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Martes, 29 Diciembre 2020 12:27

Un dilema de incierta resolución - Por Carlos Berro Madero

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Hace algunos años, leímos una frase del poeta y diplomático estadounidense James Russell Lowell (siglo XIX), que nos quedó grabada por su agudeza, con la que comenzamos nuestras presentes reflexiones: “algunos contratiempos –aseguraba entonces-, funcionan como cuchillos: pueden servir indistintamente para cortar o cortarnos, según los tomemos por el mango o por el filo”.

 

Ese es el dilema en el que parece debatirse hoy la sociedad.

La crisis mundial del marxismo, provocada por los catastróficos resultados de sus intentos para proveer mayor bienestar a la sociedad, choca en nuestros días con un capitalismo liberal que se halla sin aliento, merced a algunas experiencias ruinosas de quienes accedieron al poder en su nombre, sin aplicar ninguna de sus recetas ortodoxas.

Menudo problema al frente.

Difícil de resolver, además, por superponerse con la falta de escrúpulos de trasnochados que no tienen empacho en montar un relato con mucho “sex appeal” conceptual, “hecho” a la medida de sus ambiciones personales.

Esto ocurre con el kirchnerismo, capturado por una suerte de magia discursiva, en cuyo seno cualquier derrota parcial es declarada como una victoria moral. Un escenario donde la fe “hace” la historia, no la razón.

Donde la palabra “problema” –como señal de disconformidad con la naturaleza de las cosas-, sugiere que existe una técnica infalible para resolver cualquier dificultad, siempre y cuando aceptemos ponernos en manos de quienes, como ellos, lograrán nuestro “segundo nacimiento”.

De eso se trata la campaña moralizadora de Cristina y sus huestes; a quienes todos deberíamos rendir cuentas y pedir perdón por desconocer el espíritu superior que los anima; cuando detrás de esa fachada, no hay en realidad más que un único desvelo: el acceso al poder por cualquier medio y su permanencia en el tiempo a cualquier costo.

Cristina es una megalómana –como lo fueron Hugo Chávez y Fidel Castro-, con una visión muy vaga de un mundo al que conoce muy poco; y está probado que los fanáticos de su clase exponen siempre argumentos que ponen en tela de juicio la fortaleza de cualquier sistema de gobierno que no guarde estricta identificación con su capacidad excluyente para gestar transformaciones, desplegando, a tal efecto, cuadros militantes sometidos a su arbitrio.

¿Con métodos basados en qué? Pues en la fe con la que nos dice (principalmente a los porteños), que ha llegado la hora de reconocer nuestras debilidades burguesas, poniendo a nuestra disposición la sabiduría de mecanismos revolucionarios que ella nos ofrece –casi siempre de mal talante-, aseverándonos de paso, como algunos jerarcas nazis condenados en Nüremberg, que la historia la absolverá, de cualquier

manera, por eventuales errores cometidos en nombre de un “bien superior”.

Aunque esto provoque finalmente el hundimiento de la sociedad en la más profunda miseria, ya que está a la vista que en sus manos las leyes de la economía quedan sometidas totalmente a preceptos morales de dudosa o nula raíz “académica” y probada ineficiencia.

Porque en el kirchnerismo está y estará siempre presente la fuerza de la ilusión junto al exhorto de la creencia, estimulando un clima político cuasi religioso, que postula cosas inverificables bajo la óptica de la razón, dando preferencia a un compromiso de tipo ético entre una “divinidad” garante de la rectitud moral (Néstor ayer, hoy Cristina) y “los demás”.

Esto permite colegir que es imposible establecer ningún diálogo con dirigentes a quienes habría que imponer más bien un freno diciéndoles con firmeza: “¿por qué no dejan de inmiscuirse en nuestras preferencias personales de una buena vez y se vuelven por donde llegaron?”

Este es el gran interrogante que debería debatirse en el seno de la sociedad -además de las consultas diarias sobre el valor del dólar (legítimas por supuesto, pero no suficientes)-, para que el dilema de la eventual cuadratura del círculo (por decirlo de alguna manera), deje de ser el centro de nuestras preocupaciones.

Mientras ello no ocurra, continuará la penetración de un credo cuyos fines pretenden justificar los medios, en la voz de los nuevos apóstoles de la verdad, comandados por una mujer para quien la vicepresidencia es solo una escala pasajera para sus objetivos finales: el aplastamiento de un supuesto enemigo impío.

A buen entendedor, pocas palabras.

Carlos Berro Madero
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Carlos Berro Madero

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