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Domingo, 19 Julio 2020 21:00

El opo-oficialismo - Por Carlos Salvador La Rosa

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Cristina es una opo-oficialista que defiende al gobierno o se le opone según lo requiera su plan estratégico, dentro del cual Alberto es sólo una táctica más.

 

“Cristina sabe que ha mentido y que el memorando firmado con Irán solo buscó encubrir a los acusados”. - Alberto Fernández. Obras Completas. Tomo I.

“Cuando se buscó un acuerdo con Irán, que yo critiqué mucho, en el fondo fue un intento de destrabar y hallar una solución”. - Alberto Fernández. Obras Completas. Tomo II (de reciente aparición).

Quien conoce la forma interna de funcionar del peronismo, habrá visto que esta semana, en medio de la pandemia y el aumento de casos, ocurrió una confrontación intensa dentro del movimiento, que llevó a un combate por el poder donde Cristina se impuso sobradamente a Alberto, frente al módico intento de éste de mostrar o buscar una identidad propia. Una pequeña rebelión de entrecasa donde Alberto quiso decir que él también existe. Sin embargo, a pesar de la levedad del conato, la reacción contra él fue brutal, implacable, humillante. Se le hizo tronar el escarmiento, como decía el General Perón.

¿Qué hizo Alberto que llenó de furia a Cristina? Varios gestos y declaraciones como los siguientes:

  • Recibir y escuchar a un Eduardo Duhalde que le aconsejó sacarse cuanto antes de encima a Cristina.
  • Arrepentirse del intento de estatización de Vicentin.
  • Llamar “amigo” a Horacio Rodríguez Larreta.
  • Cambiar discreta pero claramente de posición sobre Venezuela.
  • Acercarse a los empresarios más odiados por Cristina.
  • Dialogar con la oposición de Cambiemos, aceptando incluso sus condiciones para reunirse.

Todo esto fue apenas el llamado anhelante de un presidente pidiéndole algo de autonomía a su vicepresidenta. Pero para Cristina esto constituyó el colmo de las herejías, casi una traición, y así se lo hizo saber.

Para iniciar el ataque Cristina hizo suya la nota de Alfredo Zaiat, un columnista de Página 12 que criticó la política económica de Alberto proponiendo reemplazar a los empresarios grandes por una alianza entre el Estado, pymes y cooperativas.

Apenas Cristina lanzó la primera piedra, al Alberto le llegaron las bofetadas de Hebe de Bonafini y de Víctor Hugo Morales, que le dijeron de todo, mientras que el Presidente llamaba a los dos por teléfono para decirles que en realidad no dijo lo que dijo, o más o menos. Lo grave es que contestó las cachetadas poniendo las dos mejillas. Luego Cristina mandó a Anabel Fernández Sagasti para avisarle que el intento de expropiación de Vicentin sigue vivito y coleando.

Hasta el oportunista de Julio De Vido se sumó para crucificar a Alberto y Nora Cortiñas, una referente de las madres de Plaza de Mayo, cruzando un límite peligroso, dijo que en el actual gobierno hay ministros que participaron en asesinatos, como Felipe Solá en el caso de Kosteki y Santillán, y hasta propuso meterlo preso.

Agobiado, vilipendiado, Alberto se rindió sin condiciones y ofrendó su máximo tributo: el cambio de posición en aquello en lo que fue más contundente en toda su vida política: la condena al pacto de Irán. Ahora dice que Cristina tuvo razón en firmarlo.

Ya hecho guiñapos el Presidente, Máximo Kirchner, en nombre de la vencedora, fue a Olivos y la aceptó la rendición. Y acá no ha pasado nada. El poder regresó a su equilibrio natural. Vuelve el pobre a sus pobrezas, vuelve el rico a sus riquezas y el señor cura a sus misas. Por una noche se olvidó que cada uno es cada cual.

Es muy probable que el Alberto sobreviviente de este brutal ataque sea mucho más dócil aún de lo mucho que fue hasta ahora. Aunque vale aclarar que lo que intentó Alberto no fue ni por asomo romper con Cristina, sino ampliar su base de sustentación política propia a fin de lograr respirar ante un poder sofocante que le puso un respirador artificial y no se lo deja sacar. Pues bien, ahora, el respirador le queda de modo permanente.

Cristina no quiere gobernar ni cogobernar con Alberto, sino crear las condiciones de gobernabilidad para un futuro gobierno que supone enteramente suyo o de los suyos. No obstante, ella es la única que fija las estrategias políticas, pero sólo se mete con el gobierno cuando alguna táctica se desvía de su estrategia.

Su relato será discutible, pero es uno solo y coherente. En cambio, si se publicaran las obras completas de Alberto parecería un texto escrito por varios autores que piensan distinto e incluso contradictoriamente entre ellos. Por eso no se sabe bien lo que quiere, ni siquiera si lo sabe él, aunque parece que sería algo más bien moderado, le encantan las concertaciones y acuerdos. Pero eso está en las antípodas de Cristina. Ella no aceptará que converse con el enemigo.

Lo principal que hoy exige la vicepresidenta es que el presidente la libere cuanto antes de todo problema judicial, y si hay que arrasar con el país para lograrlo, pues que se arrase.

Y, en segundo lugar, busca ir sembrando huellas de hacia donde va el futuro: el impuesto a los ricos, Vicentin, el ataque a los empresarios, la alineación con Maduro, marchan en ese sentido. Hoy no están dadas las condiciones para ir por todo, pero hay que crearlas. Con o sin Alberto.

Así Cristina va marcando la cancha y el camino, de modo que la responsabilidad de gobernar sea del director técnico que puso, pero ella -como única dueña de la pelota y del club- se reserva el derecho de definir el tipo de juego y de cancelar el contrato, mientras -como si no fuera corresponsable del gobierno sino un observador externo- apoya lo que le parece bien y critica lo que le parece mal. Defiende al gobierno o se le opone de acuerdo a las necesidades de su plan estratégico dentro del cual Alberto solamente es una táctica más. Cristina es una opo-oficialista.

No es que siempre Cristina lo quiera neutralizar al Alberto, sino que el peso específico de uno y otro es tan brutalmente diferente -como la tonelada al gramo- que apenas Cristina sugiere algo, al Alberto no le queda más remedio que acatar sin discutir, ni aunque ella no tenga la intención de humillarlo en la investidura que ejerce. Pero es una ley más matemática que política al ser tan desmedida la desproporción de poder entre uno y otra. Si Cristina no estuviera en la vicepresidencia quizá Alberto podría crear algo de poder propio, pero con ella en ese lugar es imposible. Él solo tiene fuerzas para hacer lo que ella le pide que haga o aquello en donde ella no se mete, pero Cristina se mete en casi todo por ella o por interpósita persona. Salvo en la cuarentena donde la vice no se metió y quizá por eso Alberto se aferró tanto a ella como un naúfrago a una balsa en el medio del mar, como el guardián de la cuarentena, un encierro social que para él fue una liberación personal.


Carlos Salvador La Rosa

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