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Viernes, 28 Mayo 2021 07:53

Coaliciones amplias, un freno ante las amenazas a la democracia - Por Sergio Berensztein

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Flemático y siempre provocativo, el veterano político afirmó: “En política no podés tener enemigos tan extremos como para que te impida alguna vez negociar y llegar a acuerdos con ellos, ni amigos tan cercanos que te imposibilite enfrentarlos o incluso traicionarlos”. Se refería no solo a su dilatada experiencia doméstica, sino también a acontecimientos, históricos y recientes, en la arena internacional. Por ejemplo, antes del Pacto de Olivos, la confrontación retórica entre el menemismo y el radicalismo lucía irreconciliable y sugería un choque de planetas mientras avanzaban las negociaciones entre las partes.

“Mi límite es Macri”, afirmaban algunos de los integrantes de lo que luego fue Cambiemos. Y se ha vuelto casi un deporte nacional revisar los múltiples videos, declaraciones y columnas de opinión en las que Alberto Fernández expone con argumentos concluyentes críticas categóricas a su actual vicepresidenta. ¿Se puede volver de eso? Se pudo.

El famoso dicho “se necesita un Nixon para ir a China” con que se recuerda el giro estratégico de Estados Unidos que torció el destino de la Guerra Fría y facilitó la reinserción plena del ahora gigante asiático en el sistema internacional es otro antecedente clave en la misma dirección: una vida entera construyendo su reputación como halcón anticomunista parecía descartar un cambio tan dramático por parte de un presidente norteamericano. Sin embargo, se recuerda hoy como una de las demostraciones más determinantes del pragmatismo que debe imperar en las relaciones internacionales en función del interés nacional.

“Tenés que hacer lo que tenés que hacer”, sugieren los defensores de la escuela “neorrealista”. ¿Pasará algo parecido para contener a China a partir de la cumbre que sostendrán Joe Biden y Vladimir Putin el próximo 16 de junio en Ginebra, Suiza? Biden lanzó acusaciones personales y políticas durísimas respecto del premier ruso. ¿Excluye eso la chance de que ambas potencias comiencen una etapa diferente de creciente coordinación frente a la consolidación de China como factor de poder crucial? Algunos observadores no descartan ese eventual escenario.

El propio Biden conoce en detalle las consecuencias prácticas de esta clase de realineamientos estratégicos hiperpragmáticos y relativamente sorpresivos. Los comicios de noviembre pasado que lo catapultaron a la presidencia dejaron una enorme lección en ese sentido: el Partido Demócrata logró tomar distancia del fervor que suponía la “grieta” cultural enfatizada por Donald Trump, y se encolumnó detrás de un candidato muy moderado para cautivar al votante independiente e incluso a un segmento de republicanos tradicionales que rechazaban su peculiar estilo confrontativo y algunas políticas, en especial la cuestión racial, el proteccionismo y la negación del cambio climático.

No se trató de una movida inédita: quedan vivos algunos de los famosos Reagan democrats, votantes históricamente “azules” que apoyaron la candidatura de The Gipper tanto en 1980 como –sobre todo– en 1984, decepcionados por los traspiés del gobierno de Jimmy Carter y por el corrimiento hacia posturas demasiado de “izquierda” por parte del establishment partidario.

Eso fue lo que se evitó en esta oportunidad: como quedó de manifiesto en estos cuatro meses de gobierno, la agenda de la administración Biden es más radicalizada de lo que podía desprenderse de los debates preelectorales, en particular en materia de aumentos de impuestos y del gasto público. Una parte fundamental de las bases partidarias demócratas es mucho más ideológica e inflexible que el maleable Biden, que ha venido cediendo terreno frente a las presiones de los sectores más duros.

“Si decía lo que iba a ser no me votaban”, tal vez reflexione, recurriendo a aquella original frase del gran Guillermo Vilas que muchos le atribuyen a Carlos Menem. Por eso, muchos observadores consideran que podrían mejorar las chances del GOP en las próximas elecciones de mitad de mandato en noviembre de 2022. Los incumbentes suelen perder muchas bancas, incluso la elección y el control de alguna o ambas cámaras: les ocurrió a Trump, a Clinton y al propio Obama. Los estrategas demócratas aspiran a que la oposición dura de los republicanos en el Congreso y el acoso que vienen sufriendo líderes moderados por parte de los partidarios de Trump (como la representante Liz Cheney, hija del influyente vicepresidente de George W. Bush) mitiguen el esperable desgaste de los primeros dos años de gestión.

Más allá del caso norteamericano, la crisis de los partidos tradicionales y el avance de las autocracias (líderes personalistas, disruptivos y con agendas transformacionales, pero con componentes conservadores que cuestionan abierta o subrepticiamente el formato democrático “clásico” tal como lo conocemos) generan un fenómeno similar en términos del reordenamiento de fuerzas y dirigentes que hasta hace poco eran duros adversarios (y hasta enemigos directos) para contener el avance de estos personajes “antisistema”, en muchos casos con discursos populistas y tendencia a polarizar in extremis las disputas por el poder. El objetivo es evidente: construir mayorías electorales para frenar en las urnas los embates de quienes al menos discursivamente hablan y se sienten empoderados por la sociedad. En este contexto, la conformación de coaliciones amplias y diversas para adquirir competitividad en comicios percibidos como determinantes (potenciales puntos de inflexión) parece convertirse en una estrategia cada vez más transitada.

Es el caso de los dos países más grandes de la región en términos económicos y demográficos. Por un lado, se constituyó Va por México, una alianza entre los tres partidos que protagonizaron la transición democrática –el PRI, el PAN y el PRD– para enfrentar la amenaza que encarna quien había capitalizado su profundo desgaste, Andrés Manuel López Obrador. Se trata de un hecho inédito. Ya habían existido algunos arreglos parciales a nivel provincial y un fecundo diálogo entre las partes había sentado, hace tres décadas, las bases de la transparencia electoral (en especial con la creación del Instituto Nacional Electoral, el órgano que eliminó el fraude e intentó controlar el financiamiento de campañas y regular el acceso a los medios de comunicación, que ahora AMLO busca eliminar). Las elecciones que tendrán lugar el próximo 6 de junio pueden ser cruciales para devolver algo de equilibrio al Poder Legislativo, donde el oficialismo tiene amplia mayoría. Curiosa la cercanía e identificación del kirchnerismo con este acérrimo crítico del sistema político que tan generosamente recibió a los exiliados argentinos (la mayoría peronista, incluyendo algunos importantes dirigentes Montoneros) y latinoamericanos de la década del 70.

No menos sorprendente resultó el almuerzo que compartieron Lula y Fernando Henrique Cardoso en Brasil a fines de la semana pasada. Históricos adversarios, los líderes del Partido de los Trabajadores y de PSDB, respectivamente, no descartarían una coalición de cara a las presidenciales del año próximo. No los uniría el amor, sino el espanto común que les produce Jair Bolsonaro. De hecho, cuando en marzo Cardoso anunció que ante una segunda vuelta entre el actual presidente y Lula se inclinaría por este último, aclaró: “Voto al menos peor”. Incluso en Perú, el premio Nobel de literatura Mario Vargas Llosa decidió apoyar a Keiko Fujimori en el ballottage que tendrá lugar el 6 de junio para evitar “caer en las manos del totalitarismo”.

En este caso en particular, no parece ser una exageración: como demostró Andrés Oppenheimer, el programa electoral de Pedro Castillo tiene una clara influencia de la revolución rusa de 1917.

Sergio Berensztein

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