Vicente Massot

Poco tiempo antes de dar comienzo los campeonatos mundiales de fútbol, en los años 2014 y 2018, una de las inquietudes que compartían -aunque por motivos diferentes- la clase política, los analistas de la situación económica del país y la población en general, estaba relacionada con la incidencia que tendría la performance de nuestro seleccionado en los asuntos públicos. 

Reza el adagio, bien conocido en la Madre Patria y en toda la América española, que la necesidad tiene cara de hereje. Que lo nieguen, si acaso pudieran hacerlo sin que se les cayera la cara de vergüenza, el actual ministro de Economía y su mano derecha en esa repartición pública, Gabriel Rubinstein.

Pasan las semanas y nada cambió demasiado en términos políticos. Los problemas son los mismos que enfrentamos desde hace décadas, sin que ninguno de los gobiernos que se turnaron en el ejercicio del poder haya sido capaz de solucionarlos.

La grieta que recorre la geografía del Frente de Todos y de Juntos por el Cambio es tan acusada a nivel dirigencial como la que las bancadas, en el Congreso Nacional, tienen el oficialismo y la principal coalición opositora. A medida que transcurre el tiempo y se acercan los comicios quedan al descubierto no sólo las diferencias, sino también las miserias que cruzan en diagonal el universo de eso que Javier Milei ha dado en denominar la casta política.

Los diez meses que faltan para que se substancien las PASO -siempre y cuando no resulten suspendidas, claro- y los doce que nos separan del momento en que ele- giremos al próximo presidente de la Nación, ¿están a la vuelta de la esquina o se encuentran lejos de nosotros? La pregunta antedicha no es ociosa en términos políticos.

Si la frase no se resintiese por su inequívoco tufillo futbolero, cabría definir la irrupción del presidente de la Nación en el coloquio anual de IDEA, en Mar del Plata, y su discurso en ese cónclave empresario, con el conocido giro ‘se agrandó Chacarita’.

El sentido común indica que en la adversidad es conveniente dejar de lado las disputas internas, hacer a un costado las diferencias, y olvidar cualquier rencor que pudiera existir entre los miembros de un mismo frente político, para nadar juntos contra la corriente y tratar de sobrellevar los rigores de una crisis de la mejor manera posible.

El nuestro es un país acostumbrado, desde largo hace, a sufrir desencantos sonados, a padecer crisis económicas sin cuento y a soportar miserias de todo tipo. Como formamos parte de una sociedad tan mansa como cobarde, protestamos en voz alta, agitamos los brazos enfurecidos, lanzamos amenazas que nunca cumplimos y -al final- nada cambia demasiado.

Un gobierno que, a través de su secretario de Comercio Interior, debe prestarle atención al faltante de figuritas relacionadas con el campeonato mundial de fútbol a punto de comenzar en Qatar, o bien no tiene idea de cuáles son las prioridades del país que habita o bien está mirando otro canal.

La mejor manera de comprender los procedimientos a los cuales ha echado mano Sergio Massa para lograr el cometido que se ha propuesto -salvar al gobierno del descenso tan temido por el kirchnerismo- es tomar conciencia de lo que significa el dicho popular de barrer la basura debajo de la alfombra. Se equivocaría de punta a punta en su análisis quien creyese que el ministro de Economía ha puesto, con las medidas adoptadas hasta el día de hoy, los sillares de un futuro plan de estabilización o algo siquiera parecido. Nada de eso.

No deja de sorprender la manera como nuestros gobernantes -sin importar demasiado cuáles hayan sido o sean sus observancias ideológicas- confunden los veranitos económicos -de suyo circunstanciales- con el éxito de su gestión. Sergio Massa, en particular, y sus seguidores, en general, no representan una excepción a esta regla.

En nuestro país todo es posible. Si para muestra vale un botón, según reza el adagio tan sabio como antiguo, las declaraciones efectuadas el fin de semana pasado por el formoseño Héctor Mayans, nos eximen de mayores comentarios. Véase que cuanto demandó de manera enfática el senador de la provincia norteña, para preservar la paz social, fue la clausura del estado de derecho, nada más y nada menos.

La batucada que protagonizaron los jóvenes de La Cámpora en la intersección de Juncal y Uruguay, en pleno corazón del barrio de La Recoleta, fue una manifestación de carácter político-folklórico, nada más. Unos mil o dos mil manifestantes-descontando la pasividad del gobierno de la capital federal- se cansaron de hacerle el aguante a Cristina Fernández y de repetir, hasta el hartazgo, que se armaría un quilombo si acaso alguien se animaba a tocarla. Conviene distinguir la revolución discursiva de la fáctica.

