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Domingo, 25 Julio 2021 08:16

La farsa del sistema político argentino - Por Dardo Gasparré

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Buscando a los candidatos que representen a una sociedad harta de relato, versos y acomodos, capaces de patear el tablero.

 

Si se pudiera hacer abstracción de que se viaja en el mismo avión que se precipita en caída libre, el culebrón de las prePaso y el manoseo de listas, junto a la consabida lluvia de populismo o coima electoral que prepara el gobierno -con toda alevosía y desparpajo- ofrecen un atractivo entre literario, circense y viejo radioteatro mucho más emocionante que cualquiera de las descripciones de las obras de Julio Vacarezza o Florencio Sánchez, que con tanta precisión, humor ácido y crudeza identificaron al principio del siglo XIX la patria con el conventillo y el lumpenaje con los arquetipos ciudadanos.

 

Se pueden atribuir los raros comportamientos de los partidos, partiditos, políticos profesionales, candidatos, economistas, influencers, faranduleros, politólogos, periodistas y otros a las intenciones más nobles o más ruines, a la ambición, al ego, al hubris, a la necesidad de un conchabo o una jubilación privilegiada de por vida, a la impunidad de los cargos, al afán de poder, de lucro o de obsecuencia recibida u ofrendada, al accionar de los que ven en el proceso electoral un Linkedin, al fanatismo, a la pasión, al patriotismo, al sentido del deber o la psicosis. No importa. El efecto final es el de una gran payasada. Pero no de una performance del estilo de los grandes payasos nacionales, desde Pepino el 88 en adelante, sino más parecida al IT de Stephen King, trágica, sucia, oscura, cínica, inexplicable y fatal.

Aferrada a su esperanza y su fe, desesperada porque no puede concebir la idea de tener que admitir que se ha quedado sin país y sin patria, media ciudadanía confía en que de semejante sainete surgirán los defensores de sus derechos, los que plantarán las semillas que reemplacen a los árboles talados de la libertad, el respeto, el derecho, la seguridad, la decencia y los valores del trabajo, el ahorro, el estudio, el mérito, el coraje de vivir y la creatividad. Pero en cuanto reflexiona, se pregunta casi con vergüenza si estos representantes que le están seleccionando para representarlos son los que piensa mejores, o si merecen su confianza, o si han mostrado con su trayectoria su conducta y su compromiso. La manera casi de prestidigitación conque han pasado a tercer plano figuras identificadas con reclamos emblemáticos e impostergables, todavía no ha sido sancionada y comprendida en su total extensión. Como si nadie se preguntase si no fueron segregados justamente por eso.

La otra mitad 

La otra mitad de la sociedad, aferrada a la telenovela que le construye el gobierno día a día, enceguecida por odios inútiles e inexistentes fomentados, a veces, por el miedo a perder alguna prebenda o algún subsidio, o muchas prebendas y subsidios, grandes y pequeños, convencida de que se han aplicado millones de vacunas que nunca llegaron, que los muertos han dejado de morir mágicamente, que el futuro es promisorio y que hay un nuevo mundo de felicidad detrás de la inflación -culpa de los formadores de precios y los especuladores– donde no se necesita ni el esfuerzo, ni la formación ni el coraje, o la invocación al odio, también ha resignado su poder de decisión en una misteriosa cúpula que elige entre sus propia farándula, sus propios sátrapas y sus propias y propios amantes a los futuros representantes, que tampoco han probado merecer la confianza popular, suponiendo que se los conociese.

Ambas mitades se aprestan a elegir entre los candidatos que le han elegido. Predigeridos. No saben que, como en una siniestra partida de ajedrez, como dijera Borges, los jugadores han decidido ya el papel de cada pieza, las aperturas y los movimientos. Han sorteado colores. Y hasta han pactado tablas. Después de las elecciones los trebejos, blancas y negras, (con perdón) volverán a su caja. Ni siquiera tienen ninguna importancia que las piezas simbolicen el totalitarismo y la libertad. La libre empresa y el estatismo. La seriedad o el populismo. El derecho y el atropello. Irán a parar a la caja hasta la próxima partida, y otra vez las piezas estarán sujetas al rigor adamantino que le imponga la mano de cada jugador, sin que su voz ni su voto tengan ninguna influencia en el juego.

