Carlos Mira

 

¿Quién puede dudar a esta altura del partido que el kirchnerismo está usando la estructura del Estado (sostenida por todos los argentinos con sus impuestos) para lograr lo que no son otra cosa que los objetivos personales de su jefa? Si, si: toda la Argentina pagando el plan de impunidad de una persona, de una familia y de una banda de secuaces que los acompañaron y se beneficiaron con el latrocinio al Tesoro Público más grande de la historia del país.

 

 

Son muchas, obviamente, las palabras que podrían definir a este gobierno en particular y al kirchnerismo en general. Corrupto, autoritario, negacionista, abolicionista, hegemónico, vengativo… En fin, son muchos los términos que lo describen.

 

 

Durante el fin de semana explotó en las redes un vídeo que muestra al terrorista Grabois en una reunión autotitulada “cumbre de los pueblos” sacándose la careta completamente y advirtiendo a su auditorio: “está claro que hacemos quilombo por plata… O sea: esto es por plata. Aquí no estamos haciendo la revolución. Hacemos quilombo para sacarle plata al Estado para mantener a los compañeros nuestros”.

 

 

¿Qué puede esperarse de un país en donde la impulsora más escalofriante de la más profunda división nacional que el país recuerde desde los años ’40 convoca a un acuerdo?

 

 

La familia Soriani fue secuestrada en su propia casa en El Foyel en Bariloche por un conjunto de delincuentes autodenominados “mapuches” que están robando propiedades desde hace tiempo en el sur argentino sin que la ley sea restaurada por la autoridad.

 

 

 

Yo no sé, francamente, si el presidente Fernández es o se hace. Se está desarrollando el 56° Coloquio de IDEA, la convención empresaria más importante del año que usualmente se desarrolla en el hotel Sheraton de Mar del Plata y que este año por razones obvias, tomó un formato virtual.

 

 

En marzo de 2020, el presidente Fernández, subido a un imaginario caballo blanco, rodeado de un conjunto de médicos que hoy si se los quiere buscar nadie los encuentra, con tono sobrador, como quien está de vuelta de una batalla en la que hizo todo bien; con el gesto del que se las sabe todas, mirando de reojo a la cámara y apenas levantando el costado derecho de su bigote, afirmó: “Somos un gobierno de científicos; no de CEO’s”, en clara alusión sarcástica a cómo había sido caracterizado el gobierno de Mauricio Macri.

 

 

Nuevamente la política exterior se muestra como una manifestación de las cuestiones de política interna. El voto argentino en la ONU de condena a la violación de los derechos humanos en Venezuela ha tenido una serie de efectos domésticos que no se sabe si han terminado aún.

 

 

Ya nos referimos a lo que dimos en llamar el “partido del siglo”, es decir la eventual respuesta de la Corte a la situación de los jueces Bruglia y Bertuzzi de la Cámara Federal.

 

A veces uno piensa porque la Argentina ha caído tan bajo en su nivel de vida, en su índice de calidad institucional, en el ranking general de las naciones.

 

 

La tendencia fascista de la Argentina no sólo viene retroalimentada desde el peronismo en el poder.

 

La Argentina ha tomado un camino que no solo es fascista y que archiva para siempre la República, sino que también es profundamente inmoral, mentiroso, decadente, racista y vergonzoso.

 

 

Pensemos en los perfiles de Néstor Kirchner, Cristina Elisabet Fernández y de Alberto Fernández.

 

La Argentina está entrando de a poco, una vez más como en el cuento de la rana hervida, en un sistema de ley de la selva.

 

 

¿Qué clase de gobierno es este? ¿Qué perfil de país se está delineando en la Argentina?

 

 

El ex presidente Duhalde dijo que el año que viene es muy probable que no se celebren las elecciones de medio término que prevé la Constitución. Dijo que podría haber un golpe de Estado, aunque aclaró que conoce a la oposición y que no son enemigos sino gente que, simplemente, tiene otra postura.

