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Viernes, 22 Enero 2021 08:32

De las grietas y sus extremos - Por Jorge Raventos

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Una mirada rápida a los diarios permite comprender sin esfuerzo que la grieta que afecta la política argentina y obstruye la construcción de soluciones comunes a los problemas que afligen al país es, en rigor, apenas la versión local de una pandemia que golpea a muchas sociedades del planeta.

 

La política está discutida en todas partes: a veces se le imputan excesos de intervención y en otros casos, a la inversa si se quiere, se le achaca impotencia, debilidad, torpeza. En cualquier caso, en paralelo con el desencanto de la política, campean en las sociedades la disputa, la desavenencia, la confrontación hostil.

El espectáculo que ha venido ofreciendo Estados Unidos, sin ir más lejos, deja atrás las trifulcas que agitan el escenario argentino. Joe Biden y Kamala Harris han inaugurado un nuevo período presidencial rodeados por inéditas medidas de seguridad, con calles y avenidas casi vacías de ciudadanos y colmadas de soldados y policías. El presidente saliente abandonó Washington sin entregar formalmente los atributos a su sucesor, mientras se encuentra sometido al proceso de un segundo juicio político porque acusado de ser responsable de un intento de sedición. La sede del Congreso estadounidense fue invadida dos semanas atrás por una legión de simpatizantes iracundos de Donald Trump, dispuestos -según algunas versiones- a impedir por la fuerza que se consagrara la victoria electoral de Biden y hasta a ejercer "violencia contra representantes electos" de los ciudadanos, según estimó el cuerpo de seguridad del Capitolio.

LA TORTILLA SE DA VUELTA

Lo primero que hizo Biden al asumir fue firmar una docena de órdenes ejecutivas (un dispositivo parecido a los decretos de necesidad y urgencia), por las cuales quiso manifestar el cambio rotundo que pretende imprimir a la política de Estados Unidos, deshaciendo medidas centrales y políticas emblemáticas de la administración de Trump.

Empieza por otorgarle prioridad a la lucha contra el Covid 19, con la creación de una figura coordinadora nacional de la campaña para enfrentar la pandemia, que debe incluir la logística de la vacunación masiva. Ese coordinador trabajará codo a codo con el mismo presidente.

Biden decidió paralelamente que Estados Unidos volverá a la Organización Mundial de la Salud, como también lo hará al acuerdo climático de París, que su antecesor abandonó ruidosamente. También decidió dejar de lado la construcción del muro en la frontera con México, como parte de un pronunciado giro en materia migratoria, que se propone otorgar la ciudadanía a unos 11 millones de inmigrantes irregulares (un objetivo que se apoya en una experiencia republicana anterior: durante su presidencia, Ronald Reagan otorgó residencia legal a unos tres millones de indocumentados. Otro giro notable: Biden suspende la temprana decisión de Trump de prohibir el ingreso a los Estados Unidos a ciudadanos de una decena de países musulmanes.

Las órdenes ejecutivas son una atribución discrecional que la Constitución de Estados Unidos otorga a los presidentes y todos los antecesores de Biden utilizaron en abundancia. El nuevo mandatario las necesitará hasta que pueda afirmar una coalición firme en el Congreso. Aunque ahora los demócratas controlan ambas cámaras (en el Senado hay empate, pero el voto de la vicepresidente desequilibra), lo que Biden promete es "gobernar para todos" y esa meta requiere algún grado de colaboración republicana. Qué ocurra de ahora en más con el partido opositor es un asunto central para la política de Estados Unidos. Donald Trump ha dejado en claro que pretende liderar el movimiento que alentó desde la presidencia, de rasgos nacionalistas y aislacionistas, y esa intención se desplegará tanto fuera como dentro del partido Republicano. ¿Con cuánta eficacia? Eso está por verse: en los últimos días se observa que figuras relevantes de los republicanos -desde el ex vicepresidente Pence hasta el jefe republicano del senado- toman distancia de Trump. Si esa fisura se abre un poco más, el juicio político a Trump podría avanzar en la cámara alta (se requiere una mayoría especial) y podría convertirse en una herramienta de la política tradicional para cerrar el camino de retorno que Trump quiere mantener abierto.

El ex mandatario norteamericano dejó claro desde que se entrevió el resultado electoral, que no aceptaba el veredicto de las urnas y que lucharía contra él y le pidió a sus simpatizantes que hicieran lo mismo. Debe recordarse que, aun perdiendo Trump recibió el apoyo de casi la mitad de los Estados Unidos y que, a diferencia de la mayoría que acompañó a Joe Biden para impedirle a Trump un nuevo turno, éste cuenta con un núcleo duro amplio e intenso, que escucha los llamados del ex presidente. Que Trump alentó las manifestaciones que culminaron en la toma del Capitolio parece indudable; sus simpatizantes se movilizaron también en un gran número de capitales estatales, en muchos casos armados y dispuestos.

Esa constatación, sumada a la evidencia de que Trump, pese a la derrota electoral y su retirada de la Casa Blanca, sigue ejerciendo influencia poderosa que se transmite al seno del partido Republicana, no hace más que augurar una prolongación de la honda brecha que existe en Estados Unidos.

Si ha sido escandalosa la conducta de Trump, no lo es menos la que adoptaron las empresas que manejan las grandes redes sociales (Twitter, Facebook, etc.), que decidieron censurar o amordazar (excluyéndolo de ese servicio público) al entonces presidente de Estados Unidos quien, por delirantes que puedan ser sus opiniones, es el representante electo de la nación y, aún como ciudadano de a pie, no debería ser objeto de censura a manos de un complejo empresarial, por poderoso que sea (una "oligarquía digital", como la definió un ministro francés). Este avance digital-mediático-empresarial, ejecutado en nombre de lo políticamente correcto, es otro costado de la grieta. Y no el menos ominoso.

CON LAS MEJORES INTENCIONES

Volviendo a la grieta propia: una encuesta reciente difundida por Clarín mostró que en Argentina el espíritu confrontativo, aunque fuerte a ambos bordes del foso, está más vivo del costado opositor que del lado oficialista. En la sociología que respaldó electoralmente al Frente de Todos hay una porción dispuesta a reconocer virtudes a algunos exponentes de Juntos por el Cambio y a algunas gestiones (la de Horacio Rodríguez Larreta, por caso, o las imágenes de Emilio Monzó o Diego Santilli y hasta la de Martín Lousteau), mientras que en el electorado opositor el rechazo por el oficialismo es casi unánime.

Otro dato inquietante que surge de un estudio de la firma Real Time Data: cerca de un 25 por ciento de entrevistados en una muestra consideró que algunas de las fuerzas políticas que se presentaron en las últimas elecciones presidenciales no son democráticas y "no deberían tener derecho a competir". Allí parecen condensarse los sectores más intolerantes y extremos de la grieta argentina, que preferirían lisa y llanamente eliminar a sus rivales. Gente de un perfil comparable al de quienes en Washington ocuparon el Capitolio en el ocaso de la presidencia Trump. O al de ese elitismo bienpensante que, cuando tiene poder, amordaza o proscribe (con las mejores intenciones) a sus adversarios.

Jorge Raventos

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