto en juicios y condenado a un default de larga duración por mucho que echase mano a algún ardid legal para incorporar a todos en el canje. El pacto posible pasa por pagar un poco más que la "última, última, última oferta" que está a punto de poner sobre la mesa para regularizar los 64.0000 millones de dólares de deuda en discusión. "En este punto ya es una decisión política, pura y dura", señala una fuente del oficialismo que participa de las discusiones internas sobre cómo salir del embrollo. Quien baja el martillo no es solamente el Presidente, por eso cuesta anticipar un escenario claro. Más allá de la ansiedad de Fernández por tener una noticia positiva por comunicar.

La salida del default tendría un efecto psicológico también en el Gobierno: sacarse la mochila de la renegociación, aportaría al menos algo previsible en el horizonte para diseñar medidas contra la depresión que viene.

También le permitiría considerar la posibilidad de un cambio en el Gabinete, acorde a las circunstancias que le impuso la inesperada realidad de este 2020 distópico. Hay un consejo que le llega seguido al Presidente desde dirigentes peronistas que lo quieren: que reduzca la cantidad de ministerios, concentre la gestión económica y se rodee de funcionarios con mayor espalda política. Un Gabinete para la reconstrucción, susurran en la jerga interna. Implicaría refundar, eso sí, la dinámica original del Frente de Todos, consistente en la ilusión de un loteo generoso donde la accionista principal sigue estando fuera de la Casa Rosada.

Martín Rodríguez Yebra

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