 

 

Probablemente el presidente Fernández quede en la historia como el presidente más cínico que tuvo el país. Confieso que iba a escribir “que tuvo la República”, pero ya estoy muy consciente que la Argentina ha dejado de serlo hace rato.

 

 

Muchos dudan acerca de si en política existe una verdadera lucha entre el bien y el mal o si, en realidad, se trata de una lucha en donde todos son malos.

 

 

 

El gobierno está lanzado ya desenfrenadamente, de la mano del coronavirus, a un ataque completamente desenmascarado sobre las libertades más íntimas de la ciudadanía.

 

 

Como era lógico los principios que el gobierno pretende aplicar a toda la Argentina no podían variar en el caso del enfoque que intenta darle al tratamiento del coronavirus.

 

 

Muchas veces nos hemos referido en estas columnas a la inveterada tradición argentina de ponerse en guerra con lo obvio.

 

 

 

El presidente Fernández ha dicho muy suelto de cuerpo que no cree en los programas económicos.

 

 

De repente los instaladores de la división social y del odio de clases han empezado a utilizar ostensiblemente la palabra “odio” para referirse, justamente, a lo que hacen los demás.

 

 

 

El presidente Fernández va camino de ponernos delante de muy pocas opciones para que nos pronunciemos sobre él.

 

 

Nadie conoce mejor el arte de las tropelías que quien las hace con frecuencia. Se trata de lógica pura: ¿quién dominaría mejor las dulzuras de la estafa que un estafador?

 

 

Sobre el fin de la semana se conoció que el BCRA aprobó una resolución según la cual los beneficiarios de pagos indemnizatorios del Estado por los crímenes cometidos por la dictadura (léase los hijos y nietos de desaparecidos) iban a poder comprar dólares al cambio oficial y sin límites e iban a poder transferirlos al exterior sin limitaciones.

 

 

La posición del Jefe de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, Horacio Rodríguez Larreta desde que surgió el coronavirus en la Argentina es bastante particular.

 

 

La verdad que ver al presidente envuelto en un torbellino de ignorancias del que trata de salir con una mezcla de mala educación, autoritarismo, malos modales y más ignorancia es realmente triste.

 

 

Hace un tiempo en este mismo lugar (La enfermedad argentina, un artículo que dio la vuelta al mundo, pero cuyo origen fue atribuido increíblemente al diario “The Washington Post”) decíamos que la Argentina estaba gravemente enferma.

 

¿Cómo surgió la democracia después de todo? Es decir, ese valor inmaculado con el cual todos los populistas se llenan la boca y fundan en él todas sus exageraciones, ¿de dónde vine? ¿cuál fue su origen?

 

 

Casi al mismo tiempo que a Kicillof se le hacía agua a la boca hablando sobre los empleos perdidos en EEUU -con un dejo de sonrisa que dejaba entrever su regocijo- el premarket norteamericano explotaba más de 600 puntos por la noticia de que la economía había recuperado más de 2.5 millones de puestos de trabajo.

 

 

No son pocos los dirigentes que, frente a lo que ocurre, están proponiendo acuerdos políticos, económicos y sociales para los tiempos que vendrán luego de que lo peor del Covid-19 haya pasado.

 

 

Hasta donde estoy informado la Constitución sigue rigiendo en la Argentina… ¿O no? ¿O solo está vigente aquella parte que les permite dar una pátina de legalidad a los que quieren encaramarse en el poder para adueñarse de todo?

 

 

Uno no tiene tiempo para el asombro. Máxime cuando se trata de la sanción de leyes que involucran también la voluntad de la oposición, porque uno se pregunta si realmente leen lo que aprueban.

 

 

Ya son múltiples los costados por donde la relación del presidente con la vicepresidente choca por dos visiones diferentes del gobierno. No quizás respecto del horizonte de país, en donde puede haber más coincidencias que diferencias, pero sí en cuanto a la forma de gobernar y en cuanto a las decisiones por tomar.

 

 

El ministro Guzmán insiste en que el producto argentino caerá 6.5% este año debido a la cuarentena y a la paralización de actividades impuesta por el presidente debido al coronavirus.

