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Martes, 12 Enero 2021 13:27

Alberto Fernández, a cargo de la presidencia por default - Por Carlos Berro Madero

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“Cuando las expectativas de una sociedad quedan reducidas a cero, ésta comienza a apreciar realmente todo lo que puede perder”
- Stephen Hawking

 

Y comprende mucho mejor que ciertas ocasiones para atender necesidades sociales -por ventajosas que puedan ser para algunos a corto plazo-, comportan siempre innumerables sufrimientos individuales de quienes resultan atropellados finalmente por “acontecimientos majestuosos” nefastos, provocados por quienes pontifican sobre las posibles soluciones.

 

El triunfo electoral de un frente repleto de soberbios, que prometieron enmendar viejos errores y haber vuelto “mejorados”, ya ha comenzado a perfilar sus verdaderas intenciones: la construcción de unanimidad para su proyecto político excluyente.

Si bien al asumir señalaron la supuesta intención de que los desamparados por las “feroces políticas neoliberales” (sic) lograran protegerse mejor de las injusticias de allí en más, hoy evidencian, a la luz de ciertos acontecimientos de dominio público, sus verdaderos propósitos: atropellar indiscriminadamente y sin miramiento alguno a los disidentes.

¿Cuáles? Pues la inmensa legión de ciudadanos independientes que comienzan a sufrir el cercenamiento paulatino de derechos que los ampararon tradicionalmente de las depredaciones del Estado.

Justicia, economía, salud, educación, libre circulación ambulatoria, análisis de indultos para los corruptos, freno a las importaciones y exportaciones, vacunas “políticas” y las formas zigzagueantes de abordar la pandemia, van pasando de izquierda a derecha en el ábaco frentista, intentando someter cualquier atisbo de lo diverso respecto de las medidas de gobierno que van tomando.

Fernando Savater dice algo muy interesante al respecto de cuestiones de esta naturaleza: “la identidad de un grupo, la forman el conjunto de rasgos que le hacen ser el que es y como es. Si los rasgos cambian, cambia la identidad y el grupo deja de ser el que era…aunque siga siendo un grupo”.

A pesar de que el kirchnerismo insinuó durante la campaña electoral de 2019 que había cambiado sus rasgos, no bien asumió la turbamulta variopinta que sigue a Cristina, entendió que abandonar sus viejos vicios disolvería la “creación original” y volvió a sus fuentes.

Porque la prevalencia de los “K”, se basó siempre en la cohesión de un grupo -en los términos señalados por Savater-, que lograse acuñar una identidad excluyente, explosiva y sumamente autoritaria, expandiéndose mediante partisanos que estuviesen dispuestos a formar parte del proyecto de poder, a quienes se premió puntualmente por su “pertenencia”.

¿Cómo? Pues dándoles acceso a cargos públicos innecesarios y negocios “preferenciales”, sin cumplir otros requisitos de idoneidad que fuesen más allá de hacer la “V” de la victoria con sus dedos índice y mayor en la cara de quienes no quisieron ni quieren ser parte de un modelo que desparrama las “excentricidades fecundas” de sus patrocinadores.

El primer cambio consistió en dejar virtualmente acéfala, de facto, la investidura de Presidente de la Nación, dejando a Alberto Fernández sometido a los vaivenes de los ucases epistolares de Cristina, sumados al cerco de funcionarios que hoy ocupan cargos claves en el manejo instrumental de la “caja” del Estado.

De tal manera, el impenitente armador de roscas políticas, cultor de guitarreadas y asados con dirigentes “enormes” (sic) como Hugo Moyano, “de quien todos deberían aprender” (Alberto dixit) y profesor universitario que no es tal (docente en realidad), ejerce hoy la función de virtual comunicador oficial de la Vice -a pesar de alguno que otro corcoveo aislado de su parte-, siguiendo casi al pie de la letra todo lo que ella dispone entre bambalinas, a quien nadie osa recordarle cuáles son las limitaciones del cargo para el que fue elegida.

Que consiste en presidir las sesiones del Senado Nacional, reemplazando al Presidente en caso de acefalía para llamar a nuevas elecciones, en la eventualidad de que la misma se deba a razones de orden permanente.

Dicha acefalía es casi un hecho, sin que nadie levante la voz. Ni siquiera en las provincias e intendencias manejadas por dóciles peronistas “racionales” (que no son tal cosa ni por pienso) quienes dependen nuevamente de los favores y humores del poder central como antaño.

Esto recuerda una mención del mismo Savater sobre el comienzo de “La Viuda Alegre”, la célebre opereta vienesa de Franz Lehar, en cuyo libreto dice el autor que la acción transcurre en un lugar imaginario de Centro Europa llamado Pontevedra. Porque todo nacionalismo populista “tiene mucho de opereta”, señala el filósofo, “por lo menos en sus mejores ratos: lo malo es cuando por culpa de unos y de otros se convierte en tragedia, porque algunos piensan que los Estados, para ser como es debido, deben refrendar la uniformidad de lo idéntico en creencias o hábitos, en lugar de armonizar lo diverso” (sic).

Esto es lo que se avizora de cara al futuro: el kirchnerismo llegó para quebrar todo pensamiento político que no concuerde con una revolución donde reina una líder trasnochada, ante quien se prosternan feligreses que parecen insinuar: “avanzaremos por las buenas; y si no, haremos llover los palos”.

Algunos dicen que es parte del plan de la Vicepresidente para sacarse el dogal del cuello por sus causas judiciales.

Es una posibilidad, sin duda alguna. Pero no la única. Estamos convencidos que hay en ella un ansia de revancha –contra “el mundo y sus circunstancias”, diría Ortega-, que pintan a una persona desbordada psicológicamente, y por ende, fatal para la suerte de la nación. Una mujer que causará un grave daño a la república porque no cree en ella, evidenciando su simpatía sin ambages por un tipo de dictadura con apariencia democrática, al estilo de las que funcionan en algunos países de Centro América.

El agua para cocinarnos a todos ha comenzado a hervir a fuego lento.

¿Habrá tiempo aún para levantar una pared de ladrillos asentados en concreto para evitar que avancen las huestes “K” hasta hacernos picadillo?

¿Ayudará a levantarla el ojeroso, vacilante y verborrágico Alberto?

A buen entendedor, pocas palabras.

Carlos Berro Madero 

Carlos Berro Madero

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