Conviene no perder tiempo en cuestiones menores o en tonterías, aun cuando indignen o parezcan asuntos de alguna importancia. Dos hechos recientes, de los muchos que podrían traerse a comento, sirven de ejemplo.

Hay verdades que -sin distinción de matices ideológicos- conocen bien todos los políticos. Una de ellas es que, en situaciones críticas, un gobierno que se hace cargo del poder o un ministro de Economía que llega a su despacho, en reemplazo de otro cuya gestión ha sido fallida, deben actuar de inmediato y tomar las decisiones que fueran menester, sin pedir permiso y sin perder tiempo.

Semanas antes de la sorpresiva renuncia de Martin Guzmán, el entonces presidente de la Cámara de Diputados de la Nación convocó a su casa, en la localidad de Tigre, a una suerte de dream team de economistas del peronismo que, era vox populi, respondían al anfitrión y estaban dispuestos a acompañarlo en la empresa, siempre y cuando Sergio Massa fuese nombrado jefe de Gabinete o, en su defecto, ministro en la cartera de Hacienda.

A Sergio Massa lo hubieran podido nombrar ministro de Economía en el momento en que Martin Guzmán decidió irse a su casa dejando, detrás suyo, un verdadero tembladeral en las cuentas públicas.

Ninguna de las versiones que se han echado a correr en el curso de las últimas semanas es disparatada. Básicamente porque, a esta altura de la crisis, todos los escenarios deben ser tenidos en cuenta. En una palabra, cuanto hace algunos meses era sólo posible, ahora se ha transformado en probable.

Algunos opinan que las comparaciones son odiosas, y es posible que, en ciertos casos, ello sea verdad. Pero no siempre es así, sobre todo si el ejercicio no abriga el propósito de fulminar condenas y levantar patíbulos. Cualquier interesado en saber si existe un común denominador en las crisis dramáticas que hemos sufrido -desde el Rodrigazo a la fecha- no debería esforzarse demasiado.

Excepto para un suicida -y no existen muchos en la esfera de la política- cualquiera que se asomase al abismo retrocedería sin dudarlo producto del miedo a caer en el vacío.

Todo fue un grotesco. La manera como Martin Guzmán -no sin predeterminación- decidió el día y la hora de su renuncia. El off side en el que quedó parado el presidente, que se enteró de la noticia mientras almorzaba en la casa de campo de un renombrado evasor impositivo.

La disputa que se ha entablado a cara descubierta por el manejo de los planes sociales muestra, a la vez, varias cosas. Por de pronto, la dimensión pavorosa de la pobreza argentina. Enseguida, las cifras astronómicas que se manejan. En tercer termino, la rajadura notable y notoria de un Frente de Todos, del cual sólo quedan saldos y retazos. Y, por último, la voracidad de los protagonistas de la pelea a la hora de querer hacerse de esas partidas presupuestarias.

El escándalo que ha suscitado la presencia del avión iraní-venezolano en suelo criollo es, en primera instancia, una demostración palpable de la improvisación y de la incompetencia con que se manejan los principales funcionarios del Estado argentino.

El continente americano está conformado por un mosaico desigual de países que en determinados casos tienen un idioma, una religión y hasta una historia en común y, en otros, aquello que los diferencia es mucho más acusado que aquello que los une.

Podría calificarse a la situación por la que atraviesa la administración presidida por Alberto Fernández de grotesca, sin que ello importase levantar a expensas de aquélla un infundio gratuito o un agravio caprichoso. A veces no hay más remedio que recurrir a términos poco usuales en este tipo de crónicas políticas que el maravilloso idioma castellano pone a nuestro alcance para describir, precisamente, escenarios como el presente.

Todos los actores de la política argentina -sin excepciones a la regla- dicen en público que hoy, en su orden de prioridades, no figuran las elecciones que habrán de substanciarse entre agosto y octubre del año próximo. Afirman que todavía falta mucho para desempolvar las urnas y meterse de lleno en la cuestión -vaya si ríspida- de las candidaturas y de las internas partidarias. El discurso es -por supuesto- para consumo del vulgo.

Si el CEO de una gran empresa tropezase con el idioma al momento de hacer uso de la palabra delante de sus empleados; su segundo en el organigrama jerárquico de la compañía no le llevase el apunte y tratase de boicotear su desempeño en cuanta oportunidad pudiese; los directores de determinadas áreas estratégicas no respondiesen a sus superiores naturales y -para colmo de males- ese CEO tratase de actuar sin arreglo a un plan y con un CFO cuestionado, no duraría un segundo en su cargo. El directorio, sin dudarlo, lo despediría sin siquiera agradecerle, por una cuestión de formas, los servicios prestados.