 

 

El presidente Fernández sigue sometido a intenso fuego amigo desde el costado más duro del cristinismo fascista que tiene en el Instituto Patria la usina de boicots y operaciones más fuertes contra el presidente.

 

 

Durante el fin de semana se han producido señales muy negativas para el futuro de la Argentina, sin bien, todas, a mi entender, se encuentran en línea con el plan trazado por el kirchnerismo desde hace ya mucho tiempo.

 

 

Pronto los argentinos vamos a tener que tomar una decisión respecto del confinamiento. Durante una primera etapa todo el mundo lo acepto como una cuestión bastante razonable dadas las circunstancias.

 

Si aún había espacio para desentrañar más profundamente la pasta de la que están hechos algunos de los dirigentes que nos gobiernan, el coronavirus nos ha dado la oportunidad para hacerlo.

 

Fernández probablemente se esté poniendo al frente de una horda evidente de nuevos señores feudales que han iniciado un proceso de restauración de las normas por las que el mundo se regía en el siglo XVI.

 

 

En las pocas horas que han transcurrido desde la última columna hasta ahora han ocurrido tantas cosas que uno no sabe bien por dónde empezar la de hoy.

 

 

Como era de esperarse cuando un problema realmente serio afecta al país, Cristina Fernández se borró.

 

 

Parece mentira que hasta las calamidades nos hagan dar cuenta del tipo de mentalidad en la que hemos caído.

 

 

La vice ministra de educación Adriana Puiggrós calificó las pruebas de evaluación educativa de la OCDE (PISA) y las de la Unesco como “instrumentos de control”.

 

 

El discurso del presidente para inaugurar las sesiones ordinarias del Congreso dejó mucho que desear. A los efectos de resolver los urgentes problemas que tiene la Argentina fue directamente una pieza nula, sin ningún peso.

 

Si bien ahora se desdijo, Nora Cortiñas, la integrante de Madres de Plaza de Mayo, atacó fuertemente al presidente porque éste había sugerido “dar vuelta la página” en materia del relacionamiento de la sociedad con las fuerzas armadas en un acto en donde Fernández despedía a un contingente de militares que se integraban a las fuerzas de paz en Chipre. Cortiñas dijo que Fernández era un “negacionista”.

 

 

El presidente del BCRA, Miguel Pesce, acaba de hacer unas declaraciones muy irresponsables en el sentido de que “es posible” que la Argentina vaya al default.

 

 

El kirchnerismo es una máquina de generar sorpresas que no dejan de asombrar. En alguna medida resulta bueno para confirmar que uno no ha perdido, justamente, la capacidad de asombro.

 

Como si la gravedad de la presentación del ministro Guzmán ayer en el Congreso no hubiera sido suficiente, el presidente ahondó hoy más aun esa percepción cuando avaló la postura rupturista de Cristina Fernández en el tema de la deuda, al mostrarse, él también, partidario de una quita.

Se trata de la toma de un camino peligrosísimo para la Argentina porque dirige al país de modo directo a una profundización del aislamiento en el que ya vive. También sirve para terminar de confirmar tácitamente que quien gobierna el país es el kirchnerismo y que toda fantasía sobre la posibilidad de un Fernández moderado que rescate las ventajas de la inserción mundial es justamente eso: una fantasía.

Kirchner había lanzado el primer exabrupto en Cuba y en referencia directa a la deuda con el FMI, demostrando una vez más, al mismo tiempo, su malicia y su ignorancia. El capital de la deuda con el Fondo no es susceptible de quita porque los intereses son irrisorios y porque eso significaría la declaración de guerra del país a toda la comunidad financiera. Una especie de Malvinas del dinero.

Pero lo más grave de todo es la verificación –ostensible a esta altura- de lo pifiada que tiene la mirada el gobierno sobre el problema central de la Argentina.