En vez de arrojar acusaciones sobre los protagonistas, las instituciones, los candidatos, cualesquiera fueran sus intenciones, habría que pensar en cómo se ha llegado hasta aquí, y por culpa de quienes. El sistema político argentino estimula y fomenta lo peor de cada individuo, de cada político, de cada participante en cualquier grado, de cada opinador, analista, militante, partidario o legislador, no importa si es gobierno u oposición, no importan sus ideas, no importa la conducta. En vez de controlar sus excesos, los tolera y premia. Domeña sus impulsos de grandeza, vocación de servicio y patriotismo y los transforma en pequeñez, obsecuencia, sumisión, indecencia, corrupción o negocio.

Para evitar esos excesos humanos los griegos fueron buscando formatos de democracia que evitaran la natural tendencia del individuo a la maldad, como dice el Génesis, que suele dejar aflorar cada vez que tiene un átomo de poder en sus manos. El sistema político debe tender a perfeccionar la democracia, lo que los griegos llamaron república. En una pirueta de múltiples etapas, Argentina -no en exclusividad, admítase para evitar la autoflagelación - fue empeorando la democracia al devaluar su sistema político y hacerlo casi idéntico a lo peor de las personas.

Un paréntesis virtual para incluir dentro del sistema político como parte vital del mismo, al sistema sindical, que funciona en ese plano en el triple papel de subordinado, dueño y cómplice.

La perversión del sistema 

Habrá que comenzar por la Constitución Nacional. Originalmente una pieza magistral de defensa de libertades, que empezó a ser deconstruida (perdón, binarios) con la reforma de 1957 convocada por la denominada Revolución Libertadora (raro país) que aportó solamente el agregado del líder radical Crisólogo Larralde del artículo 14bis, que no sólo destroza parte del artículo 14 y sus auténticas garantías, sino que neutraliza el espíritu de la Carta Magna. Ese agregado, dejado luego sin efecto por el contrasentido evidente de la convocatoria, fue el primero que repusieron Menem y Alfonsín en su pacto espurio y rentado de 1994. Ese pacto, que parecía ser meramente reeleccionario, permitió al líder radical, además de otras retribuciones a su partido, neutralizar y desvirtuar la pieza central del derecho, el progreso y la convivencia nacional.

En contra de los que sostienen que la actual Constitución es liberal, esos cambios del seudopadre de la seudodemocracia la transforman en neutra, cuando no en la culpable de la confusión política y democrática del país. Una constitución filosóficamente contradictoria que, además de resucitar ese artículo, inventa derechos imposibles de asegurar por nadie, lo que sienta las bases para el caos y la protesta insoluble permanente, elementos centrales en todo preludio totalitario. No se detiene ahí. El diseño alfonsinista da carácter constitucional y virtualmente irreversible a los tratados internacionales y abre así el camino a la peligrosa cesión de soberanía a las orgas globales, que tanto lastiman y lastimarán la seguridad y la necesidad de orden social, y que, de paso, castigan solamente a los gobiernos no populistas-socialistas, casta privilegiada en la Latinoamérica pos Aparecida.

Siguiendo con el plan de perversión del sistema, en 1994 se inventa el triunfo en segunda vuelta sin requerir el 50,01%, una aberración lógica y política, que también ha condicionado y condiciona las elecciones, con graves distorsiones de múltiple espectro. También eliminaron el colegio electoral, lo que asegura que un aglomerado de precarios subsidiados defina la elección del presidente de la nación, (a pedido peronista) y se agrega el tercer senador, una forma vil de asegurar la perduración en el poder de los sátrapas o padrinos provinciales, aunque puesta por Alfonsín para garantizar supuestamente la representación de las minorías, lo que tampoco tiene que ver con la razón de ser del Senado.

