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Lunes, 31 Mayo 2021 12:51

Es ella - Por Carlos Mira

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Alguna vez comentamos aquí cómo asombra ver las cosas que le asombran a algunos argentinos.

En el fin de semana volvimos a escuchar análisis que contienen ese ingrediente de sorpresa al comentar la radicalización del gobierno de Fernández y la sumisión del presidente a los objetivos y resentimientos de Cristina Fernández de Kirchner.

La pregunta es ¿de qué se asombran? ¿Dónde está la sorpresa?

La decisión de incluir a Alberto Fernández como candidato a presidente fue solo una simulación para embaucar a incautos. Una mascarada.

Bajo el argumento de que la comandante de El Calafate estaba en franca retirada y que quería hacer una contribución a la unidad eligiendo a un “moderado” (pavada difundida ampliamente por ese funcional a la estupidez que es Julio Bárbaro) se elaboró una pantalla bajo la cual se escondió siempre el plan de cubanizar a la Argentina.

El plan fue elaborado por la jefa del kirchnerismo con la inteligencia cubana en sus frecuentes viajes a la isla para visitar a su hija “enferma”.

Mientras Florencia se sometía a cirugías estéticas para mejorar su apariencia, su madre tramaba con Raúl Castro la estrategia para sumar a la Argentina al eje comunista bolivariano.

Lo peor de todo el cuento es que la base última del plan, lo que realmente motiva la enjundia anti occidental de Cristina Fernández no es una convicción teórica de la “señora” sobre la superioridad técnica y de resultados del sistema comunista sobre la democracia liberal, sino simplemente un despecho personal por los Estados Unidos.

La preparación teórica de Cristina Fernández de Kirchner es tan elemental que no está preparada para sopesar las ventajas de un sistema sobre el otro. Y la supuesta facilidad que esa comparación implica -dada la inigualable performance del capitalismo por sobre el comunismo en cualquier aspecto que quiera ponerse en consideración- resulta empequeñecida por el imperio del resentimiento que subyace en los pliegues más íntimos del cerebro de Fernández.

Con una vida exitosa (no discutimos aquí sus métodos) no se sabe de dónde nacen esos efluvios tan venenosos que anidan en las entrañas de la vicepresidente.

Nadie sabe por qué está tan enojada contra lo que personalmente persigue (la riqueza y el vivir bien) y, menos aún, nadie sabe por qué desprecia el sistema que produce lo que ella usa, sean sus alhajas, su vestuario o su maquillaje… Sí, sí: ese amplio radio de productos, que ella consume en exceso, existe porque los produce el capitalismo, siendo completamente ajenos al comunismo bolivariano.

Esa desviación motriz en la maquinación mental de la vicepresidente es lo que tiene secuestrado a medio país detrás de sus desvaríos envidiosos.

Naturalmente debe existir una identificación subliminal entre esos resentimientos y los que profesa una parte de la sociedad argentina, sean cuales fueren las motivaciones de estos últimos.

La señora pudo haber encontrado entre esas preferencias de baja estofa una perfecta combinación para su interés personal: “me identifico con el resentimiento social, ganó el poder y, desde allí, persigo (y consigo) lo que me conviene a mi, independientemente de cómo les vaya a quienes me den el voto que me permita ascender”.

Esta interpretación utilitaria del pueblo sigue la misma lógica que la que se usó para poner al otro Fernández en el lugar que ocupa.

A su vez, éste Fernández -que se pasó 10 años de su vida repartiendo los sablazos más impiadosos sobre el gobierno y la persona de la comandante- vio la veta de un gambito que podía llevarlo a la presidencia y asegurarle su futuro económico; a él y a su familia por generaciones.

Ambos Fernández, llevados (y unidos) por los sentimientos más bajos de los que son capaces los seres humanos, sellaron un pacto secreto en el piso de Uruguay y Juncal en la Recoleta de Buenos Aires, de cuyos efectos estamos viendo hoy las consecuencias.

Nunca hubo un “gobierno de Alberto”. Nunca hubo una política gestada en la Casa Rosada. Aquí gobierna el Instituto Patria y Cristina Fernández de Kirchner.

Los analistas argentinos podremos reaccionar con sorpresa y hasta con asco, por ejemplo, por las recientes posiciones internacionales de la Argentina frente a Israel y Venezuela.

Pero manifestar ese componente si se quiere “inocente” será un problema nuestro.

Aquí las cosas siempre estuvieron claras para quien quisiera verlas: es ella la que dirige el timón del país hacia el encierro, el atraso y la miseria comunista. Es ella la que usa el resentimiento de los demás para darle cauce al suyo. Es ella la que transformó la envidia en un enorme negocio personal.

Carlos Mira 
https://thepostarg.com/editoriales/es-ella/#.YLUJg6hKg2w

Carlos Mira

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