Miércoles, 28 Abril 2021 12:37

Martín Soria, como un elefante en un bazar - Por Ricardo Roa

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El ministro de Justicia se cree por encima de fiscales y diputados. Por ahora sólo logra ruido.

Está claro que Martín Soria es lo menos parecido a un intelectual y lo más parecido a un barrabrava. Entre los políticos lo saben y comenta al menos medio mundo. Y él mismo se ha encargado de confirmarlo en este mes que lleva de ministro de Justicia.

Justo a un personaje así, el Gobierno mandó a negociar con los diputados de la oposición que resisten una movida clave: echar al jefe de los fiscales Eduardo Casal para poner uno propio y armar un sistema que le permita controlar a los fiscales que necesita controlar. Dicho de otro modo: asegurar la tranquilidad judicial que Cristina le reclama a Fernández. Casal es el fiscal ante la Corte y dictamina en los recursos que ella tiene en trámite.

Que algo no encaja se vio este lunes. Soria convocó para la tarde una reunión para discutir cambios al proyecto, que fue aprobado en el Senado y está empantanado en Diputados por falta de votos. Pero advirtió que sólo iba a responder las preguntas que les mandaran por mail antes de las 10 de la mañana.

¿Cómo esperaba que reaccionaran los legisladores si ya empezaba con un apriete y un ninguneo? Lo dejaron plantado. ¿Y cómo reaccionó Soria? Terminó dando una conferencia donde los trató de “caraduras” y los acusó de haber “censurado el debate”. Lo que se dice, todo un diplomático.

El jefe de los fiscales, o sea el procurador general de la Nación, tiene un peso comparable a un miembro de la Corte. Tanto que para designarlo como para removerlo hacen falta los dos tercios del Senado. Una manera de obligar a cualquier gobierno a consensuar con la oposición.

Con la reforma de la ley, Cristina intenta quitar esa cláusula, que le daría luz verde para imponer su candidato: tiene los votos para hacerlo. Pero a la vez propone mantener los dos tercios para sacarlo. Busca hacer fácil poner ya un nuevo procurador y hacer difícil que lo corran en el futuro. Demasiado pedir.

Ese es el problema que tiene con Casal, un funcionario de carrera que asumió por la renuncia de Gils Carbó. Era lo que correspondía: la ley dice que al procurador lo reemplaza interinamente el fiscal general más antiguo, que era Casal.

Soria lo acusa de haberse atornillado en el puesto cuando ha sido culpa del cristinismo que se quedara allí más de tres años. No dio acuerdo a Macri para nombrar a Weinberg de Roca y nunca tocó el pliego que Fernández le mandó para poner a Daniel Rafecas. Nota al pie: el macrismo, más que agradecido. Weinberg de Roca terminó trabajando para el Gobierno en la Comisión Beraldi.

Casal se ha bancado una docena de denuncias para presionarlo a renunciar. La última, un Soria auténtico: que apretó a “les fiscalas” que había convocado para la reforma. Como en el meme, si rinde un examen de lenguaje inclusivo, Soria sacaría un une.

Quiere agregar al proyecto del Senado que los procuradores interinos no duren más de seis meses. Igual a echar a Casal al otro día. Y más: que el Gobierno pueda designar otro interino entre tres candidatos de la Comisión Bicameral. No hace falta decir que esa comisión está dominada por el cristinismo. También propone entregar a esa comisión el tribunal de enjuiciamiento, que analiza e impone eventuales sanciones. Es meterse en el corazón de la Procuración para disciplinar a sus casi 400 fiscales.

Soria dijo que lo avala la Asociación de Fiscales, con la que se había visto y que salió rápido a desmentirlo. Está claro que el ministro mete ruido por donde pasa. Ojalá eso sea todo lo que consiga.

Ricardo Roa

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