La CN de 1994 da un paso aún peor. Introduce como intermediarios ante la ciudadanía a los partidos políticos, cosa que habían deliberadamente excluido el texto original y todas las reformas, y no conforme con eso los hace obligatorios. Eso es el germen de la ley de las PASO y la ley Electoral, con los partidos transformados en oligopolios políticos y los ciudadanos reducidos a meros ballots sin pensamiento. El sueño del partido único comunista. Salvo que ahora hay un par más. Uno de los cambios más graves, que ha pasado bastante desapercibido. A esto se une como complemento la oficialización de la lista sábana y la confirmación de las elecciones de medio término, otra buena manera de sabotear la gobernabilidad, como se vio en 2019.

Pero los cambios no quedan ahí. La creación de la figura del Ministerio Público Fiscal en un articulado de pocas líneas y que delega en el Congreso aspectos indelegables, transforma una figura necesaria y valiosa en un instrumento gubernamental de impunidad y control político, como se ha visto y se ve en esos momentos, una omisión que no se trata de un descuido, sino de una preparación del camino de la arbitrariedad de los políticos y sus acuerdos. Particularmente agraviante para la figura de república, a la que tanto odian los tiranos y los aspirantes a serlo, con formatos más o menos disimulados. A partir de este deliberado bache, junto a la ligereza conque se permiten cambios en el mecanismo del Consejo de la Magistratura, se abre el sendero para la manipulación de la justicia, incluyendo la electoral, como ahora puede notarse claramente, que pasa a ser amenazada permanentemente por quien tenga la suma de los otros dos poderes. Ninguno de los excesos del peronismo de hoy no está en la Constitución y la ley. Ni deja de ser culpa de la Constitución de 1994.

Lo mismo pasa con el famoso Decreto de necesidad y urgencia, que apenas merece tres o cuatro líneas del articulado constitucional, y que delega en el propio Congreso el suicidio político y republicano de legislar su virtual reemplazo en la creación de leyes, y que permite aprobar una ley contando solamente con una minoría del 34% en una sola de las cámaras, lo que parece no llamar la atención de nadie. Liberalidad disponible para cualquiera que gobernase.

Sobre semejante piedra, como dirían los Evangelios, se pueden edificar todas las dictaduras y fraudes que se deseen, siempre con el respaldo de la Constitución Nacional. Por ejemplo, la ley de cupos, un elemento que ahora se advertirá en estas PASO resulta peligrosa y convenientemente distorsionante. (Peligroso para la gente, conveniente para La Nueva Clase & amigas) 

Oligarquía oligopólica 

Agréguense los reglamentos internos de las Cámaras legislativas, que tienen vericuetos de gran utilidad para las arbitrariedades, como ha demostrado ampliamente la señora de Kirchner, y que además condenan a la intrascendencia y la irrelevancia a los diputados sin bloques que los subordinen y disciplinen, objetivo central del subsistema. A estas facilidades a la oligarquía oligopólica, detalles como la aniquilación de que las reparticiones administrativas deban tener funcionarios superiores de carrera. Semejante cambio coadyuva notoriamente al despilfarro permanente en que se incurre, permite el acomodo político y la repartija de sueldos entre los nombrados y sus patrocinadores, cuando no la colocación de mancebas y mancebos, o mancebes, si se prefiere, los que obran no sólo como una fuente de gastos, sino a veces como una oposición solapada y demorosa de los cambios, como soportó Macri, y disminuye la calidad del servicio público, como tantas veces se nota en la gestión oficial, evidenciada con tanta crudeza por la pandemia y el manejo chapucero de todas sus etapas, y recientemente ridiculizada por la carta en inglés champurreado a un fondo ruso, que además de su deficiencia lingüística muestra la impericia con que se manejan las cuestiones de la nación.

No puede dejarse de lado en esta apretada reseña de un sistema político digno de Costa Pobre el mecanismo que permite postularse según el lugar de nacimiento o de residencia, un concepto reñido con la idea misma de representatividad, y aún de auténtica residencia, ya que el domicilio del DNI, aunque sea obsoleto, es suficiente prueba. Obviamente, es fácil pensar en la ex gobernadora de la Provincia de Buenos Aires, que decidiera ser porteña a pedido de su partido, pero no hay que dejar de lado a la vicepresidente, que tiene múltiples residencias, desde La Plata, ciudad en la que no se graduó, pasando por Santa Cruz y luego llegando conspicuamente a la Capital Federal, ubicuidad sólo posible cuando se tiene un Tango 01 o un Boeing de Aerolíneas a disposición. Volviendo al tema de fondo, otro mecanismo de distorsión o burla al concepto de representatividad, que parece haberse olvidado en el sistema.

