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Domingo, 01 Agosto 2021 00:39

Políticos viejos, políticos nuevos, asoman en la oferta electoral 2021 – Por Vicente Palermo*

Escrito por Vicente Palermo

Una de las novedades interesantes que nos ha traído la preparación de los partidos para las jornadas electorales que se avecinan es la inclusión de ciudadanos ajenos al mundo profesional de la política como precandidatos de las PASO y muchos de ellos, seguramente, como candidatos con elevadas posibilidades de conquistar los cargos en disputa. 

Es cierto que la distribución de figuras outsiders (outsiders que no se presentan en un juego de oposición a la clase política sino imbricándose con ella) no es regionalmente pareja (en algunos distritos – sobre todo los del cinturón geográficamente medio, más desarrollado, el fenómeno tiene lugar con mayor frecuencia, en tanto que en los menos desarrollados y más controlados por caudillos partidarios, prácticamente no ocurre) y tampoco es pareja en términos de opciones partidarias: casi nada de esto puede observarse en el oficialismo (al contrario de los 90), mucho en la oposición. No obstante, estas diferencias no impiden observar la novedad en términos más generales, y no como puramente vinculada a las variables regional o partidaria.

 

Comencemos por donde habitualmente se considera que no hay que comenzar: todavía no hemos analizado y ya emitimos un juicio. Parecería que podríamos encontrar dos puntos de vista bastante razonables. El optimista nos dice que el fenómeno, sobre todo si no se tratara de algo pasajero, podría contribuir a la reversión del círculo vicioso de deserción ciudadana y creación de chances para políticos logreros y oportunistas, motivados por beneficiarse de la política como sea y muy lejos de respetar a la base electoral o social.

La situación actual tiene bastante de eso y la novedad de que ciudadanos ajenos a la política convencional se incorporen a ella podría servir, entonces, para desmontar esa retroalimentación tan perniciosa (sobre todo porque no se trata, volviendo nuevamente a los 90, de figuras estelares exclusivamente). Pero un punto de vista pesimista no vería las cosas con tanto entusiasmo.

Diría que estos ingresos, si exitosos, marcan el camino para aventureros, sanateadores y qualunquistas, que hablando en nombre de “la gente” cultivarán un narcisismo de desubicados, darán dolores de cabeza y enturbiarán aún más las aguas de la política profesional. No sé.

Tal como están las cosas, me inclino, sin negarle algo de razón a las dos posiciones, por darle un crédito a la optimista. La irrupción de no políticos en la política, si bien no está exenta de peligros, podría comenzar a revertir el círculo vicioso y pensemos en que hay alternativas probablemente peores, como la de los outsiders tradicionales, que en lugar de entremezclarse con los partidos preexistentes desafían a la política in toto agitando las banderas de la antipolítica, o la creación de redes antisistema, de regeneración política y moral, alrededor de líderes populistas y antipolíticos.

Pero, constatada esta novedad, ¿a qué podemos atribuirla? No parece difícil una primera aproximación. Al alcance de la mano tenemos todo aquello que se presenta con la etiqueta de crisis de representación. Analíticamente hablando, no resulta fácil calificar a la mayoría de las democracias modernas de democracias representativas; los lazos entre los estratos políticos y la sociedad se han complejizado notoriamente en las últimas décadas y una acumulación de mutaciones ha colocado a la representación, tal cual la entendíamos durante casi todo el siglo XX, bajos cuestionamientos que van desde la desconfianza a la abierta impugnación, la proliferación de opciones de acción ciudadana que dejan la política convencional a un lado, y la denuncia de esta por impotente, corrupta, cómplice y crasamente autointeresada.

En este marco general, los partidos hacen lo que pueden. Y una de las cosas que pueden es adaptarse; no está mal. Frente a la desafección ciudadana, convocan a figuras ajenas al mundo de la política, que expresan muchas cosas: que están dispuestos a integrarse a la política de partidos (aunque sea con un discurso sinceramente renovador), que están dispuestos (pese a todo) a ser representantes, que se avienen a convivir con la execrable “clase política”, y que confían en que una parte de los desafectos se sentirán convocados, o en que en el magma de la competencia serán más capaces de atraer a los reticentes, indecisos, laxamente adherentes a otros partidos, etc.

Y si la experiencia es buena, habrá un efecto demostración. Pero, para que esto suceda, deberán tener presente que la política es mucho más que, meramente, el camino lineal y mecánico de ser candidato, ser elegido, representar. Es muchísimo más que eso. La política es persuasión, negociación, liderazgo, deliberación, confrontación, innovación, autoridad, decisión, gobierno.

La política es convicción, pero también responsabilidad. El gobierno no es representación pura, y el arte de la política debe conciliar sus dimensiones. Pero para eso, quienes provienen de fuera del mundo de la política y son reconocidos en mérito a ese origen, ¿podrán convertir un capital previo extrapolítico en un capital genuinamente político?

Si no lo hacen, si no perciben que esa conversión es indispensable y no tiene nada de mágica, no les irá bien. En el mejor de los casos, podrán hacer buenas gestiones de política pública (que no es poco) para las que no precisaban ser votados, o sufrirán bastante como legisladores hasta entender qué es la disciplina parlamentaria. Si lo hacen, en cambio, podrán descubrir sus talentos para no ser meramente mascarones de proa de la política convencional y contribuir a la renovación de los partidos.

*Socio del CPA

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