Los análisis políticos están hechos siempre con base en suposiciones y conjeturas que el curso ulterior de los acontecimientos pueden confirmar o desestimar. Si bien las más de las veces tratan acerca de lo que parece probable que suceda, es conveniente tener en cuenta también aquello que, por mucho que se lo mencione y se lo dé como posible, no habrá de ocurrir.

Los Fernández -Cristina y Alberto, claro- conforman la versión política de los Pimpinela. Sólo que estos últimos eran cantantes que deleitaban a su público con peleas de ficción. Aquéllos, en cambio, son dos irresponsables que tienen en sus manos el timón del gobierno nacional. Los hermanos simulaban sus diferencias y, en definitiva, todo no pasaba de ser una actuación.

Demos por descontado que, antes de sentarse a la mesa de la conducción de Juntos por el Cambio, algunos de sus capitostes se pusieron de acuerdo para introducir en el orden del día el tema Milei.

Hay hechos, decisiones, cursos de acción y anuncios que hacen mucho ruido, pero importan poco o nada en términos políticos. Se acostumbra entre nosotros a darle a determinadas cuestiones una trascendencia que no se corresponde con la realidad de las cosas. Valgan algunos ejemplos para poner de relieve el fenómeno.

Aunque disguste sobremanera a los biempensantes, cuando Cristina Kirchner distinguió el rango del mando no faltó a la verdad. Más allá de si era conveniente que cargase de esa manera en contra del presidente de la Nación -dejándolo, una vez más, en ridículo- lo cierto es que recibir en una ceremonia formal el bastón y la banda propios de los jefes de estado no implica -al menos, no necesariamente- que el agraciado con semejantes adornos detente el poder real.

Osvaldo Jaldo, Gustavo Bordet, Oscar Herrera Aguad, Omar Gutiérrez, Raúl Jalil, Sergio Ziliotto, Sergio Uñac, Mariano Arcioni, Omar Perotti, Gustavo Melella, Ricardo Quintela, Jorge Capitanich y Guido Insfrán. Si hiciéramos una encuesta en la calle, por fuera de los interesados en los asuntos políticos, para determinar si los arriba mencionados son jugadores de fútbol de un club de la primera división, miembros de una sociedad filantrópica o diputados de algún partido, fuera de cualquier duda la mayoría de las respuestas sería incorrecta.

Hubo unanimidad en los análisis respecto de cuanto aconteció -al menos en el ámbito de la capital federal- el pasado 24 de marzo. Según todos, en el “día de la Memoria” -que así lo han denominado- el camporismo hizo gala de su poder de movilización y realizó -claramente, a expensas de los seguidores de Alberto Fernández- una notable muestra de su poderío. La explicación es cuando menos curiosa, por no decir antojadiza o hasta disparatada.

 

Y un buen día, luego de su sinfín de tiras y aflojes; de repetir escenas de celos y no dirigirse la palabra mutuamente; de discutir a grito pelado dentro de cuatro paredes; de hablar mal del otro a hurtadillas y simular en público que las riñas existían pero que eran -después de todo- normales, como en cualquier matrimonio, Alberto Fernández y Cristina Kirchner decidieron ventilar, de puertas para afuera, una separación que se veía venir.

 

Supongamos sólo por un momento que, de buenas a primeras, el Fondo Monetario Internacional se convirtiese en una sociedad de beneficencia y decidiese conmutar la deuda que la Argentina arrastra con ese organismo de crédito. Seguramente la euforia ganaría a buena parte de la población creyendo que, desaparecida esa espada de Damocles -que ya no pendería sobre nuestras cabezas- al país se le abriría un futuro promisorio.

 

En pocas oportunidades, si acaso alguna, un tema determinado -en este caso el proyecto de acuerdo de facilidades extendidas con el Fondo Monetario Internacional- ha suscitado en el seno de los dos frentes políticos más importantes del país tamañas discusiones, sospechas, celos y disputas a grito pelado. Era obvio que una vez conocido el texto se harían notar, a uno y otro lado de la grieta que divide a los argentinos, las profundas diferencias del kirchnerismo respecto de sus opositores.

 

Podría haber tenido un tono distinto, más conciliador, y menos confrontativo. Menos extenso y tedioso y más específico. Menos pretensioso y más humilde. Podría haber evitado las excesivas expresiones de deseos y ser más autocrítico respecto del desmanejo de la pandemia que causó 130.000 muertos. Pero era pedirle peras al olmo. Alberto Fernández es así: prosopopéyico, inculto, maestro de Siruela y desvergonzado.