Es evidente que se ha ido relegando deliberadamente el precepto central de que la representación debe ser ejercida por alguien que conozca los problemas y aspiraciones de sus vecinos, lo que es coherente con una clase política que se cree con derecho a decidir sobre la vida y patrimonio de las personas, y a veces de sus vidas.

Cuando se llega a los aspectos electorales, el sistema político raya en lo mafioso. Nótense los mecanismos de reelección de gobernadores e intendentes, que conforman una metodología digna de Don Corleone, que garantiza la impunidad y el control social y eterniza el poder.  Cualquiera sabe que las provincias son feudos intolerables donde se vive con miedo al poder político. En muchas intendencias también. En CABA se hace con más elegancia.

La no reelección debería aplicarse a todos los estamentos políticos de cualquier país. Incluyendo los sindicatos, parte de la trama y de la trampa. Volviendo a los griegos, en una de las etapas de su democracia no solamente estaba prohibida la reelección, sino que el gobernante tras su mandato debía exilarse por 5 años, (ostracismo) para asegurarse de que su influencia no tuviera vigencia. Nadie demanda semejante pureza. Pero sirva el ejemplo para poner en evidencia todo lo contrario.

Eliminen los privilegios 

Hace pocos días un tuitero dijo algo para reflexionar: “Eliminen las jubilaciones de privilegio para los funcionarios electos, pongan sueldos que se basen en relaciones porcentuales con lo que ganan los profesionales de a pie, limiten el número de asesores y viáticos, y se baja el 70% de los candidatos”.  Imposible saber si eso es así de cierto. Pero la frase resume el pensamiento crítico de muchos sectores, al que esta columna adhiere.

Las tan discutidas PASO, que sirven o no según las necesidades circunstanciales de cada partido, de cada facción y de cada candidato, son el entenado del sistema, una especie de íncubo político que se usa de mil maneras, empezando por impedir la participación de candidatos a legisladores individuales, que deben ir en una lista sábana y someterse en el mejor de los casos, es decir si al partido se le canta, a un sistema cuasi D’Hondt, que es caótico y ridículo en el caso de las internas, a poco que se haga el ejercicio matemático, y que termina siempre en listas negociadas, o sea, impuestas por los dueños de cada partido. Su hermano mellizo es la ley de los partidos políticos, concebida para que haya una concentración de poder entre pocos partidos, para excluir las postulaciones individuales, para que los individuos no intenten formar un partido para presentarse en una sola jurisdicción, y para doblegar con el peso del costo económico de cualquier campaña a quienes quieran escapar del redil de los partidos.

El costo financiero de cualquier campaña en elecciones generales para diputado, al no haber circunscripciones que permitan mecanismos personales de contacto, se mide en cientos de miles de dólares, (incluidos robos y retornos diversos de todos los participantes). Quien no posea esos fondos, está condenado a subordinarse a alguien o a algún partido. Cuando se dice, por ejemplo, que Ricardo López Murphy o Patricia Bullrich deberían presentarse por su cuenta en la elección general, se omiten los obstáculos legales y sobre todo administrativos que implica la formación de un partido, y también el costo que una campaña conlleva. El oligopolio partidista está igualmente garantizado por ese lado. Cualquier candidato serio quiere preservar su independencia de opinión, que es lo que le pide la ciudadanía. Estos condicionantes se lo impiden. Deberá lealtad al partido que lo financie. O a quien fuere que lo hiciera.

