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Jueves, 10 Diciembre 2020 13:56

365 días - Por Vicente Massot

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Hace un año, en medio de la algarabía de sus simpatizantes, Alberto Fernández se sentaba en el sillón de Rivadavia. Nadie podía imaginar entonces que, a las asignaturas pendientes que arrastraba el país y a la desafortunada herencia recibida de la administración anterior, el presidente pronto debería sumarle una preocupación de mayor calado: la pandemia.

 

Sin un plan previo que ejecutar en materia económica y una estructura ministerial que desde el inicio mismo de la gestión mostró sus falencias, el hombre elegido por Cristina Kirchner hizo su ingreso a la Casa Rosada con la pierna cambiada. Dio la impresión, en los primeros meses de la cuarentena, que la receta puesta en práctica obraba los resultados esperados. Sus conferencias de prensa eran seguidas con atención y su imagen positiva rompía récords. Pero a medida que transcurrió el tiempo y el encierro obligatorio se extendió sin solución de continuidad -como si fuera la solución a todos los males de la peste planetaria- comenzaron a notarse las consecuencias -seguramente no queridas- de un libreto sanitario deficiente.

So pretexto de cuidar la salud de los argentinos se desatendió de manera irresponsable la economía, con los resultados que están a la vista. Cualquiera con un mínimo de rigor intelectual y de desapasionamiento en el análisis puede darse cuenta de que el primer año del kirchnerismo ha sido catastrófico. Basta un resumen a mano alzada -o sea, sin pretensiones académicas- para percibir su dimensión. El PBI del año 2020 caerá al menos 12 %. La inflación, por su parte, orillará 36 %, aunque con la particularidad de que las tarifas de los servicios públicos, el precio de los boletos del transporte y de buena parte de los alimentos, sin olvidar el de los alquileres, estuvieron congelados. Las reservas internacionales habrán descendido más de U$ 6.800 MM, mientras que las netas efectivas y de libre disponibilidad son, desde hace varias semanas, negativas. La brecha del tipo de cambio, que rozó en octubre 150 %, a fuerza de un endeudamiento en extremo gravoso terminará el año en curso en torno a 85 % y sin miras de bajar. La pobreza trepó a 45 %, el número de trabajadores que perdieron sus puestos alcanzó en el primer semestre los cuatro millones, y el desplome de los salarios, comparados con el índice de inflación, superó 6 %.

¿Y la salud? Toda la campaña comunicacional del oficialismo estuvo orientada, desde el 20 de marzo pasado hasta la fecha, a poner de manifiesto que la prioridad absoluta era la vida y el cuidado de los argentinos. Durante semanas —que luego fueron meses- el tachin, tachin se centró en la idea de que la producción podía derrumbarse en la medida que la salud de los habitantes se preservase. Después de unos doscientos cincuenta días de restricciones de todo tipo, la situación sanitaria lo que muestra es un cuadro que combina nada menos que 40.000 muertos y casi 1.500.000 contagiados. Por incompetencia e irresponsabilidad el kirchnerismo creyó posible separar, como si fuesen compartimentos estancos, dos problemas serios. Se abocó a uno y se olvidó -a propósito- del otro. Erró en el diagnóstico y también en el tratamiento, sin que haya efectuado -que se sepa- la menor autocritica.

El contexto económico–social y los números que refleja la crisis, vistos así, podrían inclinarnos a pensar que Alberto Fernández tiene los días contados, y que las chances del Frente de Todos de imponerse en los comicios legislativos -que habrán de substanciarse en octubre del año que viene- son mínimas. Sin embargo, las cosas no resultan ni tan lineales ni tan simples. Los índices traídos a comento resultan -sin excepción- negativos, y no admiten discusión. Pero no es menos cierto que la nuestra es una de las sociedades más mansas del mundo y lo que -a falta de mejor término- podríamos denominar la “satisfacción mínima de necesidades” de los sectores más golpeados por la crisis, no está claro hacia dónde apuntan. Dicho de manera diferente: entre nosotros nunca hubo una rebelión de las masas en razón de la mansedumbre proverbial de un pueblo que -por conformarse con poco- nunca ha reaccionado colectivamente en forma violenta. Al par que rompe vidrieras, quema neumáticos, corta rutas y sale a las calles con cacerolas, pasado el enojo vuelve a sus casas y se apura a votar a los mismos que antes estigmatizaba con el “Que se vayan todos”.

El fracaso del oficialismo en el tiempo que lleva su gestión es notorio, analizado con base en estadísticas, porcentajes e índices. Sin embargo, esos datos no necesariamente admiten ser proyectados sobre las preferencias electorales de la ciudadanía, como si estuviesen relacionados de manera automática. Por supuesto que, en una situación como la presente, la inflación, la caída del salario real, la falta de trabajo, la pobreza, la indigencia y la inseguridad tendrán una incidencia importante, a la hora de ingresar al cuarto oscuro. De eso, no hay dudas. Que el Frente de Todos difícilmente pueda repetir la elección de diciembre de 2019 parece claro, salvo que fuese capaz de dar vuelta la economía y transformar un círculo vicioso en otro de características virtuosas, en los próximos diez meses. De no ser así, sufrirá una merma en el número de votos. ¿De qué magnitud? -Imposible saberlo, si bien las encuestas ponen al descubierto que los mayores rechazos de aquellos que respaldaron a la fórmula de los dos Fernández provienen de las clases medias, mientras sus principales apoyos siguen estando entre los sectores de menores ingresos.

El segundo año de gobierno kirchnerista, a punto de iniciarse, no luce despejado. Por de pronto, está el interrogante -que no se circunscribe a nuestro país, tan sólo- respecto de la posibilidad y de la extensión -si acaso se produjese- de la segunda ola de la pandemia. En paralelo, despuntan otras incógnitas relacionadas con la vacuna que -al menos, en teoría- comenzará a aplicarse en el verano. ¿Será efectiva? ¿Los argentinos la aceptarán masivamente? Hay, con todo, una cosa segura. Soportar otra crisis sanitaria, como la sufrida desde el pasado mes de marzo, tendría efectos devastadores sobre el tejido social y sería imposible de asimilar.

Más allá del COVID-19, en estos primeros 365 días de mandato la figura presidencial se ha ido devaluando sin prisa y sin pausa. La relación con su valedora y jefa indiscutida del Frente de Todos, que en los inicios del camino que comenzaron a recorrer juntos, fue armónica, sufrió más tarde un deterioro inocultable. A pesar de que están condenados a convivir, no es lo mismo que esa cohabitación sea civilizada a que resulte salvaje. Alberto Fernández no puede prescindir de Cristina Kirchner, aunque quisiera. Le falta poder para dar ese paso. Por su lado, la Señora tampoco se halla en condiciones de boicotear al presidente. Si éste -cansado de sufrir en silencio sus zancadillas- decidiese renunciar, la dejaría a ella en la obligación de ejercer un cargo que haría estallar el país.

Vicente Massot

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