 

Que Juan Cabandié era un inútil consumado, que de medio ambiente sabía tanto como Jorge Taiana de defensa nacional o Santiago Cafiero del manejo de las relaciones exteriores del país, era cosa de todos conocida.

 

El anuncio que, en su momento, hizo Alberto Fernández respecto del acuerdo al cual se había llegado con el Fondo Monetario Internacional no fue un globo de ensayo lanzado por el gobierno sino una verdad a medias que -para entenderla en toda su dimensión- requiere una serie de explicaciones.

 

Más allá de que nunca fue una de sus preocupaciones de cabecera y que -por lo tanto- nunca figuró en su lista de prioridades, el gobierno tomó conciencia de que, a esta altura del partido y dada la situación calamitosa que atraviesa el país, es tarde para forjar un plan de estabilización y ponerlo en marcha en consonancia con los requerimientos del Fondo Monetario Internacional.

 

A medida que avanzaba, en el curso de la última semana -y no sin notables altibajos- la negociación de Martín Guzmán con el staff técnico del Fondo Monetario Internacional, más y más se hacían oír las críticas enderezadas contra ese organismo de crédito por parte de los kirchneristas de paladar negro. Leopoldo Moreau y el director del Banco Nación, Claudio Lozano, argumentaron en voz alta a expensas de un acuerdo que todavía no había sido anunciado, pero estaba en el aire.

 

Si nos tomáramos el trabajo de hacer un resumen breve respecto de las crisis políticas, económicas y sociales que hemos debido sobrellevar en el último medio siglo, pronto saltarían a la vista -sin necesidad de ser un historiador, economista, sociólogo o estadístico de nota- cuatro fenómenos que sólo se han dado en nuestro país en términos de 1) su recurrencia, 2) su magnitud, 3) la incapacidad de hacerles frente aun cuando -recortadas, como estaban, en el horizonte- nunca nos tomaron de sorpresa y 4) la ineptitud que demostramos para extraer lecciones útiles de esas experiencias desgraciadas.

 

Las especulaciones respecto de cómo podría evolucionar en las próximas semanas la negociación en curso con el Fondo Monetario Internacional no dejan de crecer y todo hace suponer que, conforme transcurran los días y nos acerquemos a la última semana del mes de marzo, no habrá análisis de la situación política y económica de nuestro país que no ponga el mayor énfasis sobre el tema.

 

Pasada la Navidad, iniciado el nuevo año y puestos los camellos a descansar hasta la próxima festividad de Reyes, en nuestro país nada ha variado para bien. Es más, todo ha empeorado de manera significativa, sin que puedan descubrirse indicios de que en los días por venir las cosas mejoren.

 

En las últimas semanas el periodismo gráfico y televisivo se tomó el trabajo de desandar la historia con el propósito de revisitar la caída de Fernando de la Rúa y la efímera presidencia de Adolfo Rodríguez Saá, hechos acontecidos veinte años atrás.

 

 

Si bien es cierto que la principal fuerza opositora carece por ahora de un jefe capaz de fijarle un rumbo, con arreglo al cual recorrer el camino que la llevará a las elecciones generales del año 2023, no lo es menos que al oficialismo -como quedó al descubierto desde la derrota sufrida en las internas abiertas substanciadas en el último mes de septiembre- lo aqueja el mismo mal.

 

 

Pepe Mujica, al que los años -que no dan tregua-, se le han venido encima, no aguantó la perorata de los dos Fernández. En medio de la fiesta se quedó profundamente dormido. Lula da Silva, algo más joven, soportó con mayor estoicismo los discursos, pero su mirada lucía perdida. Lo suyo era cuerpo presente y mente ausente.

 

 

El acuerdo con el Fondo Monetario Internacional se ha convertido en un verdadero problema para los integrantes del gobierno nacional. De tanto repetir, sin solución de continuidad, que ese organismo de crédito es una suerte de resumen y compendio de la maldad -integrado por quienes desean el estancamiento de la Argentina- ahora se hallan en el peor lugar imaginable.

 

 

Derrocado en septiembre de 1955 por la así llamada Revolución Libertadora, Juan Domingo Perón, tras una estadía más o menos prolongada en Paraguay y distintos países de América Central, recaló en la España de Franco, donde -en condición de asilado político- residió hasta su vuelta definitiva a la Argentina en el año 1973.

 

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