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Lunes, 15 Febrero 2021 11:45

La muerte de Carlos Menem: el final de una era - Por Sergio Berensztein

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Carlos Menem le imprimió su sello especial a la forma de hacer política en la Argentina. Durante su presidencia, el riojano confirmó, a la vez que amplió, el pragmatismo del peronismo.

Antes de Menem, el PJ ya era una fuerza política de conceptos flexibles y un ejercicio del poder pragmático, sin embargo, él llevó estos atributos a limites intransitados hasta ese momento. En la campaña electoral de 1989, mostró una faceta abiertamente populista (se recuerda su célebre frase “síganme, no los voy a defraudar”, así como también las consignas de “salariazo y revolución productiva”) y terminó gobernando, al menos desde el punto de vista discursivo, como el más neoliberal de nuestros líderes. Con su presidencia, el espectro de flexibilidad y pragmatismo ideológico de la política argentina se expandió más allá de lo que conocíamos.

Analizando el peronismo y las presidencias argentinas antes y después de Menem, queda en evidencia que el estilo de su liderazgo tenía un componente tradicional, pero que a la vez se combinaba con principios innovadores. Tradicional en el sentido del indudable hiperpresidencialismo que caracterizó a su forma de ejercer el poder. Menem gobernó muchas veces en los límites de la Constitución e incluso modificó las reglas de juego para acceder a un segundo mandato y permanecer en la Casa Rosada.

Lo importante es ganar

Durante los 15 años en los que ocupo la centralidad de la política argentina (desde 1988, que ganó la interna contra Antonio Cafiero, y el 2003, que no se presentó al balotaje contra Néstor Kirchner), Menem siempre ratificó la idea de que en el peronismo lo más importante es ganar. “Cómo” nunca fue muy relevante. Tanto lo que hay que decir como lo que hay que hacer para ganar puede resultar flexible, en miras de alcanzar este máximo objetivo.

A pesar de esto, y de jugar en los márgenes, Menem fue un presidente democrático y respetuoso del resto de las fuerzas políticas. Es cierto que modificó las reglas del juego para permanecer en el poder, pero lo hizo respetando los procesos institucionales establecidos y en dialogo con la oposición. Así, la reforma Constitucional de 1994 nació en el marco de un acuerdo con Raúl Alfonsín, su máximo oponente político, que paso a la historia como el “Pacto de Olivos”. ¿Podemos imaginarnos hoy a Mauricio Macri y a Alberto Fernández caminando tranquilamente por la quinta presidencial y negociando políticamente con ese nivel de madurez y respeto mutuo? La imagen resulta inverosímil, mucho más si se incorpora a Cristina Kirchner a la escena.

Si bien Menem tuvo algunos desvíos autoritarios, sobre todo frente a la prensa (aunque en términos generales supo cosechar un buen vinculo), sus inclinaciones en este sentido fueron muy acotadas, sobre todo teniendo en cuenta lo que vino después en Argentina, la región y el resto del mundo, contrastándolo con el Kirchnerismo y otras expresiones del populismo radicalizado, tanto de derecha como de izquierda.

A su vez, lo que Menem tuvo de innovador es que su presidencia fue para nuestro país el último intento de modernización económica y de integración al sistema internacional. Lo que hizo fue poner a la Argentina dentro de las discusiones imperantes en el mundo de aquel entonces y eso, para un país tan anacrónico y aislacionista, indudablemente constituyó una dimensión inusual, diferencial y seguramente destinada a constituirse en uno de sus principales legados.

Hasta ese momento, la Argentina se caracterizaba por llegar siempre tarde: decidió unirse a los Aliados a punto de finalizar la Segunda Guerra Mundial, inició con retraso el proceso de sustitución de importaciones, comenzó tarde a corregir las distorsiones generadas por el intervencionismo extremo, y demoraba la adopción de reformas estructurales y las medidas tendientes a mejorar la competitividad.

Por eso, las ideas que Menem llevó a la práctica durante su presidencia representaron un pensamiento de vanguardia, en absoluto habitual en un entorno político caracterizado por el estatismo, el gradualismo y las metas de corto plazo. La particularidad es que esas políticas innovadoras fueron implementadas con métodos tradicionales, por eso la ambigüedad y las contrariedades del menemismo.

Indudablemente, Menem fue un líder de matriz populista, pero curiosamente decidió utilizar el poder que había acumulado para modernizar el país. Un intento que incluso no estuvo privado de excesos y delirios como cuando anunció que se licitaría un sistema de vuelos espaciales para viajar de Córdoba a Japón a través de la estratosfera. Aun cuando fuese un delirio, ésa era la concepción que Menem tenía respecto a la Argentina.

En ese sentido, fue también el último presidente que creyó en la idea de una Argentina potencia o al menos presente y protagonista en la escena internacional. Por eso, su búsqueda por intervenir en conflictos internacionales, que claramente excedían la realidad de nuestro país.

Así fue como intento mediar en Medio Oriente entre árabes e israelíes o que llevó a la Argentina a participar en la Guerra del Golfo (fue el único país de Latinoamérica). En ese sentido, Menem fue un líder singular, porque teniendo en cuenta el desastre en el que se convirtió la Argentina a partir de la crisis del 2001, esa idea de una nación protagonista en la escena internacional terminó totalmente desvanecida.

Controversial y carismático, seductor y dueño de una empatía única e irrepetible, terminó sus años empequeñecido políticamente y acosado por causas judiciales por presuntos hechos de corrupción durante su presidencia, en un puesto en el Senado en el que todo el mundo sabía que gozaba de una protección especial por haber sido una figura sobresaliente de nuestra la historia.

El hecho de que la Corte Suprema nunca haya confirmado los fallos en su contra y de que conservara el respeto de la mayoría de sus colegas, al punto tal de convivir con Cristina Kirchner mostrando tolerancia mutua, demuestra que Menem fue una persona especial, por las cosas buenas y por las cosas malas también.

Por último, una lección para el presente: la historia política de Menem pone de manifiesto algo que en la Argentina de hoy no es tenido en cuenta, que la estabilidad macroeconómica sirve para ganar elecciones. Vencer a la inflación no solo impacta positivamente en los salarios, sino que electoralmente es una estrategia ganadora.

Sergio Berensztein

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