El presidente se ha echado él mismo unas enormes esposas a sus muñecas cuando dijo que nada es resolvible ni encarable hasta que no se solucione el problema de la deuda: ni el plan económico, ni la estrategia de crecimiento, ni ninguna decisión es pasible de ser tomada hasta que la deuda no esté resuelta.

A su vez los acreedores dicen “entréguenme un programa y entonces podremos discutir el tema de la deuda”. El gobierno, como se ve, se ubicó solo en un callejón sin salida.

Por lo demás, efectivamente, el problema de deuda sería completamente secundario si los argentinos y el mundo vieran que el gobierno tiene un plan para crecer, desarrollar las potencialidades del país y multiplicar por docenas el nivel productivo actual.

Como muchas veces un ejemplo vale más que mil explicaciones, vaya una imagen como metáfora.

Supongamos una persona individual completamente endeudada que ante la visita de su acreedor le dice: “Mirá, vos tenes que dejar que yo durante tres años no te pague… En ese tiempo yo te prometo que me recupero y con lo producido por la recuperación, te pago”.

El tema es que cuando el acreedor visita al deudor lo encuentra completamente encadenado a una cama, todo trabado, con apenas capacidad para mover las manos y un poco la cabeza. El tipo, como es lógico, piensa: “Esta bien, yo le doy tres años de gracia a este pobre Cristo, pero… ¿cómo va a hacer para producir más y pagarme si está completamente maniatado...? Apenas puede moverse…Si yo lo viera apto, suelto, liberado, capaz de laburar, de generar, yo lo banco, pero así, la verdad, que prefiero hacerle juicio…”

Esto es lo que ocurre con el país. ¿El problema es la deuda? ¡No! ¡El problema son las cadenas que nos tienen completamente asfixiados y no nos dejan trabajar ni producir! Si la Argentina se liberara de las cadenas que la mantienen presa a una imaginaria cama de hospital, el país comenzaría a producir a una tasa de tal magnitud que el problema de la deuda pasaría a ser proporcionalmente mínimo. Y, ahora, en la coyuntura, el conjunto de acreedores que viera a un gobierno decidido a ir con unas enormes pinzas a cortar todas las ataduras que nos mantiene tiesos, se mostrarían dispuestos a ayudar en la enorme tarea de la recuperación.

Es lo que ocurrió en Australia a mediados de los ’80. Hasta allí el Producto Interno Bruto del país no llegaba a los 200 mil millones de dólares. Hoy 35 años después, gracias a un programa que la liberó de las cadenas del socialismo, el PIB es casi 8 veces esa cifra: 1500 miles de millones (es decir billones) de dólares.

Imaginen la Argentina con un PIB que fuera 8 veces el tamaño del actual: la deuda tendría el tamaño de un maní y todo el mundo querría venir a invertir y a generar negocios y trabajo en el país.

Pero para hacer esto todos los privilegios del sector público, del funcionariado y de los que viven del Estado deberían cesar, incluidos los de la señora Fernández, los del presidente, los de los sindicatos y los de toda la casta medieval que gobierna la Nación y las provincias.

Son muchos los callos que hay que pisar. Muchos los intereses con los que habría que terminarse, mucho statu quo el que habría que mover. Fue el karma de Cambiemos, que, finalmente y por lo bajo (pese a que su eslogan era “sí, se puede»), terminó confesando “no se puede”.

Ahora bien, que todo eso no se quiera hacer porque implicaría renunciar a todos los privilegios de los que ellos gozan, es una cosa. Pero decir que no se puede hacer nada por el problema de la deuda y que hasta que la deuda no se resuelva no se puede mover ninguna ficha, es la excusa perfecta para que los trabajadores privados sigamos bancando a más de medio país parásito.

Mientras la juvenilia socialista sigue jugando a la revolución de pacotilla con indirectas de cuarta y sarcasmos dignos de una mejor prosa. Los únicos privilegiados de ese juego serán ellos, como la casta de los Maduro, de los Castro, de los Ortega o antes de los Lenin o Kruschev. Pero el pueblo y el país seguirán mordiendo el polvo.

Carlos Mira  

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