Así se llega a las elecciones generales. Que incluyen, además del robo de boletas y otros trucos, que obligan a un alto costo que deben sufragar los partidos, aunque luego les sea devuelto parcialmente, el fatídico sistema de escrutinio en cada mesa. Como en general se confunde el escrutinio provisorio, hecho vía telegramas del presidente de mesa por el Correo Argentino, con el conteo definitivo, tiene sentido volver a explicarlo, aunque resulte aburrido. Cada mesa, luego de cerrar la votación, abre las urnas y cuenta los votos. Hace un acta definitiva por duplicado. Una la deposita con los votos dentro de la urna, que se cierra, y la otra es enviada a la justicia electoral, que hace el conteo definitivo. De modo que todo lo que se dice y se escucha sobre el fraude en el correo y demás no es pertinente. Pero la realidad es que una vez que se labra el acta y se cierra la urna, lo que vale para el conteo es el acta. Y la urna, al contrario de lo que sucedía en el pasado, no se vuelve a abrir salvo casos dramáticos. O sea, que el escrutinio definitivo se realiza en cada mesa. Eso profundiza la necesidad de tener cien mil fiscales, que hace también inviable las participaciones individuales y acentúa y perpetúa el oligopolio.

La elección con boleta única resuelve el problema del costo y del robo de boletas, pero ningún otro. La auténtica solución sería votar por diputados y senadores individualmente, por circunscripción o por simple postulación.  Algo que simplemente no pasará, porque no lo quieren ni los partidos ni los actuales políticos en funciones. También porque no se ha zanjado la discusión sobre el uso de sistemas de computación, como la urna digital usada sin ningún reclamo en CABA, discusión sostenida mayoritariamente con insultos y descalificaciones, que, si se aplicaran a otros temas, desde las cryptomonedas hasta las resonancias magnéticas, los aviones, las finanzas mundiales y personales y la salud pública, seguramente sería catastrófico. Sin quererlo, o queriendo, esos sectores dan por bueno el actual sistema perverso al alegar que cualquier otra variante sería peor.

Más allá de la digresión, lo que se intenta resaltar es que cuando se observa el accionar de los partidos, de los candidatos, sus idas y vueltas, sus vacilaciones, debe tenerse en cuenta que todo lo que hacen es por culpa de la ley, gracias a la ley, o con la tolerancia de la ley. El sistema político argentino es esclavizante del ciudadano.

Tendencia al totalitarismo 

Lo que plantea un problema aparentemente insoluble: habría que recurrir a los propios abusadores para cambiar las leyes que amparan y toleran el abuso político y la tendencia al totalitarismo, aunque se disfrace de democracia. Algo además particularmente difícil cuando la mitad de la sociedad tenderá a estar siempre de acuerdo con lo que haga el sector de la oligarquía política al que le toque gobernar y aunque no fuera así, jamás habría mayoría. La grieta funciona a favor de La Nueva Clase, no sólo a favor de un partido. En ese supuesto, y tras haber sido descartados por vía directa o indirecta los opositores más belicosos en nombre de la necesidad de contemporizar con el opresor, ¿podrán los nuevos representantes alzar su voz y modificar este marco? ¿Podrán, aunque mas no sea, plantear y plantar la discusión? Es poco probable. Pero sí es importante que cada uno de los ciudadanos comprenda el tema, sepa contra qué se enfrenta, busque quién lo represente y haga oír su voz solitaria o colectivamente para que los políticos entiendan que este sistema es rechazado y repudiado por la ciudadanía y no por ser inevitable, quienes lo apoyen, usufructúen o disfruten serán aceptados, queridos o tolerados.

En tal sentido los discursos no son irrelevantes. Quien tenga el coraje de defender y sostener públicamente estos principios debe ser puesto por encima del discurso falso y de compromiso. No sólo hacen falta elegir diputados que se planten frente al partido que gobierne. Hace falta elegir gladiadores que se planten ante su propio partido. No que sean nombres famosos que luego se transformen en leones herbívoros.

El propósito de esta columna es hacer que se piense en esas necesidades y en esos candidatos, representantes que estén hartos, como lo está buena parte de la sociedad, y que sean capaces de patear todos los tableros en nombre de ese hartazgo. No en los ganapanes. El resto es estrépito y cenizas, como también dijera Borges.

Dardo Gasparré
Twitter: @dardogasparre

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