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Martes, 20 Abril 2021 13:29

Todo tiene que ver con todo - Por Carlos Mira

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En una movida secreta que muy pocos conocieron, el gobierno designó, a principios de abril, un embajador extraño, en un país donde hace años la Argentina no tenía representación diplomática, que está sumido en una guerra civil y que está presidido por un dictador sanguinario.

La designación se produjo por decreto y sin consentimiento del Senado. El embajador designado es Sebastián Zavalla, ex representante argentino ante Irán, país que lo acusó penalmente por “estrago cultural” cuando comprobó que Zavalla al disponerse a dejar el país había embalado como propias reliquias culturales que los iraníes consideraban patrimonio cultural.

Siria está presidida por Bashar Al-Assad que está acusado de violar los derechos humanos en su país, y es el principal títere de Putin en la región. Rusia desplegó tropas en Siria para combatir contra la organización terrorista Estado Islámico (EI), y desde ese momento se transformó en el principal vendedor de armas de Al Assad logrando consolidar su control sobre el puerto de Tartus, una salida estratégica al Mediterráneo.

Los países más importantes de Occidente cuestionan en la ONU al régimen de Al-Assad y mantienen una representación acotada en Damasco. Siria junto a Rusia, Cuba e Irán respaldan a Nicolás Maduro y se resisten a apoyar una transición democrática en Venezuela que termine con su crisis institucional.

Zavalla fue recibido por el presidente sirio en el Palacio del Pueblo (cuando no, una mención del “pueblo” en una dictadura atroz) lo que es considerado un gesto prácticamente inédito dentro del gobierno de Al-Assad.

Un mes antes, el representante argentino había entregado una copia de sus cartas credenciales a Faisal Mikdad, ministro de Relaciones Exteriores y Expatriados.

En esa oportunidad, acorde a la información oficial publicada por la Agencia Árabe Siria de Noticias (SANA), el embajador argentino Zavalla habría expresado “que la Argentina respalda a Siria frente a la guerra terrorista librada en su contra y las ilegítimas medidas económicas impuestas al país levantino fuera del marco de las legítimas instituciones internacionales”.

Zavalla es un soldado de Cristina Fernández que pocos días antes de la asunción de Mauricio Macri, lo había designado al frente de la representación argentina en Túnez. Ya en ese momento se conocía la acción de la justicia penal iraní contra Zavalla, pero a la presidente saliente poco le importó. 

La colección incautada, descrita por un funcionario de la aduana iraní como un “tesoro de gran valor”, incluía monedas raras, billetes, sellos, manuscritos, vajillas y grabados, según el diario inglés The Guardian que se hizo eco de la noticia, un verdadero papelón mundial.

Zavalla fue designado por un decreto firmado por Alberto Fernández, Santiago Cafiero y Felipe Solá. Su nombramiento nunca pasó por el Senado, ni fue objeto de audiencias públicas. Tampoco se conocía que la Argentina hubiese modificado su posición respecto de los derechos humanos frente a la dictadura de Siria, como explicó Zavalla en su primera audiencia diplomática en Damasco.

Este tema, que puede parecer lateral a la realidad que está viviendo la Argentina, resulta, sin embargo, completamente sintomático para entender lo que está ocurriendo en el país.

Con la asunción del kirchnerismo, el país se ha encolumnado detrás de los intereses de los países que históricamente enfrentaron a los EEUU durante la guerra fría, principalmente la autocracia rusa presidida por Vladimir Putín. Aunque, durante aquellos años, China fue un “enemigo” táctico de la entonces Unión Soviética y estableció una diplomacia particular con los EEUU a partir de la gestión de Richard Nixon, no caben dudas que comparten la estructura mental comunista, a tal punto que hoy han acercado posiciones, siendo Rusia para China un aliado estratégico en la construcción de lo que ellos llaman “la Ruta del Ártico”.

Estos dos países se han propuesto hacer pie en América Latina estableciendo cabeceras de playa en distintos países. La Argentina de los Kirchner, notoriamente, es uno de ellos.

Lo curioso de esta cuestión es que las decisiones que, en estos terrenos, ha tomado Cristina Fernández no tienen otro componente que no sean resentimientos irracionales, nacidos en algún complejo juvenil de inferioridad mal resuelto.

Cristina Fernández de Kirchner ha desarrollado una furia interior por todo que huela a cultura norteamericana y toma decisiones en base a esas convicciones completamente rudimentarias. Los autores del plan maestro de copamiento comunista de América Latina (a través del Foro de Sao Paulo) han percibido naturalmente esto y le han propuesto a la señora ser un alfil de sus movidas en la región a cambio de asegurarle el acceso a fuentes inagotables de riquezas.

Por su propia personalidad, a la “señora” también le gusta causar irritación en aquellos que ella tiene bien identificados como que no la tragan. Por eso, por más que parezca muy elemental (y muchos no lo puedan creer) muchas de las decisiones que se toman en la Argentina no tienen más fundamento que ese: sobreactuar su alianza con los totalitarismos de izquierda y enfurecer a quienes rechazan esos modelos. Es así de sencillo.

La ubicación estratégica del país en el concierto de las naciones tiene entonces estos fundamentos. Y también deben buscarse en esas bajezas las razones de otros centenares de decisiones que probablemente no se entiendan si uno las analiza desde el punto de vista de la más fría racionalidad pero que cobran sentido cuando uno incorpora al análisis los insondables rencores de la señora Fernández.

Carlos Mira
https://thepostarg.com/editoriales/todo-tiene-que-ver-con-todo/#.YH8A2uhKg2w

Carlos Mira

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